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Starsky and Hutch en la guerrilla

 

Suelo escuchar el pasado dentro de una nave repleta de música, y veo a los muertos caminar en calles blancas como si fuesen escenarios de películas del cine mudo, aunque al acercarse me hablan y me parece que siguen vivos y en colores; una canción adentro de mi cabeza me dice cómo reían o cómo vestían al momento de partir al viaje definitivo.


Lunes 24 de septiembre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

A Hutch lo conocí en el occidente del país, en un lugar que queda en los límites de Chalatenango y Santa Ana, donde sólo hay zacate, piedras y abundantes árboles de mango indio. Tenía unos ojos como dormidos y una sonrisa que ponía de mal humor a los comisarios políticos.

Era el año 1984 cuando un batallón de la Brigada Rafael Arce Zablah llegó al Frente Occidental Feliciano Ama. La unidad era dirigida por el comandante Cirilo, un elegante hombre de barbas negras y carcajada estrepitosa que siempre tenía en los bolsillos de su guerrera una respuesta para superar los apuros del combate.

Hutch venía bajo su mando aunque al verlo uno creía que iba para una fiesta. Con ellos llegaba una unidad famosa conocida como El Pelotón del Gallo, además un grupo considerable de las Fuerzas Especiales.

Aquel movimiento se correspondía con otros realizados por el PC y las FPL, como parte del plan que implicaba la ejecución de la guerra de guerrillas en todo el territorio nacional.

La primera conversación que tuvimos con Hutch fue sobre la ciudad, ambos teníamos un origen urbano y sobradas razones para añorar la esquina, donde enamorábamos a las muchachas que salían a las doce de la escuela cargando en sus cabellos ese olor venéreo de la pubertad.

En los tiempos libres pasábamos largas horas conversando de la música: The Mamas & the Papas, Gladys Knight & the Pips, The Commodores. En ocasiones nos acompañaba otro compañero, también de la BRAZ, Arturo, al que le decíamos Liendre.

Liendre había sido del PC pero debido a las rigurosidades políticas de los comisarios bolcheviques había ingresado a las filas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Sin ningún remordimiento, él me decía: “Ah, los compitas del PC, siempre cuadrados”.

Hutch y Liendre fumaban mariguana a granel, lo hacían a la menor oportunidad; algunas veces, Hutch, se iba hasta un caserío cercano a los campamentos y regresaba en horas oscuras apartando los demonios que a sus ojos se vestían de payasos enanos.

Cosas como esas sucedían tan libremente en la guerrilla, pero no era ni extraño, simplemente no quisimos verlas. Allí, en esa pasarela llamada guerra, hubo cosas quizá más interesantes que las batallas o las estrategias: las figuras humanas entretenidas en sus locuras improvisadas solían brillar en la oscuridad como estrellas, aunque tuviesen la efímera existencia de la brasa de un cigarro.

Nunca pude apreciar a cabalidad las fieras dimensiones que cabían en la cabeza de Hutch, cuando lo encontraba metiendo trocitos de chiriviscos en sus cabellos, riéndose con los cangrejos y los jutes o viendo al cielo con sonrisa sigilosa y copada de mansedumbre.

Usaba un fusil G-3 y le gustaba mucho la canción Part-time Lover de Stevie Wonder.

En una ocasión, cuando estábamos en el campamento hubo un desembarco helitransportado, el cual fue abortado o al menos llevado a otro sitio debido al fuego de la fusilería de los aguerridos combatientes del ERP, yo estaba allí con ellos pues tuve el honor de ser parte de una unidad conjunta de la guerrilla que operaba en la zona occidental.

Liendre, que usaba un fusil FAL, lo empuñó, mientras me decía: “Ey, la onda es que no le quités el ojo, ellos no te ven a vos”. Y comenzó a disparar.

Hutch, tenía otra actitud, estaba pasando un trapo con aceite sobre el chasis de su arma, ignorando con el mayor desprecio a los pájaros que tiraban las bombas.

Después que el movimiento enemigo pasó, comenzó un fuego de artillería. Entonces Liendre me dijo con voz silente que nos acercáramos al tatú. Hutch comenzó a reír. La justificación de Liendre fue magistral: “Ey, el pedo con la artillería es que no la ves ni sabés dónde van a caer las papayas, prefiero a los aviones”, dijo.

Un día Hutch venía de un operativo de la zona del volcán de Santa Ana, nos juntamos en un campamento ubicado en un cementerio. Sentados en una vieja tumba pintada de verde fosforescente, hablamos de esos feos asuntos que te encuentran en la juventud.

Allí me contó que Liendre había muerto en combate. Sentí que algo se le había caído de las manos, y al parecer era de cristal, pues sería muy difícil juntar aquellas diminutas partes desparramadas en la soledad de sus manos olorosas a hierba mala.

Supe que tenía otro gran amigo y compañero de la BRAZ, con el que decidieron llamarse Starsky y Hutch. No habían vuelto a verse desde hacía años.

La última vez que hablé con él recién comenzaba el invierno y el olor del zacate limón tenía una tonada preciosa. En el campamento cambiamos un pantalón camuflado por un jeans, no recuerdo exactamente quién se quedó con el camuflado, pero fue más un acto de compartir amuletos, o quizá de despedirnos con un canje.

Las muertes de guerrilleros en la zona del volcán de Santa Ana eran dramáticas, sumadas al trabajo de inteligencia que realizó el ejército con uno de los jefes del ERP que pasó al bando enemigo, quien había sido el encargado de las Fuerzas Especiales de dicha organización en aquella zona.

El infiltre trabajaba con la Segunda Brigada de Infantería, llegaba en operativos militares a la zona de guerra para perseguir y matar a los hombres que él antes había comandado, de paso confundía espantosamente a los pobladores civiles a quienes él mismo había engatusado con la revolución.

Un día, debido a las tensiones y al desgaste que significaba para la guerrilla el sostener unidades en el volcán de Santa Ana, Hutch salió del campamento, harto y aburrido, a buscar un puro de mota o, al más no haber, un trago de guaro.

Cuando regresó al campamento, alegre y viendo los demonios de su estuche, uno de los mismos guerrilleros le puso una ráfaga, cuando él, en violación a las medidas de seguridad, pretendió hacer una broma. Cayó herido de muerte en un acto que sólo visto desde el lente de la ideología podría considerarse errado; al contrario, desde la enloquecida realidad de los hombres que van a la guerra cuando apenas comienzan a jugar, era un paso decisivo a los recovecos del suicidio.

No siempre se puede tener el valor de quitarse la vida, hay quienes utilizan otros caminos para llegar al mismo lugar, deciden tener un jefe que da órdenes equivocadas y las cumplen aunque lo sepan.

Años después, en Cuba, me reencontré con muchos compañeros, de todas las organizaciones, unos cutos de brazos o piernas, ciegos, rencos, salpicados de esquirlas y pólvora, y los que más medio locos, o de remate.

Ahí jugaban al fútbol y cortaban aguacates enormes, conversaban en las barracas y de paso celebraban alguna fiesta donde llegaban algunas bonitas amigas cubanas.

Entonces conocí a Starsky. Cuánto se debieron querer estos locos, pensé, para ponerse los nombres de dos policías californianos que entretenían a los muchachos en una vieja serie de televisión creada por William Blinn. Hablamos de la vida, de aquellos amigos que se los comió la noche y del parecido de sus cabellos con los personajes David Starsky y Kenneth “Hutch” Hutchinson.

Ellos no tuvieron el Ford Torino rojo de 1975 ni las chamarras de cuero, pero sí una leyenda extraordinaria que aquí apenas es un esbozo tímido de un par de vidas que tropezaron con el incisivo recuerdo de otro loco, que ahora las hace salir a presión, a latigazos, de una cabeza que es como un panal de avispas aturdidas por una ráfaga.

En el camino comprendí que yo también me había hecho hermano de Hutch, aunque no tuviera el nombre de otro policía famoso. Lo que más admiraba de él, no era la manía de elaborar discursos revolucionarios (nunca lo hacía), sino su rebeldía, pues aún en aquellas condiciones, siempre fue un indomable juguete de sus propios instintos.

Hutch, fue una sonrisa y una mirada eterna contra el gobierno de las cosas, fue un extraordinario guerrillero, un amante a medio tiempo de la estrechez mental de las ideologías y un vividor enardecido de la vida; su rastro es una tonada que escucho en el crepitar de las gotas de lluvia sobre las hojas en cada invierno.

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