El
paciente como un individuo y no como un estereotipo, tomar
en cuenta el entorno cultural, religioso, étnico y
social del que proviene; saltar las barreras del idioma, no
sólo en el aspecto verbal, sino también el de
los gestos y silencios son algunos de los retos que deben
enfrentar los servicios de salud mental transnacionales.
Salud mental de los migrantes:
“Lo que siento, doctor, es una cierta dificultad de ser; nada
más”
El paciente como un individuo y no como
un estereotipo, tomar en cuenta el entorno cultural, religioso,
étnico y social del que proviene; saltar las barreras del
idioma, no sólo en el aspecto verbal, sino también
el de los gestos y silencios son algunos de los retos que deben
enfrentar los servicios de salud mental transnacionales.
Actualmente se estima que una de cada treinta y cinco personas
son migrantes, es decir el 3% de la población mundial;
y en el caso salvadoreño, con más de dos millones
de habitantes viviendo fuera del país el índice
es mucho más elevado. La atención de la salud mental
de esta población es cada día un tema más
importante; y así lo enfatiza la Federación Mundial
de la Salud Mental: “Los migrantes se esfuerzan por lidiar
con sus traumas personales y familiares en medio de la diversidad
y el cambio”.
“Este va a ser uno de los más
grandes problemas a los que la sociedad mundial se va a ver confrontada
durante los próximos tiempos”, enfatizó el
antropólogo Ramón Rivas. Se refiere al estado de
salud mental de las poblaciones migrantes de El Salvador y del
resto del mundo.
La Federación Mundial de la Salud dedica anualmente el
10 de octubre como día Internacional de la Salud Mental,
para 2007 fue denominado La Salud Mental en un mundo cambiante:
el impacto de la cultura y la diversidad. El énfasis está
en los cuidados de salud transculturales, principalmente los relativos
a la salud mental.
Renacer entre “los blancos”
Tomando este referente, Rivas hizo un esbozo de las consecuencias
negativas que podría traer a la salud mental de los migrantes
el estar lejos de su patria. La lucha emocional del migrante comenzaría
en el momento justo en que se ve enfrentado con las características
físicas de quienes viven en otra cultura.
“El choque comienza en el aeropuerto. Llegas y te encuentras
con una sociedad blanca, todos son blancos, por ejemplo. La primera
vez que llegué a Europa, llegué a Bélgica,
se abrieron las puertas y me encontré con una sociedad
completamente blanca”, relató. Este sería
solo el comienzo de un constante choque cultural que atravesaría
las fronteras ideológicas, comunicacionales, el ámbito
social y político.
Según el antropólogo, este proceso “es como
volver nacer”. Aunque es todavía más traumático
porque el recién nacido no recuerda el momento en que dejó
el vientre materno y respiró aire por primera vez. “El
problema es que naces ya grande”, enfatiza.
“Todo se complica cuando te has visto obligado a emigrar,
y te tienes que adaptar a otras normas; si no, estás fuera
del orden establecido en esa sociedad. Un individuo no puede funcionar
fuera de dicho orden establecido porque debe acatar normas, valores
y reglas para poder convivir sanamente”.
Sin embargo, no se trataría de un proceso de mera sustitución
de un modo de vida por otro, olvidando el anterior. Es ahí
donde, según Rivas, el choque cultural seguiría
teniendo más consecuencias. El migrante se adaptará
a las normas de la sociedad en que vive, pero seguirá sintiendo
con añoranza su patria.
Por ejemplo, las celebraciones salvadoreñas que los grupos
de migrantes intentan mantener vivas año con año
en el extranjero, serían un eterno recordatorio de lo que
han dejando atrás: “Siempre piensas que tu lugar
de origen es mejor. He platicado con gente que dice: allá
(en El Salvador) es más alegre porque se revientan ‘cuetes’
donde uno quiera y a la hora que quiera, pero acá (en el
extranjero) hay determinadas horas y lugares para reventarlos”.
El burn out
Se
estima que una de cada treinta y cinco personas es migrante,
el 3% de la población mundial; y en el caso salvadoreño,
con más de dos millones de habitantes viviendo fuera
del país el índice es mucho más elevado.
Otro factor de gran importancia al
que no se le está dando el lugar que corresponde, según
el antropólogo, son las condiciones laborales de los migrantes
en el exterior. No se refiere solo al respeto a los derechos ni
a la discriminación dentro de los sitios de trabajo; sino
a un aspecto que considera céntrico dentro de la crisis
mundial a la que hace referencia: el fenómeno del burn
out (síndrome del quemado).
Este trastorno se define como un desgaste físico y emocional
provocado, entre otras causas, por el agotamiento relacionado
al ámbito laboral. Los especialistas dicen que no se trata
solo de un agotamiento físico, sino mental, psicológico.
Ramón Rivas pinta el panorama, hablándonos como
si le hablara a un migrante: “Te encuentras en una sociedad
donde tienes tres trabajos y te duermes a la una, dos o tres de
la mañana. A veces, para ahorrar el dinero que te has propuesto
reunir en 10 años, compartes un cuarto hasta con 15 o 20
personas. Tu objetivo es regresar y construir la casa de tus sueños
en El Salvador. Entonces compras la comida donde sea y cuando
se puede, porque además se te olvidó que desayunabas,
almorzabas y cenabas.
Te vas deformando mentalmente porque por alcanzar ese objetivo
te has olvidado de que eres un ser social y que para funcionar
en la sociedad tienes que relacionarte con los demás. Te
conviertes en un ser desinformado, iletrado, analfabeta aunque
puedas leer, porque no sabes lo que sucede en el lugar donde resides,
y menos en tu país de origen”. Yendo más lejos,
el antropólogo afirma que debido a todo este contexto el
migrante podría convertirse en un antisocial: “Comenzarás
a detestarte a ti mismo y a los demás”.
Imaginando que, en el mejor de los casos, el migrante lograra
juntar el dinero que necesita para regresar a El Salvador y materializar
sus planes, Rivas lanza una pregunta: “¿Te necesita
entonces la sociedad así como estás? ¿Te
necesita si eres ya un enclenque física y emocionalmente?”.
“Dificultad de ser”
Dijo que este no era un fenómeno nuevo, sino muy poco estudiado.
Tenemos referentes: “Es el caso de Europa. Desde 1970 se
empezaron a dar grandes migraciones promovidas por las grandes
empresas que estaban en auge, sobre todo en los países
industrializados de Europa. Empezaron a traer turcos, españoles,
italianos, marroquíes.
Ahora se está viendo que esta generación de ancianos
es gente que solo pasa en los hospitales, son personas a las que
los doctores les dicen: usted no tiene nada, su patología
no demuestra que usted está enfermo. Hasta ahora se están
dando cuenta del fenómeno conocido como burn out”.
Más allá de esta sintomatología, el antropólogo
apunta a otro efecto psicológico. El migrante que regresa,
en muchas ocasiones, se siente extranjero, o lo perciben como
extranjero. Aunque los resultados del Diálogo Nacional
por la Cultura dicen que la mayoría de la población
considera como salvadoreños a los migrantes habría
que considerar las ocasiones en que esto no sucede, según
Rivas.
En el caso de que el migrante fuera percibido como foráneo,
el panorama se le volvería complicado, puesto que en el
país de residencia (llámese Estados Unidos, Noruega,
España o Canadá) también se le percibirá
como extranjero, porque lo es. “Entonces quedas entre el
muelle y el barco: en el aire”, apunta Rivas.
Esto recuerda a la anécdota sobre Bernard de Fontenelle,
un científico francés que vivió entre la
ciencia y las letras. Cuando cumplió 90 años visitó
a su médico, quien le preguntaba por síntomas, buscando
fallas, enfermedades. De Fontenelle le respondió: “Lo
que siento, doctor, es una cierta dificultad de ser; nada más”.
Esta anécdota es contada como ejemplo en el estudio del
barcelonés Enrique Vergara, doctor en ciencias de la Comunicación,
en su estudio Identidades Culturales y Publicidad. Dice al respecto
de la anécdota: “Es esta misma sensación de
dificultad de ser la que experimentan las sociedades cuando enfrentan
profundos cambios en su cultura y en la dificultad para establecer
los vínculos que le permiten sintonizar con las nuevas
demandas culturales del mercado”.
Más inversión en salud mental
El antropólogo aclaró que no pretende sonar fatalista,
sino realista: “Esta es mi proyección para el futuro.
Con esto no quiero ser negativo, pero el trabajo del antropólogo
es dar elementos de juicio para proyectarnos como pueden suceder
las interrelaciones sociales en el futuro”.
Por eso no dejó de lado aspectos positivos que el migrante
podría experimentar lejos de su patria, como la oportunidad
de conocer nuevas culturas, formas de pensar o aprender otro idioma.
En resumen, dijo referirse a la posibilidad que un migrante tiene
de “entender al otro”.
Sin embargo, enfatizó en que el fenómeno era demasiado
complejo y que el país necesita abordarlo con la ayuda
de especialistas: “En esto estamos fallando. El país
necesita con urgencia psicólogos sociales, hay que preparar
a la gente. Es necesario que el país invierta en la salud
mental de los salvadoreños dentro y fuera del país.
A corto plazo, todos los países donde hay migrantes pueden
estar recibiendo un gran problema social.
Es necesario no seguir pensando solo en términos de desarrollo
económico, sino en el humano. Si tenemos seres humanos
sanos, tendremos sociedades sanas y, por tanto, podremos proyectarnos
mejor hacia un desarrollo material”, concluyó.