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¿La universidad del pueblo?

 

La doctora María Isabel Rodríguez ha sido una de las personalidades científicas más importantes que ha tenido el país, y como tal era de esperarse que sus dos periodos al frente de la Universidad de El Salvador fueran notables, como lo fueron. Sus logros han sido mayores que los fracasos a los que la orillaron una política opositora no siempre bienintencionada, y una inercia en la que lo académico, por definición, no ocupó la primera prioridad.


Lunes 24 de septiembre de 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

Quizá sus apuestas más audaces fueron lograr que se utilizara la UES como sede de los Juegos Centroamericanos de 2002, con lo cual logró que se actualizara una infraestructura casi abandonada desde treinta años antes, cuando ocurrió la primera de una larga cadena de intervenciones militares y, alternativamente, la utilización del campus como un virtual cuartel general de la insurgencia.

Hubo mejoras en lo académico, pero hubo también casos en los que los propios maestros se opusieron a programas presentados por la rectora para el mejoramiento en la enseñanza. Hubo uno en particular en el que se buscaba traer a gente del extranjero para mejorar la planta y a la vez capacitar a los maestros que lo necesitaran. No hubo modo de traspasar una barrera formada por temores personales, basados en la baja preparación de muchos maestros.

Las exigencias salariales y laborales a veces fuera de proporción se sumaron también al boicot contra un vital préstamo del BID, bajo el insostenible argumento de que se buscaba privatizar la universidad, cuando los términos del acuerdo eran clarísimos. Una vez rechazado el préstamo, los opositores se fueron echando atrás en sus alegatos, pero ya era tarde; habrá mucho que quede pendiente para los que sigan, y siempre un daño contra la universidad. Motivos similares a los del rechazo habrá tenido el intento de desarticular el programa de jóvenes talentos matemáticos, otro de los logros de la administración de la doctora Rodríguez.

Hay mucho más que decir, pero lo importante es que, en seis años, la UES avanzó más que en los treinta anteriores. Sin embargo, a la nueva administración le quedan, como retos, varias materias pendientes. Una de ellas es que la UES de la posguerra ha dejado de ser lo que aún se dice que es: la universidad del pueblo.

En términos prácticos, esto significa que cualquier salvadoreño puede estudiar una carrera universitaria de calidad, de acuerdo con sus posibilidades y necesidades, y que la UES le facilitará las cosas si su desempeño es el adecuado.

En tiempos aún no muy lejanos, los horarios de clase eran lo suficientemente flexibles para que los alumnos que trabajaban durante las largas horas del día pudieran encontrar acomodo en algún aula y en cualquier carrera. Recibir lecciones a las diez de la noche era tan natural como hacerlo a las dos de la tarde o las nueve de la mañana, porque ése era el carácter y la misión de la UES.

Ahora ha dejado de ser lo que se llamaría una “universidad solidaria”. Académicos que estudiaron en los horarios extraordinarios a que se ven obligados los trabajadores se han rehusado, desde hace años, a dar lecciones fuera de horas burocráticamente pertinentes, amparados en logros laborales y olvidando cómo llegaron a ser lo que son.

La UES casi se ha convertido en una universidad exclusiva para alumnos de tiempo completo. Son las universidades privadas las que cumplen el papel de ser flexibles y dar la oportunidad de que “el pueblo” se eduque, a precios razonables y con facilidades ahora impensables en la Nacional.

Porque también se ha instaurado una irrompible burocracia que pone todas las trabas posibles y necesarias –o innecesarias, según del lado que se vea– a alumnos que desean graduarse. Hay cotos de poder grupales, individuales, a veces partidarios, que se unen y desunen, se alían y se pelean, para obtener un pedazo de esa UES que es de todos, a veces por interés monetario –así sea sólo conservar el trabajo–, a veces por un poco de poder, tan pequeño como el tamaño de su alma, tanto o más nocivo como lo que dicen combatir, que es –curiosamente– que la UES deje de ser “del pueblo”.

El legado de la doctora Rodríguez está allí. Depende de la comunidad universitaria que se conserve y se amplíe, por el bien de todos, no sólo de algunos, y en realidad demasiado pocos.

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