
Una historia para recordar:
Cuando la paz estuvo a punto de quebrarse, la amnistía entre la ortodoxia y la moderación.
En una de las paredes de la sala de sesiones del local del FMLN colgaban los retratos de los cinco comandantes generales que habían dirigido la guerra, pero dos de ellos, los de Joaquín Villalobos y Fermán Cienfuegos, estaban puestos de cabeza y alguien les había escrito encima la palabra ”traidor”. Corría el mes de diciembre de 1992.
Lunes 15 de octubre de 2007
Geovani Galeas
ggaleas@centroamerica21.com
Por esos días, Villalobos había asistido a una reunión con un grupo de activistas de Derechos Humanos vinculados a la izquierda. Ellos estaban indignados y reclamaban a voz en cuello el hecho de que, debido a la amnistía pactada en los Acuerdos de Paz entre el FMLN y el gobierno de Alfredo Cristiani, los jefes militares del ejército regular quedaban sin castigo.
Villalobos perdió la paciencia y les dijo: “Esto fue lo que diez mil eficientes guerrilleros lograron en once años de combate; si ustedes quieren procesar a los militares tomen las armas y luchen hasta derrotarlos y apresarlos”.
Semanas antes de esos dos incidentes había concluido un ciclo de renegociaciones entre el gobierno y la comandancia general del FMLN. En ellas, Villalobos y Cienfuegos habían aceptado la conveniencia de gradualizar la depuración del ejército y de aprobar de inmediato una ley de amnistía general, a lo que se oponía el resto de comandantes en sintonía con los activistas de Derechos Humanos.
¿A quién le asistía la razón en ese momento? Conocer las circunstancias, la evolución y el desenlace de aquél debate, es clave para comprender lo que hoy sucede en el escenario político nacional, en el que la izquierda ortodoxa, junto a los mismos activistas de Derechos Humanos que le son afines, han vuelto a impugnar la amnistía.
Un momento sumamente crítico
En aquél momento, finales de 1992 y principios de 1993, la agenda de los Acuerdos de Paz había entrado en una fase crítica. Había que implementar la depuración del ejército, finiquitar las áreas de concentración de la guerrilla, restablecer la autoridad del Estado en esas áreas; publicar el informe de la Comisión de la Verdad , aprobar la Ley de Amnistía General, reducir el número de efectivos del ejército y destruir todas las armas de la guerrilla.
Lo crítico de esa fase se centraba en el riesgo de que se produjeran realzamientos guerrilleros y rebeliones dentro del ejército regular. Según explicaría Villalobos tiempo después, el problema radicaba en la inseguridad psicológica, material o jurídica de quienes habían participado en la guerra, pues los Acuerdos de Paz habían dejado en el limbo cuestiones vitales para jefes y combatientes de ambos bandos.
No estaba establecida la manera concreta de depurar al ejército, ni tampoco si la lista de los militares señalados debía publicarse; no habían programas específicos de reinserción a la vida civil de los cuadros guerrilleros, ni para los oficiales del ejército que fueran depurados; no había fecha de promulgación de la Ley de Amnistía; tampoco estaba garantizada la transferencia de tierras para los ex combatientes insurgentes. Por otra parte, no existía un acuerdo concreto para garantizar la seguridad de los dirigentes del FMLN, y por esos mismos días dos de ellos fueron asesinados.
Así configurado, el cuadro presentaba efectivamente un alto nivel de riego para el proceso de pacificación. Fue entonces cuando comenzaron las negociaciones arriba apuntadas, de las cuales Joaquín Villalobos ha escrito lo siguiente:
“El fracaso de dicha negociación abría graves riegos por la falta de atención a los mandos guerrilleros y por la humillación a la que se pretendía someter al ejército, sin que este hubiese sido militarmente derrotado. No aplicar la amnistía de forma inmediata, implicaba procesos judiciales y posibles arrestos de importantes jefes del ejército, ¿pero quién haría esos arrestos?, ¿estaba el cuestionado Poder Judicial preparado para enfrentar una situación de este tipo? De igual manera, intentar sacar a los guerrilleros de un número importante de propiedades, significaba enviar al ejército a que intentara hacer lo que no había podido lograr en 11 años de guerra. La amnistía al ejército y la transformación de la territorialidad militar de la guerrilla en propiedades productivas en sus manos, eran dos pilares básicos para que la transición fuera ordenada y pacífica”.
Pero la ortodoxia se opuso a la amnistía, y con ello, poniendo lo deseable por encima de lo posible, estuvo a punto de descarrilar el proceso de pacificación. Sin embargo, la moderación y la flexibilidad política lograron salvar la situación. Un hecho destacable en aquella situación fue que la ortodoxia puso de un mismo lado, aunque por razones distintas, a los extremistas de izquierda y derecha, ya que ambos alegaban que se estaban dando demasiadas concesiones al enemigo; en tanto que la flexibilidad y la moderación aproximaron a quienes, tanto en el gobierno como en el FMLN, ponían el interés nacional por encima de las aversiones ideológicas.
El desentrampe
Ante la negativa a la promulgación de la ley de amnistía por parte del sector comunista del FMLN, la corriente socialdemócrata agrupada en el ERP y la RN , negoció por separado con el gobierno, logrando compromisos en torno a seis puntos que, en rigor, fueron los que hicieron posible el éxito del proceso de pacificación: Ejecución gradual de la depuración de los jefes y oficiales del ejército; transferencia de tierras clase A, a los ex combatientes de la guerrilla; aprobación de la Ley de Amnistía de manera simultánea a la publicación del informe de la Comisión de la Verdad ; destrucción de las armas de la guerrilla, incluidos los misiles tierra-aire; implementación de un programa de reinserción para 600 mandos de todas las organizaciones del FMLN, con un fondo de nueve millones de dólares; aprobación de una ley que otorgaba a los dirigentes del FMLN seguridad personal pagada por el Estado.
Todos los compromisos pactados fueron cumplidos a cabalidad y permitieron la estabilidad del proceso, pero el el solo hecho de pactar fue considerado como una traición por parte de los extremistas de los dos bandos. Ello explica los furibundos ataques, dirigidos en algunos medios al presidente Cristiani y su grupo desde poderosos sectores de la derecha tradicional, y a Villalobos y Cienfuegos desde la izquierda ortodoxa.
Justicia, víctimas y culpables
Joaquín Villalobos diseñó la estrategia militar del FMLN durante la guerra, y fue uno de los comandantes generales del FMLN más empeñados en la conquista de la paz mediante el diálogo y la negociación. El año 2000, como fruto de investigaciones y reflexiones sobre su propia experiencia, publicó un libro titulado “Sin vencedores ni vencidos”; en ese libro, que todo salvadoreño debería conocer, aborda esos temas desde la perspectiva de un protagonista clave en el proceso que nos llevó del conflicto y el autoritarismo a la paz y la democracia.
Villalobos plantea que “luego de gobiernos autoritarios, las discusiones acerca de reconciliación y justicia vinculadas a la resolución de conflictos o transición a la democracia, se centran en cómo debe entenderse la justicia en tales condiciones. Normalmente se separa el concepto de justicia del contexto político que ha viabilizado el cambio, y se pone mayor énfasis en aspectos de derecho y en el pasado. Esto comúnmente lleva a pedir más de lo posible dificultando la transición”.
Lo que habría que comprender, a su juicio, es que en una transición la justicia, además del derecho, está determinada por la correlación de fuerzas que hizo posible el cambio político: “Esto obliga a que la reconciliación sea, en última instancia, una operación política para ayudar a que los actores entiendan la justicia como un concepto que, por lo general, tendrá más relación con el futuro que con el pasado”.
Luego define los dos enfoques que en nuestro país se enfrentaron, y se enfrentan aun, en relación al tema: “la idea de que sin castigo no hay futuro seguro, y la idea de que priorizar el castigo puede arruinar el futuro es el centro del debate”. Los partidarios de la primera idea, explica, entienden la justicia en sentido estricto, con responsabilidades de los individuos y sin poner demasiado énfasis en el contexto; los que sostienen la segunda idea consideran que la justicia descansa en un enfoque más general, basado en evitar que se repitan los hechos, tomando más en cuenta el contexto que a los individuos, y considerando que la responsabilidad es más colectiva que individual.
El contexto es la guerra: “Una vez desencadenado el fenómenos de la confrontación violenta, el principio de quebrar la voluntad de combate del enemigo es el que rige para los dos bandos”. Y eso puede requerir “desde ganar la mente y el corazón del enemigo, hasta la tortura y la eliminación física de este (…) Es la guerra la creadora de la condición política, social y moral que empuja a individuos comunes a cometer atrocidades, actos heroicos o a la aceptación del martirio. La guerra no tiene la solidaridad ni la fraternidad, ni la tolerancia como principios. La guerra requiere inteligencia para hacerse, pero su desarrollo hace que la voluntad y la fuerza se vuelvan más importantes que la razón”.
Por eso, dice, “quienes se enfrentaron en los dos bandos fueron completamente consecuentes con lo que pensaban, cualquier otra opción fue débil, extemporánea, parcial, o no fue valientemente asumida. Por ello nadie puede ahora declarase pacifista de aquella época y tener fuerza moral suficiente para criticar a los que en ambos bandos tomaron las armas, y cayeron en el fanatismo propio de esos días”.
El fanatismo y la intolerancia, tanto de izquierda como de derecha, provocó crímenes, muchos de ellos horrendos. Hay víctimas de los dos lados del espectro ideológico, y no es ético reivindicar únicamente los de un extremo: “la violencia de la guerrilla fue respuesta e inicialmente una consecuencia de la ausencia de democracia, pero también funcionó como un factor de provocación que desencadenó mayor violencia por parte del gobierno. Según el informe de la Comisión de la Verdad las violaciones de la guerrilla comprendieron solo el 5% de los casos. Es aspecto cuantitativo, sin embargo, no está vinculado solo a voluntades sino a quién tenía el poder: la guerrilla no pudo cometer más violaciones porque no tenía más poder”.
Revancha o reconciliación
Ya algunos sociólogos han demostrado cómo el victimismo se ha convertido en una industria muy rentable para algunos activistas de Derechos Humanos, los cuales en la paz, sin presos ni torturados ni asesinados por razones políticas, se quedan sin los ingresos que les agencia el oficio de la denuncia.
Ello los obliga a la doble moral que implica reivindicar a un cierto tipo de víctimas y exigir castigo para cierto tipo de culpables, pero a cerrar los ojos por completo ante otras víctimas y otros culpables, todo en función de la pura y simple afinidad ideológica. Con este tipo de ejercicio, esos activistas pueden favorecer sus bolsillos, pero en ningún caso la causa de la justicia y la reconciliación en nuestro país. El mencionado libro de Villalobos cierra unos de sus capítulos con las siguientes palabras: “En un conflicto interno se enfrentan dos visiones de la historia de un país. Pacificar es también construir una identidad común y una visión integradora del pasado, entendiendo este objetivamente. Más allá de cantidades y calidades de muertos en un bando u otro, los muertos de ambos lados dejaron dolor en sus familias, y ni la justicia ni la historia pueden reivindicar y despreciar a otros”.
Fomentar la justicia y la reconciliación consiste entonces “en entender el pasado sin caer en la tentación de vengarse; en pensar no si los muertos fueron de izquierda o derecha, sino en los salvadoreños que mató el fanatismo y la intolerancia de ambos bandos; en recordar no al país que dividió la guerra, sino el que fue capaz de llevar a delante uno de los procesos de pacificación más exitosos de la historia mundial”.
Y ese éxito fue posible precisamente, por aquella Ley General de Amnistía, la misma que de nuevo la radicalidad ortodoxa de la izquierda intenta revertir sin más fundamento que el ánimo revanchista.
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