La doctora María Isabel Rodríguez ha sido
una de las personalidades científicas más importantes
que ha tenido el país, y como tal era de esperarse que
sus dos periodos al frente de la Universidad de El Salvador fueran
notables, como lo fueron. Sus logros han sido mayores que los
fracasos a los que la orillaron una política opositora
no siempre bienintencionada, y una inercia en la que lo académico,
por definición, no ocupó la primera prioridad.
Quizá sus apuestas más audaces fueron lograr que
se utilizara la UES como sede de los Juegos Centroamericanos de
2002, con lo cual logró que se actualizara una infraestructura
casi abandonada desde treinta años antes, cuando ocurrió
la primera de una larga cadena de intervenciones militares y,
alternativamente, la utilización del campus como un virtual
cuartel general de la insurgencia.
Hubo mejoras en lo académico, pero hubo también
casos en los que los propios maestros se opusieron a programas
presentados por la rectora para el mejoramiento en la enseñanza.
Hubo uno en particular en el que se buscaba traer a gente del
extranjero para mejorar la planta y a la vez capacitar a los maestros
que lo necesitaran. No hubo modo de traspasar una barrera formada
por temores personales, basados en la baja preparación
de muchos maestros.
Las exigencias salariales y laborales a veces fuera de proporción
se sumaron también al boicot contra un vital préstamo
del BID, bajo el insostenible argumento de que se buscaba privatizar
la universidad, cuando los términos del acuerdo eran clarísimos.
Una vez rechazado el préstamo, los opositores se fueron
echando atrás en sus alegatos, pero ya era tarde; habrá
mucho que quede pendiente para los que sigan, y siempre un daño
contra la universidad. Motivos similares a los del rechazo habrá
tenido el intento de desarticular el programa de jóvenes
talentos matemáticos, otro de los logros de la administración
de la doctora Rodríguez.
Hay mucho más que decir, pero lo importante es que, en
seis años, la UES avanzó más que en los treinta
anteriores. Sin embargo, a la nueva administración le quedan,
como retos, varias materias pendientes. Una de ellas es que la
UES de la posguerra ha dejado de ser lo que aún se dice
que es: la universidad del pueblo.
En términos prácticos, esto significa que cualquier
salvadoreño puede estudiar una carrera universitaria de
calidad, de acuerdo con sus posibilidades y necesidades, y que
la UES le facilitará las cosas si su desempeño es
el adecuado.
En tiempos aún no muy lejanos, los horarios de clase eran
lo suficientemente flexibles para que los alumnos que trabajaban
durante las largas horas del día pudieran encontrar acomodo
en algún aula y en cualquier carrera. Recibir lecciones
a las diez de la noche era tan natural como hacerlo a las dos
de la tarde o las nueve de la mañana, porque ése
era el carácter y la misión de la UES.
Ahora ha dejado de ser lo que se llamaría una “universidad
solidaria”. Académicos que estudiaron en los horarios
extraordinarios a que se ven obligados los trabajadores se han
rehusado, desde hace años, a dar lecciones fuera de horas
burocráticamente pertinentes, amparados en logros laborales
y olvidando cómo llegaron a ser lo que son.
La UES casi se ha convertido en una universidad exclusiva para
alumnos de tiempo completo. Son las universidades privadas las
que cumplen el papel de ser flexibles y dar la oportunidad de
que “el pueblo” se eduque, a precios razonables y
con facilidades ahora impensables en la Nacional.
Porque también se ha instaurado una irrompible burocracia
que pone todas las trabas posibles y necesarias –o innecesarias,
según del lado que se vea– a alumnos que desean graduarse.
Hay cotos de poder grupales, individuales, a veces partidarios,
que se unen y desunen, se alían y se pelean, para obtener
un pedazo de esa UES que es de todos, a veces por interés
monetario –así sea sólo conservar el trabajo–,
a veces por un poco de poder, tan pequeño como el tamaño
de su alma, tanto o más nocivo como lo que dicen combatir,
que es –curiosamente– que la UES deje de ser “del
pueblo”.
El legado de la doctora Rodríguez está allí.
Depende de la comunidad universitaria que se conserve y se amplíe,
por el bien de todos, no sólo de algunos, y en realidad
demasiado pocos.