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Marcel Marceau
En la memoria de Ricardo Lindo:
Ha muerto Marcel Marceau y es como si muriera una parte del silencio


Este espacio es por lo común dedicado a recordar escritores salvadoreños que conocí. Debo ahora hacer un paréntesis para hablar del silencio “que huye cuando lo nombran”.


Lunes 1 de octubre de 2007
Ricardo Lindo

redaccion@centroamerica21.com

 

 

París, años 70

Lo vi dos veces en mi vida. La primera, en los años setenta, en París. Tras su maravillosa actuación de hombre solo contando historias en silencio, por el solo arte de la mímica, le solicité una entrevista. Para entonces hice varias entrevistas para La Pájara Pinta, revista de la Universidad Nacional de El Salvador.

El mimo accedió y hablamos tras asistir a una de sus clases. Sus alumnos llegaban de todos los rincones del mundo y estaban sentados en el suelo de un vasto espacio, en un antiguo teatro parisino. Él daba sus instrucciones con gestos, pero también con breves palabras que él mismo traducía a varias lenguas. Sus alumnos lo reverenciaban hasta la adoración. Uno de ellos, proveniente de Europa del este, era un caso singular. El joven hablaba catorce lenguas pero con Marceau no coincidía en ninguna.

Marceau me recibió en el camerino tras concluir la clase, mientras uno de los muchachos lo ayudaba a ordenar sus cosas, como un fiel acólito. Y Marcel Marceau, el célebre silencioso, no paraba de hablar. Cada pregunta daba lugar a una cascada de palabras y debí resumir bastante a la hora de escribir.

San Salvador, año 2000

Lo volví a ver en San Salvador treinta y un años después y asistí a una cena en su honor en la embajada de Francia. El Diario de Hoy reprodujo en esa ocasión la olvidada entrevista. Por fortuna, el poeta José Roberto Cea conservaba íntegra una colección de La Pájara Pinta, y fue así posible recuperarla. Marcel Marceu la leyó por primera vez y dijo que le había gustado. Le dije que se la había hecho en el teatro Vieux Colombier. El mimo reparó en la fecha y me corrigió: “No, el teatro de la Musique”. En efecto, era ahí.

Busqué la bendita entrevista al enterarme de su fallecimiento. Como no la encontré, pondré algo de lo que recuerdo.

Hablamos de Chaplin, cuyo personaje lo inspiró a la hora de crear Bip. Argumenté que sin el cine, los grandes cómicos del cine mudo hubieran permanecido en el anonimato. No quedaría registro de su obra y su destino hubiese sido como el del desgraciado Van Gogh, sin tener como el artista holandés, derecho a una gloria póstuma. “Más bien habrían sido famosos como artistas del Music Hall”, respondió “y Van Gogh hubiera gozado de su gloria de no haber muerto tan joven”. De hecho, fue el caso de los impresionistas que tuvieron la suerte de envejecer, como Claude Monet.

Le pregunté qué pensaba del teatro latinoamericano. Dijo desconocerlo, pero habló elogiosamente del chileno mexicano Jodorowsky, quien fue su discípulo y no hablaba bien de él.

“Marcel Manguel (nacido en Estrasburgo, Francia, el 22 de marzo de 1923-muerto en París el 22 de septiembre de 2007), mejor conocido como Marcel Marceau, fue un mimo de fama mundial.
Comenzó su carrera como mimo en Alemania, actuando para las tropas francesas de ocupación, después de la Segunda Guerra Mundial. Tras esa incursión en el arte dramático decidió estudiar esta disciplina en el Teatro Sarah Bernhardt de París.
Fue el creador del personaje Bip que tenía la cara pintada de blanco y llevaba unos pantalones muy anchos y una camisa de rayas, tocado de una chistera muy vieja de la cual salía una flor roja. Ha sido considerado el mejor mimo del mundo”.

No insistí, pero era un tanto extraño que desconociera el teatro latinoamericano, pues en ese momento grupos argentinos dominaban la mitad de las salas de París y eran presentados con bombo y platillo (eran, realmente, excelentes), y para tener un panorama de las escenas del mundo no era necesario salir de esa ciudad mágica.

Marceau era pintor en sus horas libres y varias de sus obras lo rodeaban apoyadas por tierra contra la pared. Tenían cierta influencia de Marc Chagall y las encontré muy buenas. “¡Pero cuánto se ocupa usted de arte!” exclamé con evidente torpeza. “Es mi vida”, respondió con la más absoluta sencillez. Así concluía mi página.

Cuando lo vi en San Salvador, su parecido físico con Marc Chagall era grande. Los rasgos judíos se acentuaron en ambos con la edad.

A la noche siguiente de su muerte estuve con el actor Óscar Guardado frente a una amable botella de vodka y hablamos de él, claro. Comenté la distancia que iba del Marceau de los setenta, duende extraordinario capaz de crear una arquitectura sin más recursos que su agilidad, al que habíamos visto en San Salvador, que apenas movía algo más que los músculos de su cara.

Pero Óscar no lo había encontrado deslucido, sino espléndido. “Me salvó la vida”, dijo, y para ilustrar su frase, contó lo siguiente: acababa de sellar la separación con su mujer, con la cual tienen una niña encantadora, y estaba destrozado. Fue a un bar, puerto común de las amarguras del planeta, y encontró a unos amigos que lo invitaron a una fiesta en los Planes de Renderos. En la fiesta se hallaba el mimo, quien no vaciló en improvisar una inesperada función para los asistentes. Y el humor del negro día de Óscar se esfumó en la más luminosa de las noches. Sin siquiera sospecharlo, Marcel Marceau le había devuelto la fe en la existencia.



En este espacio de la sección Cultura, la pluma y la mirada de Ricardo Lindo, ofrece a nuestros lectores retazos de la persona y la personalidad de escritores y artistas que, junto a la lectura de sus obras nos acercan al universo íntimo de cada uno de ellos, y de la época en que vivieron.

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