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Partidos sin propaganda

 

El Senado mexicano aprobó hace unos días –semana más, semana menos– un proyecto de ley audaz que cambia la concepción de los procesos electorales, el modo en que se hacen las campañas y ha puesto al descubierto una serie de vicios éticos, producto de la nunca desinteresada relación entre los partidos políticos y los medios de comunicación masiva.


Lunes 8 de octubre de 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

La medida del Senado, que aún debe ratificar la Cámara de Diputados, prohíbe la inserción pagada de spots de radio y televisión para los partidos políticos en campaña electoral, y aun fuera de ella. La consideración inicial fue que la propaganda radial y televisiva, durante las campañas electorales, tiende a ensalzar figuras individuales, no a los partidos, y eso no va en beneficio más que de los candidatos y los medios de comunicación: unos obtienen capital político y los otros mucho dinero.

La primera reacción fue de los principales comunicadores de los medios televisivos, Televisa y TV Azteca, dueños también de decenas de radios. Intentaron atacar la medida diciendo que la suspensión de publicidad iba en contra de la libertad de expresión y, junto con la adhesión a un fin tan noble, hubo políticos a quienes se exigió que pagaran los contratos que habían firmado de antemano para levantar su imagen. Éstos, desde luego, se negaron, y se armaron pequeñas escaramuzas, con una frágil interpretación de la ley como eje.

Dentro de estas escaramuzas, a algunos dueños de las cadenas “se les salió” decir que la mayor parte del dinero en concepto de publicidad no se recibía por los spots, sino por el pago de “gacetillas”: notas dentro de los noticiarios que se pasaban como si se tratara de noticias “objetivas”, no de propaganda. Según los espectadores, estaban viendo información generada por los reporteros, cuando en realidad se trataba de boletines generados por los jefes de prensa de candidatos y partidos.

El Senado tiene todos los fueros para lanzar un proyecto de ese tipo, y no hubo modo de que las emisoras de radio y televisión no dejaran en claro el inmenso negocio que se les va de las manos, que no beneficia a nadie, excepto a un puñado de individuos lanzados, desde hace años, a armar una carrera personal a costa del erario público.

Un anuncio pagado por el Senado mexicano en diferentes medios, titulado “Con la reforma electoral, menos dinero y más control de los Partidos”, dice así:

“Los partidos políticos dejarán de recibir el dinero que iba a los spots. Ese dinero provenía de tus impuestos y terminaba en televisión o radio.

“En dos elecciones, el ahorro será de casi 3,500 millones de pesos. Esa cantidad equivale s 5,500 visitas de interés social.”

Si uno se pone a hacer cuentas, cada casa de interés social de las que habla el Senado cuesta 636,636 pesos, algo así como 56,000 dólares. Ojalá esté considerando que las casas requieren de infraestructura –tuberías, agua, luz, postes, mucho asfalto alrededor, cableado– o sólo se estará pasando el dinero de un desperdicio a un desfalco.

Sigue el anuncio:

“Se acaba el secreto bancario en las cuentas de los partidos. El ciudadano sabrá cómo se gastan sus impuestos.

“Prohíbe la propaganda electoral pagada, pero respeta la libertad de expresión. Ninguna opinión será objeto de censura.

“Reforma electoral: Producto de la lucha por la democracia.”

No se puede sino extrapolar lo ocurrido en México y preguntarse qué ocurriría si por una de esas posibilidades cósmicas la Asamblea Legislativa aprobara una medida similar. ¿Cómo sabríamos qué ofrecen los partidos y candidatos? Habría que recurrir a medidas que en otros tiempos funcionaban, como mítines de verdad, el acercamiento del candidato a sus electores, la necesidad de convencer con la propia convicción, no sólo con el manejo de imagen y grupos de asesores no interesados en las personas, sino en los números. Etcétera.

Habría dos ganancias: más casas para la gente que las necesita, que es mucha, y nos evitaríamos la angustia de las campañas de miedo y descalificación, en todo caso irracionales, que prometen llegar pronto. No con menos fuerza que en años anteriores, sino, esta vez, en varias direcciones al mismo tiempo.

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