Su oficio es lavar y cuidar los carros que se parquean frente a uno de los redondeles de San Salvador. Su nombre es Jorge Alberto Gómez Portillo, aunque no confiesa su edad, ronda la medianía de los cincuenta. Es un hombre común, que más bien despierta aprehensión cuando se aproxima, pero un acento extraño sumado a su natural simpatía, y la facilidad de palabra lo empiezan a convertir en alguien más bien amable.
En la zona es conocido como Jorge el Pana; es panameño y tiene dos años de estar ilegal en El Salvador.
El Pana llegó a El Salvador en un vuelo de Copa Airlines en julio de 2004; el boleto fue pagado por su hermana Fidelina, casada con un salvadoreño y dueña de un almacén en el centro. Según Jorge venía a enterrarla, Doña Fide tenía meses enferma y en los últimos días había empeorado su condición.
La hermana se recuperó, pero el Pana agarró una borrachera en medio de las fiestas de agosto: perdió el pasaje de regreso, la hermana se enojó y el Pana tuvo que rebuscarse para sobrevivir.
“no entiendo la manía de ustedes por trabajar”
Dice que inicialmente se quedó porque no tenía como regresar, pero que poco a poco se le fue haciendo agradable al país, y sobre todo encontró un modo de ganarse la vida: lavar y parquear carros en una calle de San Salvador. Su ocupación actual le deja como promedio quince dólares al día, pero a veces a penas logra juntar cuatro dólares. Lo máximo que ha llegado a recolectar son $23, no es frecuente que el negocio sea tan rentable pero por lo menos tres o cuatro días al mes logra alcanzar esta suma.
En Panamá era ebanista: “yo tengo mi taller de carpintería, tengo mis herramientas y mi clientela, trabajaba modificando las vitrinas y los almacenes de los judíos, en el centro de Panamá, ganaba más o menos lo mismo que aquí, 15 pesos el día”; pero aclara, que su horario era de 8:30 a 4 de la tarde. Aquí inicia su jornada a las 9 y dependiendo del movimiento, a veces se marcha doce horas después, a las nueve de la noche.
Cuando hace cuentas, dice que con la lavada de carros gana lo mismo pero que le abunda más la plata: “aquí con dos dólares como hasta carne, en Panamá un arroz con coco me cuesta $2.50, ya no digamos lo que tienes que pagar por la vivienda”.
“Eso sí”, me dice, “no entiendo la manía de ustedes por trabajar, mira aquí trabajan de sol a sol y de lunes a domingo, es como un vicio”. Aclara que en Panamá se trabaja de lunes a viernes, solo por alguna emergencia en sábado y el domingo es consagrado al descanso: “mira en Panamá la fiesta empieza el viernes, el sábado está en apogeo y el domingo aquello está muerto”. Se declara admirador de las salvadoreñas por su empeño para ganarse la vida: “Ahí las ves con sus carritos de café y las canastas de fruta, de dulces o de cualquier vaina en la cabeza. En Panamá Dios guarde a una mujer de esa desgracia”, me dice.
Por una “cora” te matan
Actualmente, el Pana vive en una pensión del centro, paga un dólar cincuenta diarios. Aunque no está conforme con su alojamiento actual, dice que salió huyendo de la colonia 29 de agosto, en las cercanías del bulevar Venezuela: “me asaltaban casi a diario” dice, “pero el colmo fue cuando me mal mataron y me muestra la cicatriz de una cortada en la boca. Prefiero malvivir en el cuartito en que estoy ahora, a que me maten por una cora”.
Mira para los lados y se me acerca, me dice casi en secreto, “aquí la gente es muy delicada, y ojalá tú no te ofendas, pero yo creo que este tú país debería llamarse El matador en vez de El Salvador”. Luego justifica su comentario: “a estos”, y señala a sus colegas lavacarros, “a estos no les gusta que les diga eso, pero es que aquí matan a la gente como matar mosquitos”.
Y agrega: “Yo no te digo que en Panamá no haya maleantes, los asaltos son de todos los días, pero allá cuando aparece un muerto, el escándalo pasa una semana en los diarios, y va de darle con el muerto. Imagínate tú que aquí la novedad es que no maten a nadie”. Y remata: “si no fuera por ese detallito, este tu país sería una belleza”.
Cuando los gringos invadieron Panamá
Las fiestas han marcado la vida de Jorge. Cuando Estados Unidos invadió su país para derrocar al “hombre fuerte de Panamá”, Manuel Antonio Noriega, el 20 de diciembre de 1989, Jorge ya había empezado a celebrar la navidad. Recuerda que eran como las 11 de la noche y él estaba en una cantina con unos amigos cerca del centro de Panamá: “vi a un tipo que venía con un saco lleno de zapatos, después otro con unas bicicletas, les pregunté qué pasaba y me dijeron ya vino la invasión, están rompiendo todos los almacenes”.
“Yo me conseguí un saco y voy para allá, y empiezo a arrear zapatos, camisas, bicicletas y hasta una computadora nos llevamos”. Recuerda también que intentaron robar una joyería, levantaron la cortina de hierro, rompieron los cristales y ya estaban vaciando las vitrinas cuando llegaron otros saqueadores más profesionales que, a punta de pistola, les quitaron el botín.
Pero dice que el verdadero negocio fueron las armas: “mira con lo que agarré en los almacenes me pasé como un mes sin trabajar, llegaba la gente y me decía dame la bicicleta, toma treinta dólares, dame los zapatos. Pero lo que me dio dinero fue que logré agarrar un fusil de un tinaco”. Cuenta Jorge que los soldados panameños se quitaban los uniformes y dejaban tiradas las armas, y la gente las recogía y las llevaba a sus casas. Meses después los soldados estadounidenses ofrecían dinero o comida a cambio de las armas y no hacían preguntas. El cambió la suya por $300 y un lote de alimentos.
Estados Unidos destinó 26 mil efectivos para invadir Panamá, uno de sus objetivos principales era el cuartel central de la Guardia Nacional , ubicado en el populoso barrio El Chorrillo. Jorge dice “el barrio quedó echo leña, la mayoría de casas eran de madera y quedaron como chicharrón, y ni digas la gente que murió ahí”.
Sobre el dictador derrocado dice, “mira, Noriega era malo, estábamos mal entonces, la gente decía que nos quería envenenar a todos si no lo apoyábamos. Mira tú, en Panamá el agua se agarra del lago Gatún y del Río Chagres, y en lugar de purificarla, Noriega le iba a echar veneno para matarnos a todos”, después de reflexionar unos segundos añade, “pero quizá son más malos los gringos porque ellos le enseñaron, y como les salió más listo se enojaron”.
Le calló la “migra”
Dice que hace un mes quince días se lo llevó preso la división de fronteras de la PNC , estuvo detenido 14 días esperando a que lo deportaran, en compañía de un colombiano, cuatro chinos, dos peruanos, dos africanos y un guatemalteco. Dice que tuvo la suerte que un cliente al que le lava el carro, trabaja en una institución de derechos humanos, y al notar su ausencia indagó con los colegas del Pana y le dijeron que lo iban a deportar. El hombre preguntó en la PNC , se comunicó con Fidelina, la hermana y entre los dos lograron sacarlo.
Los quince días que estuvo preso recuerda que durmió en el suelo: “nos daban un camarote y un catre para que durmiéramos todos, nos tocaba estar 3 en cada cama, pero como uno no sabe los hábitos y las mañas de los otros, yo no duermo con otro hombre y me tocaba en el suelo”.
Actualmente sigue sin papeles, pero se ha reconciliado con la hermana y le ha ofrecido ayudarlo a arreglar su situación migratoria. Confiado en esa promesa, está ahorrando para ir en diciembre a Panamá a convencer a su hija de que se venga con él: “quiero traerme a mi hija, aquí hay más movimiento, es más fácil que siga estudiando, de cualquier cosa te acomodas y ya ganas tus billetes”, pero antes, dice, tiene que buscar un lugar más adecuado y seguro para que viva la joven de diecisiete años.
Casi al terminar la conversación se acerca un joven a avisarle a Jorge que un carro de los que ha lavado está por marcharse. El acento del muchacho también es extraño. Cuando Jorge regresa con los dos dólares que cobra por el lavado de cada vehículo, le pregunto de dónde es el muchacho, y me responde que nicaragüense. Y empieza a señalar y a nombrar a una media docena de jóvenes que deambulan en los alrededores en busca de clientes: “todos estos son nicas”, me dice; “y falta uno que se fue ayer a ver a su familia, va cada dos o tres meses a llevarles dinero”. Luego me señala a otro, “mira aquél, ya se trajo al hermano para que estudie aquí”.
En la zona hay aproximadamente once hombres dedicados a parquear y lavar carros, de todos ellos solo dos son salvadoreños, el resto son al igual que el Pana, son ilegales.