
El talento también se llama Claudia
El primer y único libro publicado hasta ahora por Claudia Hernández muy bien puede redimir a la literatura salvadoreña del último medio siglo. “Mediodía de frontera” es un libro de cuentos que se elevan a la dignidad poética: culminación de todo ejercicio artístico.
Claudia Hernández ha comprendido que la literatura ni puede ni debe explicar el mundo, pues le basta con expresarlo. Lo otro es la misión de las ciencias y de la filosofía.
Pero expresar el mundo pasa por expresarse uno mismo en entera libertad imaginativa, más allá de las servidumbres a la realidad fáctica y a las supersticiones ideológicas.
Abundan los cuentos y las novelas que dicen lo mismo que ya nos ha dicho la sociología y aún el periódico. Lo que escasea es la literatura que nos enfrenta con lo que no sabemos pero que, en el fondo, intuímos. La que nos hace entrever como en un destello la zona oscura y acaso esencial de nosotros mismos.
Una cosa es pergeñar mil páginas para decir que hay injusticia social (brillantísima y casi única conclusión de las generaciones comprometidas), y otra cosa es afirmar, como Lautreamont, que “un adolescente es bello como el temblor de las manos de un alcohólico”. Esa línea aún oscura sigue golpeando nuestra sensibilidad, enfrentándonos al vértigo y desafiando la inteligencia, soportando en su laconismo soberbio todo el peso de la estética moderna.
Asi, desconcertantes, poderosas, son las imágenes que horrorizan y fascinan en “Mediodía de frontera”.
Historias insólitas, oníricas o alucinatorias, atroces en todo caso, pero narradas con un lenguaje sencillo y directo; sin énfasis ni atenuantes, sin efusiones sentimentales ni previsibles silencios de efecto dramático.
Se trata de un procedimiento clásico, rarísimo en una autora tan joven ya que, por lo general, suele ser un atributo más relacionado a la madurez y la maestría que al puro talento. Ya Homero prescribía que las grandes batallas debían ser cantadas tranquilamente y con un tono neutro.
No es otro el secreto del impacto que producen las mejores páginas de Gogol, Chejov, Kafka y Borges, capaces de contar lo más extraordinario con el tono con que se lee el informe del meteorológico.
Imagino que Claudia Hernández rehusó oportunamente la lectura de tanto comandantillo literario, y volvió su atención a esos maestros postergados por el delirio político.
Libertad imaginativa y mesura verbal son entre nosotros asunto de dos o tres privilegiados: Ricardo Lindo y Alvaro Menéndez Leal, entre los más notables.
No conozco a Claudia Hernández. Ignoro los avatares de su vida, pero detrás de su obra la imagino tímida, perpleja ante la deslumbrante y temible diversidad del mundo, exploradora tenaz de su propia habitación y de sí misma. Quizá un poco asustada ante la magnitud de su talento.
Las estatuas vivas de nuestro sórdido panteón literario tendrán que quitarse el sombrero frente a esta chica, y no precisamente por cortesía.
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