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Para desnudar a Lenin (I)
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"Vladimir Illich Ulianov, inmortalizado como Lenin,
seudónimo que utilizó durante sus años
de clandestinidad |
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La dictadura del proletariado
es la forma más despiadada de la anulación del individuo,
la falacia mayor de la doctrina leninista. La gran crueldad estribó
en pretender que el colectivo asumiera, a toda costa, los rasgos
del individuo, lo que no puede suceder si no es a partir de la
destrucción de éste. Para ello debió construirse
un modelo de colectivo, el Estado de Lenin, bajo la mirada calcinante
del partido único.
Los hombres de izquierda nos seguimos preguntando: ¿Qué
es lo que sucedió en el Estado Soviético para que
se haya orientado el poder punitivo de la revolución en
contra de los mismos trabajadores? ¿Por qué un poema,
una novela, una obra de teatro o una simple inconformidad debían
ser tratados con la severidad de la Siberia? ¿Cómo
es que el Estado de la Revolución, donde se suponía
anidaban las esperanzas de los pobres del mundo terminó
asesinando a su propio pueblo?
Desde su doble condición de ex combatiente revolucionario
y de novelista, Berne Ayaláh comienza en esta edición
de Centroamérica 21 una revisión de la vida, el
pensamiento y la obra del controvertido padre de la revolución
rusa.
Lunes
15 de octubre de 2007
Berne Ayaláh
redaccion@centroamerica21.com
Millones de personas creyeron en su pluma y en el
modelo de Estado y de revolución que aquel hombre de cabeza
calva y mirada profunda instaló en la Europa del Este, sin
duda lo idolatraron; por igual lo despreciaron quienes en un momento
compartieron su trinchera y debieron dejarla por voluntad propia
o por la fuerza.
Aunque la maquinaria estatal sostenida en la piedra del partido
único ha caído hace ratos, los debates siguen presentes
y no resulta nada fácil sacar conclusiones acerca de una
figura como la de Lenin, su creador. Las tesis sobre la revisión
de la historia se colocan en el camino de los investigadores: debemos
releernos o condenarnos a admitir como cierto aquello que no lo
es.
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Durante varias décadas Lenin fue el santo
de millones de marginales y de intelectuales (aún lo sigue
siendo para muchos). Decir que no lo era significaba una ofensa,
y en algunos casos podías morir por ello. Muchos en verdad
cavaron sus tumbas por no estar de acuerdo con sus postulados y
aún hoy se sigue esgrimiendo su espada.
Sin embargo no todo mundo siguió admitiendo sus verdades.
Con el derrumbe de la Unión Soviética, no sólo
se vinieron a pique las estatuas sino los desencantos ocultos de
aquellos que callaban por el temor al garrote.
La imagen de Lenin se convirtió en un poderoso instrumento
ideológico, una institución que en una época
determinada anula a los hombres que creen en ella, y a los que no,
de todos modos los destruye.
Existe hoy día una fuerte corriente que convoca al reestudio
y revisión de la historia del siglo XX. Lo único que
podemos hacer es tratar de interpretar una época que quebró
los esquemas del mundo, en la que la figura de Lenin fue llevada
a los estándares de un dios.
El verdadero revolucionario es una aspiración perversa del
hombre, de la misma manera que lo es considerarse el hijo de dios.
La pureza suele ir acompañada de una gran cantidad de aberraciones,
el hombre es un verdugo cuando pretende tocar el sol con un dedo.
El alboroto de los críticos de Lenin y de los marxistas que
lo siguen defendiendo, e inclusive de los anarquistas y trotskistas,
bordea la ambición de alcanzar la verdad revolucionaria,
y en ello suele encontrarse el crimen, el desprecio y la barbaridad.
¿El error fue de Stalin?
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A pesar de las autocríticas respecto de la
Unión Soviética, ha sido muy difícil que un
comunista militante acepte las imperfecciones de “la madre
patria”. Cuando la olla de presión ya no pudo ser tapada,
se comenzó a admitir que Stalin era el culpable de muchos
de los “fallos” de la revolución. El nombre de
Lenin como responsable seguía en una tentativa.
La tesis más fuerte, fue que Stalin había desviado
el camino de la revolución de los postulados originales de
Lenin. Una manera clásica de salvar al alabado señor.
Pero no todos los intelectuales de izquierda estuvieron en aquella
complicidad; muchos, aún aquellos de línea comunista,
no han compartido las formas cómo se instaló la poderosa
maquinaria soviética.
Un poder, por terrible que sea, no es una criatura de generación
espontánea. La base donde se asentaron las botas de Stalin
tenía una armazón surgida de una doctrina: la leninista.
Para aceptar como necesarias algunas muertes, como la del mismo
Trotski, fue imprescindible decir dos cosas en tiempos distantes
y distintos: que se trataba de un traidor; cuando tal argumento
no fue justificable, quedó el segundo: Stalin era el único
asesino.
Trotski también estuvo en las cúspides del poder,
tomando decisiones trascendentales junto a Lenin y Stalin. Además
no era ingenuo: fundó su visión política criticando
la forma degenerada en que se organizaba el poder leninista. Su
muerte, ejecutada de una manera cobarde y despreciable, no es el
resultado o la ocurrencia de un hombre; es, ante todo, la aplicación
del método clásico de una dictadura, la que Lenin
concibió y defendió a toda costa.
No importa si estuviste de mi lado, si por el imperio de la ley,
del poder o de mis desproporcionadas manipulaciones, que son cosas
similares, yo te considero un disidente, y por tanto un enemigo,
aunque no lo seas, deberás morir, literal o políticamente.
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El terror
La República vencedora trata de salir adelante por medio
del descuartizamiento de la monarquía, un asunto que no sólo
refiere el final de una forma de estado sino el final físico
de los enemigos y de los que no lo son en verdad. La guillotina
fue concebida como un método más humano de acabar
con la vida del condenado.
Joseph Ignace Guillotin no imaginó que, en el nombre de la
revolución socialista, también se cortarían
las cabezas de los zares y de los republicanos a la vez, pero también
de los comunistas, aunque a punta de fusil. Pero no sólo
eso, ambas revoluciones, la francesa y la rusa, asesinaron a muchísimos
más hombres comunes y corrientes, trabajadores, artesanos,
sindicalistas, gente del pueblo, que a los “verdaderos enemigos
de clase”. Guillotin habría de terminar también
bajo el filo del instrumento que lleva su nombre.
Del total de las ejecuciones de la Revolución Francesa, el
71 por ciento eran del Tercer Estado (pueblo en general), según
la investigación de Jean-François Fayar; infinidad
de historiadores hablan de millones de soviéticos ejecutados
por la revolución de Lenin. Sobran los testimonios, las memorias
y los libros de historia.
¿Cuántos habrán muerto en los campos de concentración
conocidos como Gulag? Una cifra imposible de medir, pero sí
sabemos que fueron millones, y que se trataba de maestros, obreros,
jóvenes, artistas, gente del pueblo. Los rusos blancos fueron
los hijos naturales de la revolución soviética, su
contrarrevolución, había que destruirla con la única
máquina que se utiliza en tales casos: el terror.
El terror excesivo, la utilización de poder punitivo sigue
siendo el mayor dilema de las revoluciones ¿Cómo evitar
que el sometido no llegue a ser sometedor?
En la confrontación política de las clases sociales,
los hombres comunes de las masas son los que mueren en el nombre
de los bandos enfrentados, arriba de ellos se pavonea el sabor de
la contemplación. Para Marx, que definió la historia
como la dinámica de la lucha de clases, la Revolución
Francesa y la Comuna de París, son apenas episodios de ese
gran conflicto
La dictadura… ¿del proletariado?
¿Cómo podemos juzgar a los hombres que condujeron
la revolución soviética, pero especialmente a Lenin?
La distancia que ahora nos separa de los hechos, la cantidad de
materiales hasta hoy escritos y la relectura de su obra, pero sobre
todo el que no hubiésemos estado ahí, tomando decisiones,
es una ventaja que opera a nuestro favor.
Cuando he conversado con los comunistas de la vieja guardia, encuentro
algo que en ellos es admirable: no claudicaron, se abrazaron a una
idea al lado de la cual morirán; pero también hay
algo en ellos que resulta comprensible a partir de esa premisa:
los crímenes ejecutados por la revolución de Lenin
tuvieron su justificación, no hay que buscar la viga en su
propio ojo.
La dictadura del proletariado es la forma más despiadada
de la anulación del individuo, la falacia mayor de la doctrina
leninista. La gran crueldad estribó en pretender que el colectivo
asumiera, a toda costa, los rasgos del individuo, lo que no puede
suceder si no es a partir de la destrucción de éste.
Para ello debió construirse un modelo de colectivo: el Estado
de Lenin, bajo la mirada calcinante del partido único.
La doctrina de Marx es una justificación para los leninistas,
su patriarca, Lenin, dijo sin embargo algo que contrariaba las ideas
básicas del marxismo: “La filosofía marxista
es todopoderosa porque es exacta”. Ni es todopoderosa ni es
exacta. Puede ser extraordinaria, profunda, pero discutible. Marx
hubiese estado de acuerdo con este punto de vista.
El antecedente del KGB fue la Cheka, la policía secreta que
se encargó de manejar el terror del Estado, un diseño
de Lenin: no debe haber duda en acabar con el enemigo de la revolución,
por incipiente que parezca. Un rasgo que no es exclusivo de la revolución
comunista, claro está.
Los republicanos, auspiciados por ejércitos y cuerpos paramilitares
han asesinado millones de personas en todo el mundo, basados en
una acusación clara: los comunistas son los enemigos del
sistema, no importa si se dieron cuenta que eran comunistas y menos
si llegaron a comprender qué cosa es el comunismo.
Los hombres de izquierda nos seguimos preguntando: ¿Qué
es lo que sucedió en el Estado Soviético para que
se haya orientado el poder punitivo de la revolución en contra
de los mismos trabajadores? ¿Por qué un poema, una
novela, una obra de teatro o una simple inconformidad debían
ser tratados con la severidad de la Siberia? ¿Cómo
es que el Estado de la Revolución, donde se suponía
anidaban las esperanzas de los pobres del mundo terminó asesinando
a su propio pueblo?.
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