La Orden de los Locos de
Octubre
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Una vez un miembro de la orden
me dedicó un poema en un periódico. Llamé
a Rolando, para contactar al autor y agradecérselo. Me
respondió que “el chele Ventura” no tenía
dirección fija, pero que solía ir a un hotel en
Panajachel del cual me dio el nombre. La pintora Licry Bicard,
gran artista y gran amiga común, me explicó más
tarde que el chele Ventura, como varios de los miembros de la
corporación, era irreal.
Eran poetas y artistas inventados por los hermanos Elías.
Un par de veces me invitó a ingresar a Oro. Ambas decliné.
Si bien he formado parte de tertulias, nunca he pertenecido
a grupos con un nombre específico, pues eso conduce a
que se generalicen, siempre injustamente, los méritos
y defectos de sus miembros.
Los Locos de Octubre tenían su ceremonia de iniciación,
en la cual el nuevo llegado era investido con una gruesa cadena
de hierro. Era menos costosa que una de oro y poseía
la dignidad de una mazmorra medieval, lo cual le otorgaba la
necesaria dignidad cortesana.
Una actriz que asistió a una de esas recepciones me dijo
que jamás había visto locos tan cuerdos. Era y
no era cierto. Se identifica la locura con el paroxismo y Rolando
era el adalid de una mansa locura, de aquella filosófica
locura que consiste en apartarse del mundo y en dar por valioso
lo que el mundo suele dar por vano e inútil. Tampoco
buscó la originalidad estridente ni el éxito literario.
Ese desdén estoico tiene algo de escepticismo y de secreto
orgullo, el del caballero solo contra los molinos de viento.
Cuando la guerra arreciaba, escribió un conjunto de sonetos
en los que opone la rosa al fusil, como argumento único
y definitivo.
El artista errante, sin espacio ni tiempo
Buscaba el anonimato bajo los seudónimos y en la sencillez
de la escritura, que trabajaba con esmero. Anular el estilo
era una manera de sumergirse en lo permanente. Sospecho que
su modelo en prosa era Azorín, pero mientras aquel veía
la eternidad (una mustia eternidad sin horizontes, que la calma
belleza justificaba) en los pueblos milenarios de Castilla,
Rolando, más despojado, la vio en el artista errante,
sin espacio ni tiempo, ni edad ni patria, en el chele Ventura
o en Juan Caminos, otro de sus personajes. Inventó al
que él hubiera deseado ser y le puso nombres diversos.
Bajo su voluntaria discreción
brillaban perlas con brillo apaciguado, como en este breve poema
de dos versos:
La guitarra
Suena como una piedra del río a medianoche.
Supo ser burlón, a su modo. En la publicaciones de la
Orden de Octubre, folletos fotocopiados, se estigmatizaba con
desenfado a los grandes personajes.
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MEMORIAL DEL ADIÓS
(Fragmento)
Voy a decir adiós
Nunca lo dije
Voy a decir adiós
Lo estoy diciendo
Todos los nunca llegan
Adiós a tú que dije
al yo que tú dijiste
apretando los labios con los ojos cerrados
Adiós no a la memoria
A las manos frotándose
A la crepitación del fuego alzado
A las llamas del tiempo compartido
Adiós sí a la palabra
recogidaen el cuenco de tu oreja
tu mejilla
tu pecho
Voy a decir adiós
Lo estoy diciendo
Adiós no a la memoria
Se quedará por siempre en esa página
ROLANDO ELÍAS
(3000 COLATINO SAB.12 JUNIO 1993)
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El poeta Rolando Elías nació en Mejicanos el 27
de enero de 40. El cáncer se lo llevó en San Salvador
el 24 de mayo de 1999. Licry le hizo obsequio en su lecho de
muerte de una preciosa curiosidad óptica adquirida en
un museo norteamericano. Era un tubo transparente provisto de
un visor, a través del cual se veía deslizarse
una lluvia de estrellas. Ella me confió que le había
dolido desprenderse del objeto, pero sintió que había
valido la pena al saber que Rolando se había ido con
el entre las manos.
Rolando fue encargado de prensa de la República Federal
de Alemania en El Salvador, corresponsal de editoras internacionales,
redactor de El Diario de Hoy, diario El Mundo, La Prensa Gráfica,
Diario Latino (donde mantuvo con Mario Noel Rodríguez
y André Cruchaga la página Juan Caminos), Jefe
de relaciones públicas del ministerio de Economía
y del Banco Central de Reserva de El Salvador. La Academia Salvadoreña
de la lengua lo recibió entre sus miembros al final de
sus días. Ya no pudo asistir. Envió, como discurso
de recepción, una serie de sonetos dedicados, nuevamente
a la rosa.
Ocho años más tarde, el mismo sujeto, el cáncer,
se llevaba a su hermano Manuel. Ambos hubieran podido vivir
mucho más. Los dos habían ocupado poco espacio
sobre la faz del planeta, pues eran pequeños, delgados
y ajenos al ruido. Posiblemente pertenecían a otro, hacia
el cual se apresuraron a partir.
Generalmente veo a Rolando por las noches antes de llegar a
mi apartamento. Vivo en Ayutuxtepeque y debo pasar por Mejicanos,
donde él nació. El microbús se detiene
unos instantes frente a una placita en forma de cuña,
rodeada de una verja, donde hay un busto suyo iluminado por
faroles que imitan los de los antiguos parques. Tras él
se yergue una hilera de araucarias y tres eucaliptos se suman
al conjunto. Pienso que ha de ser bueno contemplar el mundo
desde ahí.
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Bibliografía de Rolando Elías:
Crónica de Alemania
Ritual de la mirada y otros rituales
Poemas del amor sobreviviente,
Homenaje a la pintura
Siete crónicas y un discurso
Pasión de la memoria
Cantata de mayo
Celebración de la rosa
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