El Senado mexicano aprobó hace unos días
–semana más, semana menos– un proyecto de ley
audaz que cambia la concepción de los procesos electorales,
el modo en que se hacen las campañas y ha puesto al descubierto
una serie de vicios éticos, producto de la nunca desinteresada
relación entre los partidos políticos y los medios
de comunicación masiva.
La medida del Senado, que aún debe ratificar la Cámara
de Diputados, prohíbe la inserción pagada de spots
de radio y televisión para los partidos políticos
en campaña electoral, y aun fuera de ella. La consideración
inicial fue que la propaganda radial y televisiva, durante las
campañas electorales, tiende a ensalzar figuras individuales,
no a los partidos, y eso no va en beneficio más que de
los candidatos y los medios de comunicación: unos obtienen
capital político y los otros mucho dinero.
La primera reacción fue de los principales comunicadores
de los medios televisivos, Televisa y TV Azteca, dueños
también de decenas de radios. Intentaron atacar la medida
diciendo que la suspensión de publicidad iba en contra
de la libertad de expresión y, junto con la adhesión
a un fin tan noble, hubo políticos a quienes se exigió
que pagaran los contratos que habían firmado de antemano
para levantar su imagen. Éstos, desde luego, se negaron,
y se armaron pequeñas escaramuzas, con una frágil
interpretación de la ley como eje.
Dentro de estas escaramuzas, a algunos dueños de las cadenas
“se les salió” decir que la mayor parte del
dinero en concepto de publicidad no se recibía por los
spots, sino por el pago de “gacetillas”: notas dentro
de los noticiarios que se pasaban como si se tratara de noticias
“objetivas”, no de propaganda. Según los espectadores,
estaban viendo información generada por los reporteros,
cuando en realidad se trataba de boletines generados por los jefes
de prensa de candidatos y partidos.
El Senado tiene todos los fueros para lanzar un proyecto de ese
tipo, y no hubo modo de que las emisoras de radio y televisión
no dejaran en claro el inmenso negocio que se les va de las manos,
que no beneficia a nadie, excepto a un puñado de individuos
lanzados, desde hace años, a armar una carrera personal
a costa del erario público.
Un anuncio pagado por el Senado mexicano en diferentes medios,
titulado “Con la reforma electoral, menos dinero y más
control de los Partidos”, dice así:
“Los partidos políticos dejarán de recibir
el dinero que iba a los spots. Ese dinero provenía de tus
impuestos y terminaba en televisión o radio.
“En dos elecciones, el ahorro será de casi 3,500
millones de pesos. Esa cantidad equivale s 5,500 visitas de interés
social.”
Si uno se pone a hacer cuentas, cada casa de interés social
de las que habla el Senado cuesta 636,636 pesos, algo así
como 56,000 dólares. Ojalá esté considerando
que las casas requieren de infraestructura –tuberías,
agua, luz, postes, mucho asfalto alrededor, cableado– o
sólo se estará pasando el dinero de un desperdicio
a un desfalco.
Sigue el anuncio:
“Se acaba el secreto bancario en las cuentas de los partidos.
El ciudadano sabrá cómo se gastan sus impuestos.
“Prohíbe la propaganda electoral pagada, pero respeta
la libertad de expresión. Ninguna opinión será
objeto de censura.
“Reforma electoral: Producto de la lucha por la democracia.”
No se puede sino extrapolar lo ocurrido en México y preguntarse
qué ocurriría si por una de esas posibilidades cósmicas
la Asamblea Legislativa aprobara una medida similar. ¿Cómo
sabríamos qué ofrecen los partidos y candidatos?
Habría que recurrir a medidas que en otros tiempos funcionaban,
como mítines de verdad, el acercamiento del candidato a
sus electores, la necesidad de convencer con la propia convicción,
no sólo con el manejo de imagen y grupos de asesores no
interesados en las personas, sino en los números. Etcétera.
Habría dos ganancias: más casas para la gente que
las necesita, que es mucha, y nos evitaríamos la angustia
de las campañas de miedo y descalificación, en todo
caso irracionales, que prometen llegar pronto. No con menos fuerza
que en años anteriores, sino, esta vez, en varias direcciones
al mismo tiempo.