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El paciente como un individuo y no como un estereotipo, tomar en cuenta el entorno cultural, religioso, étnico y social del que proviene; saltar las barreras del idioma, no sólo en el aspecto verbal, sino también el de los gestos y silencios son algunos de los retos que deben enfrentar los servicios de salud mental transnacionales.

 

Salud mental de los migrantes:
“Lo que siento, doctor, es una cierta dificultad de ser; nada más”

 


El paciente como un individuo y no como un estereotipo, tomar en cuenta el entorno cultural, religioso, étnico y social del que proviene; saltar las barreras del idioma, no sólo en el aspecto verbal, sino también el de los gestos y silencios son algunos de los retos que deben enfrentar los servicios de salud mental transnacionales.

Actualmente se estima que una de cada treinta y cinco personas son migrantes, es decir el 3% de la población mundial; y en el caso salvadoreño, con más de dos millones de habitantes viviendo fuera del país el índice es mucho más elevado. La atención de la salud mental de esta población es cada día un tema más importante; y así lo enfatiza la Federación Mundial de la Salud Mental: “Los migrantes se esfuerzan por lidiar con sus traumas personales y familiares en medio de la diversidad y el cambio”.


Lunes 15 de octubre de 2007
Georgina Vanegas

gvanegas@centroamerica21.com


“Este va a ser uno de los más grandes problemas a los que la sociedad mundial se va a ver confrontada durante los próximos tiempos”, enfatizó el antropólogo Ramón Rivas. Se refiere al estado de salud mental de las poblaciones migrantes de El Salvador y del resto del mundo.

La Federación Mundial de la Salud dedica anualmente el 10 de octubre como día Internacional de la Salud Mental, para 2007 fue denominado La Salud Mental en un mundo cambiante: el impacto de la cultura y la diversidad. El énfasis está en los cuidados de salud transculturales, principalmente los relativos a la salud mental.

Renacer entre “los blancos”


Tomando este referente, Rivas hizo un esbozo de las consecuencias negativas que podría traer a la salud mental de los migrantes el estar lejos de su patria. La lucha emocional del migrante comenzaría en el momento justo en que se ve enfrentado con las características físicas de quienes viven en otra cultura.

“El choque comienza en el aeropuerto. Llegas y te encuentras con una sociedad blanca, todos son blancos, por ejemplo. La primera vez que llegué a Europa, llegué a Bélgica, se abrieron las puertas y me encontré con una sociedad completamente blanca”, relató. Este sería solo el comienzo de un constante choque cultural que atravesaría las fronteras ideológicas, comunicacionales, el ámbito social y político.

Según el antropólogo, este proceso “es como volver nacer”. Aunque es todavía más traumático porque el recién nacido no recuerda el momento en que dejó el vientre materno y respiró aire por primera vez. “El problema es que naces ya grande”, enfatiza.

“Todo se complica cuando te has visto obligado a emigrar, y te tienes que adaptar a otras normas; si no, estás fuera del orden establecido en esa sociedad. Un individuo no puede funcionar fuera de dicho orden establecido porque debe acatar normas, valores y reglas para poder convivir sanamente”.

Sin embargo, no se trataría de un proceso de mera sustitución de un modo de vida por otro, olvidando el anterior. Es ahí donde, según Rivas, el choque cultural seguiría teniendo más consecuencias. El migrante se adaptará a las normas de la sociedad en que vive, pero seguirá sintiendo con añoranza su patria.

Por ejemplo, las celebraciones salvadoreñas que los grupos de migrantes intentan mantener vivas año con año en el extranjero, serían un eterno recordatorio de lo que han dejando atrás: “Siempre piensas que tu lugar de origen es mejor. He platicado con gente que dice: allá (en El Salvador) es más alegre porque se revientan ‘cuetes’ donde uno quiera y a la hora que quiera, pero acá (en el extranjero) hay determinadas horas y lugares para reventarlos”.

El burn out


Se estima que una de cada treinta y cinco personas es migrante, el 3% de la población mundial; y en el caso salvadoreño, con más de dos millones de habitantes viviendo fuera del país el índice es mucho más elevado.

Otro factor de gran importancia al que no se le está dando el lugar que corresponde, según el antropólogo, son las condiciones laborales de los migrantes en el exterior. No se refiere solo al respeto a los derechos ni a la discriminación dentro de los sitios de trabajo; sino a un aspecto que considera céntrico dentro de la crisis mundial a la que hace referencia: el fenómeno del burn out (síndrome del quemado).

Este trastorno se define como un desgaste físico y emocional provocado, entre otras causas, por el agotamiento relacionado al ámbito laboral. Los especialistas dicen que no se trata solo de un agotamiento físico, sino mental, psicológico.

Ramón Rivas pinta el panorama, hablándonos como si le hablara a un migrante: “Te encuentras en una sociedad donde tienes tres trabajos y te duermes a la una, dos o tres de la mañana. A veces, para ahorrar el dinero que te has propuesto reunir en 10 años, compartes un cuarto hasta con 15 o 20 personas. Tu objetivo es regresar y construir la casa de tus sueños en El Salvador. Entonces compras la comida donde sea y cuando se puede, porque además se te olvidó que desayunabas, almorzabas y cenabas.

Te vas deformando mentalmente porque por alcanzar ese objetivo te has olvidado de que eres un ser social y que para funcionar en la sociedad tienes que relacionarte con los demás. Te conviertes en un ser desinformado, iletrado, analfabeta aunque puedas leer, porque no sabes lo que sucede en el lugar donde resides, y menos en tu país de origen”. Yendo más lejos, el antropólogo afirma que debido a todo este contexto el migrante podría convertirse en un antisocial: “Comenzarás a detestarte a ti mismo y a los demás”.

Imaginando que, en el mejor de los casos, el migrante lograra juntar el dinero que necesita para regresar a El Salvador y materializar sus planes, Rivas lanza una pregunta: “¿Te necesita entonces la sociedad así como estás? ¿Te necesita si eres ya un enclenque física y emocionalmente?”.

“Dificultad de ser”


Dijo que este no era un fenómeno nuevo, sino muy poco estudiado. Tenemos referentes: “Es el caso de Europa. Desde 1970 se empezaron a dar grandes migraciones promovidas por las grandes empresas que estaban en auge, sobre todo en los países industrializados de Europa. Empezaron a traer turcos, españoles, italianos, marroquíes.

Ahora se está viendo que esta generación de ancianos es gente que solo pasa en los hospitales, son personas a las que los doctores les dicen: usted no tiene nada, su patología no demuestra que usted está enfermo. Hasta ahora se están dando cuenta del fenómeno conocido como burn out”.

Más allá de esta sintomatología, el antropólogo apunta a otro efecto psicológico. El migrante que regresa, en muchas ocasiones, se siente extranjero, o lo perciben como extranjero. Aunque los resultados del Diálogo Nacional por la Cultura dicen que la mayoría de la población considera como salvadoreños a los migrantes habría que considerar las ocasiones en que esto no sucede, según Rivas.
En el caso de que el migrante fuera percibido como foráneo, el panorama se le volvería complicado, puesto que en el país de residencia (llámese Estados Unidos, Noruega, España o Canadá) también se le percibirá como extranjero, porque lo es. “Entonces quedas entre el muelle y el barco: en el aire”, apunta Rivas.

Esto recuerda a la anécdota sobre Bernard de Fontenelle, un científico francés que vivió entre la ciencia y las letras. Cuando cumplió 90 años visitó a su médico, quien le preguntaba por síntomas, buscando fallas, enfermedades. De Fontenelle le respondió: “Lo que siento, doctor, es una cierta dificultad de ser; nada más”.

Esta anécdota es contada como ejemplo en el estudio del barcelonés Enrique Vergara, doctor en ciencias de la Comunicación, en su estudio Identidades Culturales y Publicidad. Dice al respecto de la anécdota: “Es esta misma sensación de dificultad de ser la que experimentan las sociedades cuando enfrentan profundos cambios en su cultura y en la dificultad para establecer los vínculos que le permiten sintonizar con las nuevas demandas culturales del mercado”.

Más inversión en salud mental


El antropólogo aclaró que no pretende sonar fatalista, sino realista: “Esta es mi proyección para el futuro. Con esto no quiero ser negativo, pero el trabajo del antropólogo es dar elementos de juicio para proyectarnos como pueden suceder las interrelaciones sociales en el futuro”.

Por eso no dejó de lado aspectos positivos que el migrante podría experimentar lejos de su patria, como la oportunidad de conocer nuevas culturas, formas de pensar o aprender otro idioma. En resumen, dijo referirse a la posibilidad que un migrante tiene de “entender al otro”.

Sin embargo, enfatizó en que el fenómeno era demasiado complejo y que el país necesita abordarlo con la ayuda de especialistas: “En esto estamos fallando. El país necesita con urgencia psicólogos sociales, hay que preparar a la gente. Es necesario que el país invierta en la salud mental de los salvadoreños dentro y fuera del país. A corto plazo, todos los países donde hay migrantes pueden estar recibiendo un gran problema social.

Es necesario no seguir pensando solo en términos de desarrollo económico, sino en el humano. Si tenemos seres humanos sanos, tendremos sociedades sanas y, por tanto, podremos proyectarnos mejor hacia un desarrollo material”, concluyó.

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