Traición, corrupción,
deserción
y otras miserias en la guerrilla de Guazapa
Una mañana, a finales de 1982, Fermán Cienfuegos recibió un mensaje cifrado sumamente inquietante: la comandancia guerrillera de la Resistencia Nacional en el cerro de Guazapa estaba sitiada, pero no por el enemigo sino por el grueso de los jefes militares insurgentes, que se habían rebelado contra su propio Estado Mayor en pleno, y se proponían fusilar a todos sus miembros, comenzando por el comandante Raúl Hércules, el legendario Raulón.
Lunes 8 de
octubre de 2007
Geovani
Galeas
/ (Segunda Entrega)
ggaleas@centroamerica21.com
 |
|
La RN no había logrado superar los problemas internos desatados por la extraña e inexplicada muerte de su antiguo jefe máximo, Ernesto Jovel , acaecida en septiembre de 1980 en un avionazo, en aguas territoriales panameñas.
La pequeña burguesía en la RN
Carlos Rico, conocido como el comandante Pancho, describía la situación en los siguientes términos: "Había una tendencia acusadora de que la pequeña burguesía había tomado la conducción de la RN y que predominaba el pensamiento socialdemócrata, el cual se reflejaba en nuestra política exterior, en la que se le daba prioridad a países democráticos, en lugar de priorizar las relaciones con el campo socialista. Los acusadores se declaraban marxistas-leninistas de tendencia ortodoxa, identificados con la 'causa proletaria' de las FPL". Y puntualizaba:
"Se había sembrado la desconfianza entre el trabajo interior y el exterior, entre los frentes y la ciudad, entre la base y la dirigencia, y se había desprestigiado el trabajo del Organismo de Seguridad Interna de la organización".
Quizá por eso Fermán Cienfuegos, que meses antes había encargado a Pedrito el Mexicano un trabajo encubierto de espionaje interno para descubrir una infiltración del enemigo, otorgándole una gran libertad de acción y un acceso directo y exclusivo a la jefatura máxima de la organización, cambió de idea y comisionó a Pancho para que controlara el trabajo de Pedrito y, al mismo tiempo, le disminuyera sus atribuciones en el frente.
Infiltrados por el enemigo
Nombrado como jefe de operaciones especiales de la organización, Pancho subió de San Salvador al Cerro de Guazapa para evaluar la situación problemática del frente. Ahí se reunió con Raúl Hércules en su puesto de mando, ubicado en Palo Grande.
Raulón le informó que, aunque él mismo y sus compañeros del Estado Mayor habían cometido algunos errores de conducción que habían generado descontento entre algunos jefes y la tropa, el verdadero problema consistía en que estaban infiltrados por el enemigo.
Pancho tomo algunas medidas de precaución y profundizo la secretividad de algunas tareas. También tuvo un diálogo tenso con Pedrito el Mexicano, quien no terminaba de aceptar el hecho de haber sido disminuido en sus funciones de inteligencia, y mostraba resistencia a supeditarse al control de un cuadro que, a su juicio, tenía menos conocimientos y experiencia que la suya en esas lides.
Pancho informó la situación a sus jefes y vaticinó que habría problemas serios con Pedrito, a quien tipificó como "un tipo con delirios de grandeza".
"Yo lo acuso comandante"
Meses después, la mayoría de los jefes militares de Guazapa se reunieron clandestinamente en el campamento de El Salitre, y desde ahí, acompañados por sus unidades, se dirigieron hacia Palo Grande, donde estaba ubicado el Estado Mayor de Raulón.
En pocas horas sitiaron el campamento de la jefatura, que en ese momento apenas contaba con unos veinte efectivos leales al mando. El comandante Dimas Rojas no participaba en la conjura, pero contaba con el respeto de todos en el frente, y se convirtió en un mediador.
Los insurrectos pedían la rendición incondicional del mando, para que fueran sometidos a un juicio sumario y luego fueran fusilados. Dimas Rojas propuso que se efectuara una reunión de sinceramiento, crítica y autocrítica de todos los dirigentes de los organismos de masas, los jefes militares y el mando, pero que ante todo debían cesar las amenazas de juicios y ejecuciones.
Fue entonces cuando le enviaron el mensaje cifrado radial a Fermán Cienfuegos, quien luego de muchas vacilaciones autorizó la reunión.
El Estado Mayor guerrillero fue duramente emplazado por todos: se les acusaba, entre otros muchos abusos, de haber acusado de traición fusilado secreta e injustamente a un combatiente campesino muy querido y respetado en la zona, Priciliano, y también se les acusaba de acosar sexualmente a las compañeras de los combatientes.
Raulón aceptó algunas de las críticas, asumió la corresponsabilidad en la ejecución de Prisciliano, pero negó rotundamente lo relativo al acoso sexual. "Que alguien tenga el valor de sostener esa acusación en mi cara", retó a sus detractores. Entonces Pedrito el Mexicano se incorporó y le dijo: "Yo lo acuso, comandante, precisamente usted acosó a mi compañera".
Raúl Hércules siguió negándose, pero afirmó que si después de sus largos años de lucha tenían tanta desconfianza en él, que estaba dispuesto a ser fusilado ahí mismo y en ese mismo momento "sin andar con tantas vueltas". Ese gesto disminuyó la animadversión en su contra, y la revuelta terminó con algunos acuerdos de enmendar actitudes y reivindicar la memoria de Prisciliano.
El baño en sangre de la rebelión se evitó en aquella ocasión, pero los problemas de fondo seguían latentes. La mayoría de los jefes y combatientes que participaron en la revuelta fallida habían recibido entrenamiento especializado en Vietnam, y constituían la élite de las fuerzas militares de la RN. Casi doscientos de ellos desertaron de la guerrilla o pidieron su incorporación a otras organizaciones del FMLN, principalmente a las FPL y al Partido Comunista.
Poco tiempo después otra pugna interna por el poder se abriría en la Resistencia Nacional, y se verificaría el vaticinio de Pancho respecto a "los delirios de grandeza" de Pedrito el Mexicano.
Este reportaje ha sido construido sobre la base de conversaciones sostenidas por el autor con varios de los protagonistas, entre ellos los ex comandantes Fermán Cienfuegos, César Montes y Carlos Rico Mira.
Próxima y última entrega: La defenestración del comandante césar Montes
Traición, corrupción, deserción y otras miserias en la guerrilla de Guazapa
(Primera entrega)
|