París, años
70
Lo vi dos veces en mi vida. La
primera, en los años setenta, en París. Tras su
maravillosa actuación de hombre solo contando historias
en silencio, por el solo arte de la mímica, le solicité
una entrevista. Para entonces hice varias entrevistas para La
Pájara Pinta, revista de la Universidad Nacional de El
Salvador.
El mimo accedió y hablamos tras asistir a una de sus
clases. Sus alumnos llegaban de todos los rincones del mundo
y estaban sentados en el suelo de un vasto espacio, en un antiguo
teatro parisino. Él daba sus instrucciones con gestos,
pero también con breves palabras que él mismo
traducía a varias lenguas. Sus alumnos lo reverenciaban
hasta la adoración. Uno de ellos, proveniente de Europa
del este, era un caso singular. El joven hablaba catorce lenguas
pero con Marceau no coincidía en ninguna.
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Marceau me recibió en el
camerino tras concluir la clase, mientras uno de los muchachos
lo ayudaba a ordenar sus cosas, como un fiel acólito.
Y Marcel Marceau, el célebre silencioso, no paraba de
hablar. Cada pregunta daba lugar a una cascada de palabras y
debí resumir bastante a la hora de escribir.
San Salvador, año 2000
Lo volví a ver en San Salvador treinta y un años
después y asistí a una cena en su honor en la
embajada de Francia. El Diario de Hoy reprodujo en esa ocasión
la olvidada entrevista. Por fortuna, el poeta José Roberto
Cea conservaba íntegra una colección de La Pájara
Pinta, y fue así posible recuperarla. Marcel Marceu la
leyó por primera vez y dijo que le había gustado.
Le dije que se la había hecho en el teatro Vieux Colombier.
El mimo reparó en la fecha y me corrigió: “No,
el teatro de la Musique”. En efecto, era ahí.
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Busqué la bendita entrevista
al enterarme de su fallecimiento. Como no la encontré,
pondré algo de lo que recuerdo.
Hablamos de Chaplin, cuyo personaje lo inspiró a la hora
de crear Bip. Argumenté que sin el cine, los grandes
cómicos del cine mudo hubieran permanecido en el anonimato.
No quedaría registro de su obra y su destino hubiese
sido como el del desgraciado Van Gogh, sin tener como el artista
holandés, derecho a una gloria póstuma. “Más
bien habrían sido famosos como artistas del Music Hall”,
respondió “y Van Gogh hubiera gozado de su gloria
de no haber muerto tan joven”. De hecho, fue el caso de
los impresionistas que tuvieron la suerte de envejecer, como
Claude Monet.
Le pregunté qué pensaba del teatro latinoamericano.
Dijo desconocerlo, pero habló elogiosamente del chileno
mexicano Jodorowsky, quien fue su discípulo y no hablaba
bien de él.
No insistí, pero era un
tanto extraño que desconociera el teatro latinoamericano,
pues en ese momento grupos argentinos dominaban la mitad de
las salas de París y eran presentados con bombo y platillo
(eran, realmente, excelentes), y para tener un panorama de las
escenas del mundo no era necesario salir de esa ciudad mágica.
Marceau era pintor en sus horas libres y varias de sus obras
lo rodeaban apoyadas por tierra contra la pared. Tenían
cierta influencia de Marc Chagall y las encontré muy
buenas. “¡Pero cuánto se ocupa usted de arte!”
exclamé con evidente torpeza. “Es mi vida”,
respondió con la más absoluta sencillez. Así concluía mi página.
Cuando lo vi en San Salvador, su parecido físico con
Marc Chagall era grande. Los rasgos judíos se acentuaron
en ambos con la edad.
A la noche siguiente de su muerte
estuve con el actor Óscar Guardado frente a una amable
botella de vodka y hablamos de él, claro. Comenté
la distancia que iba del Marceau de los setenta, duende extraordinario
capaz de crear una arquitectura sin más recursos que
su agilidad, al que habíamos visto en San Salvador, que
apenas movía algo más que los músculos
de su cara.
Pero Óscar no lo había encontrado deslucido, sino
espléndido. “Me salvó la vida”, dijo,
y para ilustrar su frase, contó lo siguiente: acababa
de sellar la separación con su mujer, con la cual tienen
una niña encantadora, y estaba destrozado. Fue a un bar,
puerto común de las amarguras del planeta, y encontró
a unos amigos que lo invitaron a una fiesta en los Planes de
Renderos. En la fiesta se hallaba el mimo, quien no vaciló
en improvisar una inesperada función para los asistentes.
Y el humor del negro día de Óscar se esfumó
en la más luminosa de las noches. Sin siquiera sospecharlo,
Marcel Marceau le había devuelto la fe en la existencia.