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El Che y las preguntas no resueltas

 

Tengo a Papá y Willy. Papá herido leve. Combate Continúa, diría el capitán de los rangers Gary Prado, a eso de las 15:00 horas del domingo 8 de octubre de 1967, las tropas maniobraban en las orillas de la quebrada del Churo, cerca de Vallegrande, Bolivia.

El Diario del Che en Bolivia te da la sensación de que no lees el destino de una guerrilla sino el de un martirio planificado.


Lunes 8 de octubre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Régis Debray, el militante revolucionario francés que fue calumniado por su actuación en Bolivia, nos cuenta magistralmente en su libro Alabados sean nuestros señores, que debieron pasar muchos años, muchos, para comprender que el Che no había llegado a Bolivia a otra cosa que a morir. Tal afirmación no es en modo alguno un juzgamiento fuera de tiempo, es ante todo la reflexión íntima de uno de los hombres que le siguió los pasos con pasión desmedida, que pudo haber muerto por él.

Daniel Alarcón Ramírez, que de muy joven fue conocido por el Che en la guerrilla cubana y que luego sería llamado Benigno, más tarde uno de los oficiales que le acompañó en todas sus misiones, hasta su caída en Bolivia, habría de recordar los azarosos momentos en los que Fernando (uno de los seudónimos del Che en Bolivia) pasaría en la búsqueda del lugar adecuado para morir.

Los detalles referidos al momento de su captura son reveladores, el hombre que se hizo leyenda se ve en apariencia pequeño. La descripción que hace su captor: sandalias (no botas), ropas de colores difusos, vetustos, sepias, cabellera sucia y cortada con cuchillo, herida leve y el arma averiada, develan la condición martirial de un hombre poco común.

Más lo fue la figura del legendario guerrillero sosteniendo una olla donde se resguardan los huevos para alimentar los rescoldos de su tropa mientras los militares apuntan sus armas contra él; un hecho que sólo desde la ceguera ideológica puede ser visto como difamatorio; más bien, y como lo apunta el periodista francés Pierre Kalfon, la situación no parece una alteración de la realidad sino una confirmación del confuso universo de la leyenda, lo absurdo suele ir de cerca con la verdad, aunque no lo parezca.

El asunto es magistralmente literario pues ahí, en las escarpadas orillas de aquella quebrada, detiene su marcha bélica frente a una maniobra de cuarenta soldados de elite, el rostro que recorrerá el mundo, defendiendo con su propia vida la poca comida que le queda para sus hombres. Una captura demasiado fácil para un guerrillero de su estatura, demasiado humana para no conmoverse.

Indicios posteriores suponen, lejos de la versión oficial, que el Che no sólo tenía como arma la carabina M-2 (su captor asegura era M-1) que ya no pudo disparar por desperfectos, también llevaba un arma corta de calibre 9 mm. En un intento por superar el “mal entendido”, se dijo que el arma no estaba cargada. Los intentos no buscaban encontrarse con el hombre sino con el santo, el arma sí tenía cartuchos.

Las posturas de los que fueron sus compañeros, y de la mayoría de la izquierda combativa de aquellos años, son comprensibles: el icono debe morir combatiendo, no capturado, sólo de esa forma puede ser el ejemplo a seguir. Ese evento no desacredita la actitud del hombre ante la muerte inminente, por el contrario, lo postula con mayor fuerza hacia una historia que es una cascada de acontecimientos martiriales, los años transcurridos lo demuestran.

¿Qué sucedió con el apoyo de Cuba? El asunto sigue siendo emblemático y grave. Como lo indica muy objetivamente Pierre Kalfon, Fidel y el Che fueron “dos locos geniales” que sin duda se amaron más allá de lo imaginado, pero también como lo dijera Debray “Fidel era un hombre muy simpático y poco recomendable; el Che un hombre antipático y admirable”.

“Los locos geniales” debieron tener diferencias abismales sobre el mundo en que les tocó actuar, es seguro que así fue; el primero eligió un camino que no podría ser otro que el de la muerte, el segundo se ocupó de las acciones del poder.

Pero hay algo todavía más evidente aunque no tan ponderado políticamente: Benigno, el guajiro, amó mucho más al Che, le siguió como una oveja a su pastor, estuvo a su lado hasta que dejó este nuestro mundo, fue quien le escuchó decir en los momentos más difíciles: “Yo, por desgracia, soy de nuevo el Che. Ya sólo me queda convertirme en una animal de la selva entre otros”.

Existe evidencia de que la última comunicación del Che con La Habana fue el 23 de enero de 1967, desde entonces no vuelve a saberse mucho de ellos, como si no había interés en que sucediera. Los comentarios de los hombres tendrán un tono de hijos abandonados por su madre, ingenuos sí, pero con un sesgo de verdad herida.

En la figura psicológica del Che hay una maraña de situaciones sumamente complejas, fue de aquellos que no se aman ni a sí mismos menos a cada individuo, sólo podía amar una figura difusa: la humanidad.

Cuando pasan por la casa del campesino boliviano Honorato Rojas, quien los ha de traicionar, es el mismo Benigno quien advierte al Che que es un error, sin embargo el guerrillero lo emplaza preguntando que quién es el jefe. Nadie podría oponerse a semejante estatura, sin embargo el olor del peligro se siente volar a distancia. Un grupo de ocho guerrilleros, donde se incluye a Tania, caerán en una emboscada con ayuda del campesino.

En su diario de Bolivia se observa el momento en que las fuerzas militares comienzan a buscar el combate y aumentan el número de sus hombres y volumen de fuego; a pesar de ello no hay ningún cambio positivo en la actitud de la guerrilla del Che, se ve con claridad el repliegue táctico, en un primer momento, hasta que se pierde toda iniciativa militar. Apenas se trata de un grupo de 17 bandidos, perseguidos, acorralados.

Los entornos de los ríos Grande, Ñacahuasú, Masicuri, Palmarito, de las poblaciones Vallegrande, La Higuera y otros más, son territorios difíciles para moverse, pero donde una guerrilla puede escapar, mientras no encuentre un reacomodo para sus operaciones ofensivas; sin embargo, el Che decide cruzarlos una y otra vez en un movimiento poco convincente.

La necedad del Che es típica de la psicología de los hombres mesiánicos. Monseñor Romero sabía muy bien que luego de su regreso del Vaticano le esperaría la muerte en su país, pero nadie lo detendría, el obispo que fue ovacionado y escuchado por miles en su catedral y en otros países del mundo, cae vencido en una pequeña iglesia donde no había más de veinticinco personas, incluyendo un par de agentes encubiertos que participaron en el complot de su asesinato y un periodista, ningún obispo.

La descripción de la figura de un tal Jesús en los evangelios y en otros escritos, calza la huella de un hombre necio que decide entrar a un poblado donde nadie le conoce y donde será capturado y ejecutado, aún así lo hace. Sólo los curiosos y los guardias le ven morir, y son unos pocos los que lloran por él. Poco importa si en verdad fue o no el hijo de algún dios.

El Che muere por ejecución sumaria el lunes 9 de octubre de 1967, su cuerpo es colocado en la pila de una escuela, en un lugar remoto y solitario del poblado de La Higuera; miles en el mundo le lloran cuando leen la noticia. Y el recuerdo del Cristo yacente del pintor Italiano Andrea Mantegna y La lección de anatomía del holandés Rembrandt son las curiosas evidencias de que la imaginación no tiene limites espaciales ni temporales, son demasiado parecidas a las del cadáver del guerrillero que captó la cámara fotográfica.

Esa actitud ante la vida y la muerte, ante las convicciones, es lo que convoca nuestros ánimos indagatorios, no los motivos ideológicos o políticos, sino los humanos, en todo caso aquellos cuando son parte de lo segundo en una maraña que no acabamos de entender.

El Che pretendía salvar a la humanidad de la explotación con el uso de las armas, Romero reclamaba la justicia desde la escritura bíblica y aquel Jesús que con soberbia se hacía llamar el hijo de dios, quería romper con la falsa tradición del corrompido sanedrín.

Los tres son mesías de una idea, por igual rompen con la oficialidad y toman caminos solitarios y mortíferos, y como lo sabemos, serán miles los que les sigan y otros tantos los que les odien, y unos cuantos los que se escuden en sus figuras para alimentar sus propios fines.

Una de las anécdotas que han acompañado al Che recuerda que cuando tomó la ciudad de Santa Clara a finales de 1958 y desbarató a los más de tres mil hombres de Fulgencio Batista que la resguardaban, una mujer llevó sus alimentos, pollo, arroz y frituritas de plátano. Cuando él pregunta si sus hombres comerán lo mismo, la mujer le responde que no, ellos comerán chícharo. El Che devuelve el pollo y pide que le lleven lo mismo que a sus hombres.

Nuestros comandantes se comieron el pollo y dejaron los fríos frijoles a sus hombres, asumieron un modo de vida que nunca habían tenido y dejaron a sus seguidores en la silla de la marginación, tienen la suerte de que aún muchos les sigan.

La pregunta sigue abierta, como una gran puerta: ¿podría Fidel haberle ordenado a Manuel Piñeiro que se las arreglara como pudiera, pero que trajera al Che de regreso? Lo cierto es que no sucedió.

¿Quién fue el Che, quiénes son esos hombres que parten decididos hacia la muerte, y quiénes son los que están dispuestos a seguirlos? Cada vez que uno vuelve a las viejas páginas de sus diarios, a escudriñar en los escritos de sus investigadores y biógrafos, a la lectura de los testimonios de quienes estuvieron a su lado en aquellos difíciles momentos, percibe la luz de un túnel donde nunca llegaremos a vernos las manos porque quizá al final no nos espera ningún sol.

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