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Un radio y un fusil para un niño



Detrás de su escritorio en el departamento de contabilidad de la Alcaldía de Santa Tecla, siempre sonriente y amable, el joven de 30 años no parece llevar en su memoria tanta muerte, sangre y fuego que le tocó vivir desde su más tierna infancia.

Jorge Serrano tenía 15 años cuando se firmó la paz, y había estado más de ocho años en guerra, en la que perdió a su padre biológico, a su madre y a su padre adoptivo. Ahora cree que aquella guerra valió la pena, pero también que nunca debe repetirse.


Lunes 24 de septiembre de 2007
Teresa Andrade
teresa.andrade@centroamerica21.com

 

Jorge Serrano tenía 15 años cuando se desmovilizó y se integró a la vida civil. Atrás quedaban 10 años de su vida en los frentes de guerra de Usulután.

La primera vez que Jorge Serrano, o Betillo, como se le conocía en el frente, sintió una punzada en el estómago fue cuando su madre le comunicó que su padre había muerto a manos del ejército, en una batalla en la zona de San Vicente. Corría el año de 1982. La madre de Betillo decidió buscar apoyo en el campamento guerrillero más cercano de la zona de Usulután.

Tomó a sus tres hijos en brazos y una mudada de ropa y se trasladaron a Tres Calles, lugar donde se encontraba el puesto de mando sur oriental del Ejército Revolucionario del Pueblo. Betillo, y su madre se quedaron en el campamento. A sus dos hermanos menores los mandaron a la base social, donde los cuidarían.

Al poco tiempo, a la madre de Betillo la mandaron a la unidad de política y a él al Bajo Lempa, cerca de la costa, a unas escuelas guerrilleras. Un par de años después había aprendido lo básico: leer, escribir y hacer algunas cuentas. Los maestros observaron las habilidades particulares que tenía cada alumno y decidieron mandar a Betillo de regreso a Tres Calles.
La nueva misión de Betillo era ser radista en el puesto de mando, bajo la jefatura del legendario comandante Carmelo del ERP.

Las comunicaciones en la guerra

Las fuerzas guerrilleras tenía tres tipos de radio comunicaciones. Los radios, conocidos como naranjas, que eran utilizados para la comunicación entre los frentes de guerra dentro del país. Los radios operativos, eran los que transmitían la comunicación estratégica, y los radios verdes, que eran para monitorear y descifrar las comunicaciones del ejército regular.

En el transcurso del conflicto, la guerrilla logró incautar numerosos radios PRC- 77, que el ejército utilizaba para transmitir sus coordenadas, partes y detalles de los operativos. Cada uno de los comandantes guerrilleros tenía siempre a su lado un equipo de radistas, especialistas en interceptar, escuchar y decodificar las comunicaciones de la Fuerza Armada.

Betillo, con apenas 10 años de edad, se convirtió rápidamente en un virtuoso del rastreo y la decodificación de los mensajes cifrados del ejército, y del ciframiento veloz de los mensajes guerrilleros. Pegado permanente a los radios, sabía siempre al detalle la ubicación, los planes, movimientos, personal y medios del adversario. Era como los ojos de la guerrilla.

En la zona estaba instalado el Batallón Atonal, que poseía cinco compañías y cada una conformada por al menos de ocho secciones. Cada una de las secciones andaba su radio de operaciones, por lo que el equipo donde estaba Betillo tenía que monitorear, los movimientos de cada unidad.

Los combates en la zona eran frecuentes e intensos y casi siempre habían bajas que lamentar. Ver muertos y heridos, de uno y del otro lado, era cosa casi cotidiana para el pequeño radista.

“Mataron a tu mamá, Betillo”

“Hay un mea, un mea”, (muerto en acción), fue lo que Betillo escuchó en el radio, a las tres de la tarde del primero de noviembre de 1987, mientras monitoreaba todas las indicaciones de un operativo. Así supo que “los compas habían respondido al ataque del enemigo y que aniquilaron a toda la sección que había producido esa baja en nuestras filas”.

Lo que el niño ignoraba era la identidad de esa baja. A las ocho de la mañana del día siguiente el comandante Carmelo le pidió a Betillo tener una plática extensa. “Mataron a tu mamá, tenés que hacerle huevo”, le dijo. El pequeño tenía apenas 12 años. El comandante Carmelo lo abrazó y le prometió que nunca lo dejaría solo: “Donde vos andés, yo andaré siempre”, le prometió.

Ese fue el despertar de Betillo. Hasta entonces había estado en la guerra porque su madre así lo había decidido, pero ese día las cosas cambiaron para él. Carmelo le explicó por qué estaban combatiendo y lo que buscaban con esa guerra. Betillo entendió que su misión era importante y adquirió la conciencia guerrillera necesaria para continuar, además tenía una obligación con Carmelo, ahora convertido en su protector.

Poco tiempo después, a raíz de la muerte de su madre comenzó a mostrarse rebelde con el comandante y este decidió darle una lección: lo mandaría a las líneas de fuego en calidad de radista operativo, para que terminara de templársele el carácter. Había recibido su arma a los 11 años y nunca había disparado, hasta que en el año 88 tuvo que disparar varias veces en combate.

La primera ocasión fue frente a un convoy en San Marcos Lempa. Él estaba ubicado en la retaguardia junto al jefe, pero les tocó contra atacar. Y su M- 16 recortado empuñado en brazos disparó por primera vez una bala. Hasta esa fecha él no había tenido un entrenamiento militar, por lo que las posiciones correctas de tiro las desconocía. Se mantuvo de pie apoyado en un árbol disparando al frente. Logró sobrevivir a la batalla y a muchas más.

Seis meses después Carmelo le levantó el castigo. Betillo no soportaba la tensión que se generaba en las líneas de fuego. Había aprendido la lección de lo que era arriesgar la vida día a día en fuego cruzado. Él se había especializado únicamente en las comunicaciones no en el área combativa, por lo que volvió a su función como radista en el puesto de mando, al lado del comandante Carmelo.

Para la ofensiva general guerrillera de 1989, Betillo tenía 14 años y sintió más cerca que nunca la presencia de la muerte, cuando una unidad del ejército logró emboscar el puesto de mando de Carmelo.

Bajo fuego nutrido de fusilería y de artillería, con el enemigo prácticamente pisándoles los talones, cercados en un terreno seco que no ofrecía muchas posibilidades de enmascaramiento y protección, y librando constantes escaramuzas, los guerrilleros deambularon en carrera abierta durante más de dos horas con el objeto de encontrar un punto efectivo de evasión. Betillo sintió en esos momentos que nada podía ser más parecido al infierno.

Totalmente agotado por el esfuerzo, uno de los jefes del puesto de mando cayó a tierra y comenzó a convulsionar. Betillo y otros compañeros intentaron en vano reanimarlo, el comandante murió ahí mismo por un paro respiratorio”.

Finalmente y a punta de coraje y fuego, el grupo de guerrilleros logró romper el cerco y salvar la vida.

“El desarme, la paz: ¿Y ahora qué hago?”


Tras la Firma de los Acuerdos de Paz, Betillo tenía unos 16 años, nunca había ido a la escuela regular, y no había aprendido otro oficio que el de combatir y el de operar las radio comunicaciones militares. Sabía leer, escribir y realizar operaciones matemáticas elementales, eso sí, pero era huérfano de padre y madre y no tenía o no conocía otra familia.

Pero el comandante Carmelo recordó la promesa que le había hecho: no lo dejaría solo. Cuando llegó la paz, le dijo que se iba a ir a vivir con él a San Salvador y ahí verían qué hacer en adelante. También recogió a la hermana de Betillo que aún se encontraba en la base social. Carmelo los llevó con él, su esposa y su hijo legítimo. Formarían una nueva familia.

El día que Betillo entregó su M- 16 recortado, entendió que comenzaba una nueva vida para él, pero ahora ¿qué haría? Esa pregunta no lo dejaría tranquilo por un tiempo. Hasta que como resultado de la negociación les dieron tres opciones a los guerrilleros: formar parte de la nueva Policía Nacional Civil, trabajar en agricultura o becas de estudio. Betillo decidió estudiar.

 

“La violencia fue una necesidad inevitable en la guerra, pero ahora en la paz es inaceptable. Nadie se merece sufrirla”, esa es la opinión de Jorge Serrano, ahora a sus treinta años.

Tras un curso intensivo de seis meses, donde aprendió lo básico del tercer ciclo. Se matriculó en el Instituto Nacional Alberto Masferrer, en primer año de bachillerato, como cualquier civil. Se sintió de nuevo como en un campamento, con personas que no conocía, en un mundo desconocido.

Parecía que todo iba bien en esta nueva vida que se estaba formando: una familia y estudios. Pero otro fuerte golpe esperaba a Betillo, ahora convertido en el civil Jorge Serrano: en un oscuro trance no aclarado hasta ahora, Carmelo fue asesinado a balazos.

Jorge se apoyó en la esposa de Carmelo y ella en él. Convertidos en madre e hijo continuaron su vida con el dolor de la muerte del comandante. Jorge siguió estudiando. Logró graduarse de bachiller en la opción de contaduría y comenzó a trabajar. Además se inscribió en la Universidad Tecnológica en la carrera de contabilidad. Los deseos de superarse de Jorge nunca se detuvieron.

Cursó dos años y medio en la universidad, pero se casó y la prioridad pasó a ser el sostenimiento de su hogar y de los hijos. Una de sus metas sin embargo es retomar y culminar su carrera.

Nuevas convicciones


Actualmente, Jorge Serrano se desempeña como contador en la alcaldía de Santa Tecla. “No veo viable ni deseable volver a una guerra. Las condiciones en las que vivimos actualmente, no ameritan un nuevo enfrentamiento”, dice. Pero está convencido que los sacrificios de la pasada guerra valieron la pena.

Jorge no ha vuelto nunca a usar un arma. Y sus nuevos amigos, que desconocen por completo su pasado, lo conocen como un muchacho amable, sonriente y pacífico que trata siempre de evitar problemas. “La violencia fue una necesidad inevitable en la guerra, pero ahora en la paz es inaceptable. Nadie se merece sufrirla”, señala.

“Hoy pienso en fortalecer la familia, en trabajar, en estudiar cuando se puede, en ser más solidario con los demás. Si existen algunas oportunidades hay que aprovecharlas para estudiar y prepararse, pero siempre con criterio humano solidario, eso es lo que trato de inculcar a mis hijos”, dice.

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