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Espada del augurio, permíteme ver más
allá de lo evidente
A muchos podría
asombrarles el hecho de que en el país el 62% de las mujeres
nunca ha escuchado hablar sobre feminismo, el movimiento instaurando
hace más de un siglo con el objetivo de defender los derechos
de la mujer, como lo reveló recientemente una encuesta
hecha por un rotativo matutino. A mí no.
La misma encuesta señala que la mayoría de las mujeres
entrevistadas, 44.5%, piensa que los hombres son más capaces
de gobernar el país.
Lunes 8 de octubre
de 2007
Georgina Vanegas
gvanegas@centroamerica21.com
Creo que antes de rasgarnos las vestiduras y apelar
a la ignorancia y al machismo de la población, hay que entender
el contexto en que viven estas mujeres: El Salvador. Creo que es
importante prestar atención a detalles, a lo que no se nos
muestra de manera tan evidente.
Caso 1: Hace unas semanas una compañera periodista puso el
dedo en una yaga con la que lidiamos todas las mujeres que transitamos
por las calles: los famosos piropos, donde la mujer no pasa de ser
una “cosita rica” a la que se le puede hostigar con
un beso titado de lejos, un vitoreo, o “una frase, o incluso
una “tocadita”, “no pedidas”, escribe en
su nota.
Lo interesante y alarmante del asunto es que no hay una ley lo suficientemente
específica que determine hasta donde una “inocente”
frase puede ser eso o un acoso sexual.
Pero lo que más llama la atención es que las mujeres,
en muchísimas ocasiones, no solo soportan las frases, los
silbidos, sino ser tocadas cuando no lo desean mientras caminan
por la calle, y la potestad que siente el sector masculino de hacerlo
cuando le venga en gana.
Creo que en ocasiones se entretejen situaciones donde las señales
de machismo parecen ser muy endebles, es donde hay que poner atención.
Las leyes nos enseñan cómo defender nuestros derechos,
pero si estas son ambiguas nos dejan desarmados, con la sensación
de que no somos capaces de defenderlos porque no tenemos argumentos
convincentes.
Caso 2: Fui a recoger a mi hermana al colegio el 1 de Octubre, día
del niño. Es un colegio de monjas, que tiene fama de ser
respetable, donde se pretende forjar “mujeres de verdad, como
la roca fuerte”, reza uno de los cantos, himno del colegio.
Entré y, para mi sorpresa, las niñas y los niños
bailaban reggetón. No una canción, ni dos. Me quedé
esperando más de media hora a mi hermana y escuchaba: “Ella
te provoca bailando/Te envuelve, se suelta, y te deja/Y después
se va con cualquiera/”. Caminé y vi cómo las
niñas y los niños seguían cantando y bailando
la canción: “Vámonos hasta abajo, pa' que pruebes
de mi mela/ Gata traicionera, vas a ser mi prisionera”. Y
el vocalista de Trébol Clan seguía escuchándose
en los parlantes: “Primero engañaste a tu hombre/ Y
luego sedujiste a tu amante/ Luego te empeñaste en enamorarme/
Y eso conmigo no va”.
Para que se entienda a lo que quiero hacer referencia, quiero citar
textualmente un artículo de la comunicadora Ivón Rivera
que encontré navegando por Internet. El artículo es
la voz de una mujer, gritándole a la sociedad y muestra,
mejor de lo que yo lo podría explicar, la relación
que intento entablar: “Si hay algún dejo de mi capacidad
racional en algún texto público, cultural, sociológico,
psicológico o mediático, hace referencia a mi habilidad
de intuir, de acechar, de cazar, de seducir; se habla de mi astucia
para manipular, para planear, para engañar, para confundir”.
“Según la sociedad no se me da el ser inteligente.
Si alguna vez aparece ese adjetivo cerca de mi nombre, tengo habilidades
embestidas en mí por el reino animal, por el reino mítico,
nunca por el mundo racional. Mis habilidades se reducen a mis poderes
sobrenaturales para capturar a mis presas, para sobrevivir en la
jungla citadina. No existe ningún dejo de razón asociado
a mi nombre; no existe ningún término que hable de
la maravillosa sabiduría. Todo el lenguaje se refiere a mi
simple y llano instinto”.
Es obvio que para ser presidente, lo que debería imperar
en el candidato es el raciocinio, la capacidad de analizar, de pensar,
confrontar, resolver. Es obvio entonces que si se alimenta la idea
de que la mujer no es más que instinto, entonces, por consecuencia,
no puede ser presidente. Pensarán muchos: “Pero es
solo una canción”. Sí, es solo una canción
que escuchan, cantan, y bailan con toda naturalidad las niñas
que alguna vez serán las mujeres que darán su voto,
que participarán de esta manera en las decisiones de la nación,
que pretenderán ser esas “mujeres de verdad, como la
roca fuerte”.
Es una canción que no causa reacción en las instituciones
encargadas de la formación de estas niñas. Podría
pensarse que no causa reacción porque habla de un patrón
tan conocido que no vale la pena poner en cuestión, del que
no se habla, no se discute, no se nombra, no se problematiza, no
se pone en evidencia.
Yo también fui niña. Me gustaba mucho ver televisión.
Las caricaturas eran mis favoritas y ahí aprendí algo
que no siempre me enseñaron en el colegio.
Veía todos los días a los Thundercats y siempre me
gustaba pararme del asiento cuando venía la escena que me
gustaba, tomaba mi espada de plástico marca Matell, y decía
junto con Leon-Oh: “Espada del augurio, permíteme ver
más allá de lo evidente”.
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