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Para presidenta quiero una chica Almodóvar
Una mujer como presidenta, de acuerdo,
y a mi gusto de animal sexual debe tener los siguientes requisitos:
guapa, elegante, inteligente, de buen comer y buen beber (whisky
sobre todo), lindas piernas, labios carnosos, cabellos que se
muevan como el agua, y que vaya por ahí cantando verdades
por las esquinas; o sea que sea algo así como una chica
Almodóvar.
Lunes 1
de octubre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Necesitamos una Juana de Arco vestida a la moda,
como la chica de Kill Bill para que nos ponga en cintura; loca y
esgrimiendo una espada de triple filo, una bruja de la edad media
que adivine con infusiones de hierba del susto; vestida de jeans
azules y zapatos de tacón, en el entendido que lo de loca
y bruja tiene un sentido estético y lo de la espada una literalidad
brutal.
Una mujer con sentido del humor, que ría en combo y que lo
haga cuando se deba llorar, que no esconda los dientes, y que al
hacerlo deje asomar la puntita de la lengua, tibia y generosa; que
no suba a las tarimas sólo para hablar, también para
bailar o cantar con la banda.
Una presidenta que huela a flores recién cortadas, a mar
de amores, a tempestad, a tormenta tropical con nombre de mujer,
una jefa de Estado que cuando venga a diez cuadras podamos escucharle
la música de los tacones y la brisa de los cabellos, no para
temblar de miedo, sino para decirle a los amigos: Esa que viene
ahí es el amor de mis amores.
Una presidenta de la que los comunistas y los republicanos se enamoren
como bestias, al igual que los rosados y celestes, los centrales
y los defensas; que al verla por la televisión nadie dude
que es una estrella de cine y los que la sientan pasar por su vecindad
hablando del nuevo siglo, los románticos y los soviéticos,
los amantes del metal, los evangélicos y los bohemios, no
reparen en cambiar de ritmo o de versículo.
Una presidenta que entienda con facilidad que las corbatas y los
trajes deben usarse donde hace mucho frío, que los largos
discursos sólo le interesan a los malos comediantes del poder
y que la política debe ser como el sexo: ligera de ropas
o sin.
Que cuando mueva un dedo no sintamos que se trata del viejo cuento
de San Juan, que los hombres caigamos a sus pies para recitarle
versos de Neruda o para cantarle una melodía libidinosa de
Luis Eduardo Aute. Una mujer que cuando ponga las palabras en el
aire estas comiencen a volar como mariposas endrogadas de placer.
Inteligente, obviamente no repleta de información, sino con
olfato para el gusto, para entender las amarguras de los que la
hayan elegido, que sepa contar cuentos, como Sheherezade, para prolongarnos
la vida con engaños literarios. O sea, que si nos va a dar
un tiro que sea con tacto, con ternura y con balas explosivas, y
que si lo suyo es amor pues que se entienda, aunque sea de lejos,
ya que en esta tierra se habla español y se baila cumbia.
Que sepa degustar una ensalada de apio con dos rodajas de chile
verde, o unos pepinillos en aiguaste, un lomo de aguja a medio cocer
con abundante chimichurri, sopa de frijoles con cilantro y perejil,
ayote en dulce y que beba triples de black label, para cantarle
al oído: Lo nuestro duró, lo que duran dos peces de
hielo en un whisky on the rocks.
Que cuando camine, uno se imagine la torre de Babel o el arco del
triunfo, que se mueva como una artista que deja caer de su saya
vientos espumosos y palabras que sirvan para reelegirla.
Dejando las hipocresías a un lado, sean moralistas, religiosas
o feministas (asunto por demás redundante), debo decirlo:
a quién no le gustan las lindas piernas, mucho más
a las mujeres, salvo que cuando no son las suyas se niegue o lo
acepte a regañadientes.
Lo de ir por ahí cantando verdades por las esquinas es un
decir, queremos que nos mienta, pero con carisma, con vocación,
con pasión alocada, como miente el poeta. Que cuando nos
diga que la economía está en su mejor momento muestre
una pierna con disimulo, nos lance un beso acaramelado y nos tire
una flor, un pañuelo empapado de su sudor, desde su carroza.
Para qué elegir más hombres en la presidencia, para
qué: les hace falta elegancia, inteligencia, y del resto
de cualidades ni hablar, ya no digamos el buen beber, no llegan
ni alcohol 90 y tienen la pólvora mojada. A quién
se le pude ocurrir creer en un hombre presidente en estos tiempos.
El asunto de la política debería de ser simple: escoger
aquello que nos guste con ganas locas. No hay agresión a
la inteligencia ni a la belleza de una mujer porque un millón
y medio de hombres nos sintamos enamorados de ella. ¿A qué
mujer no le gusta ser amada, y bien amada? Imaginemos si es presidenta.
Y lo de que sea una chica Almodóvar es un antojo, me gusta
la canción, y algunas de las mujeres que allí se mencionan.
Imagínense una Victoria Abril de presidenta, más si
está como en el filme Átame ¡para morir!
Un montón de hombres la elegiríamos, yo por ejemplo,
pero hay un problema: los viejos amargados muy difícil, aún
así creo que la mayoría lo haríamos; el problema
mayor vendría de las mujeres, ninguna novia o esposa quisiera
tener de rival a una guapa e inteligente presidenta de lindas piernas
y labios carnosos que además de ordenar la casa, baile y
cante en cada esquina.
Los hombres no somos tan animales políticos como se supone,
somos esencialmente animales sexuales; digan lo que digan, piensen
lo que piensen, sean comunistas, republicanos, bandidos, puritanos
al hartazgo, comediantes o dramaturgos, serios o payasos, positivistas
o marxistas; todos tenemos una cosa dibujada en la frente que sólo
se puede ocultar con un disfraz, y por si hay que aclarar conceptos,
las mujeres son cien veces más animales sexuales que el hombre:
un raquítico orgasmo masculino puede tener de la contraparte
femenina veinte en ráfaga y unos cuantos tiro a tiro.
Es un sueño imposible tener una mujer como presidenta, y
más aún con las características indicadas,
pero yo quiero una así, y si no pues no voy a las urnas y
me despido con este bolero en un tono despechado: “Total,
si no tengo tus besos, no me muero por eso, ya yo estoy cansado
de tanto besar, viví sin conocerte, puedo vivir sin ti”.
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