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El mal de las maquinarias políticas

 

El término “maquinaria política” ha sido empleado para describir un sistema de facto de control sobre la administración pública y el sistema de partidos. Común en ciudades de los Estados Unidos, en donde inmigraban extranjeros que muchas veces no compartían el mismo idioma que los políticos, estas maquinarias fueron agarrando fuerza, y sembrando sus raíces, desde los partidos políticos hasta las organizaciones civiles para poder mantener sus territorios en cargos de elección popular o por nombramiento.


Lunes 15 de octubre de 2007
Fernando Bautista, Licenciado en Ciencias Políticas
redaccion@centroamerica21.com


Fernando Bautista

Usualmente el control de estas maquinarias se concentraba en un solo Jefe o “political boss”, como se conocía en el diario vivir de los ciudadanos americanos. Estos jefes ocupaban cargos de mucha relevancia en los gobiernos locales o nacionales, y empleaban una cantidad inimaginable de “aliados” y votos seguros a cambio de seguridad laboral o favores económicos.

Conocido como clientelismo político en nuestras sociedades, las maquinarias políticas utilizaban un sistema de quid pro quo, que en latín significa “algo a cambio de algo más.” De esta forma, las maquinarias impuestas aseguraban un ciclo de capital político que sin duda alguna aprovechaban los jefes para su reelección a cambio de los favores que por medio de la gestión pública se negociaban.

En las maquinarias políticas existían piezas claves para asegurar una victoria electoral. Estos usualmente eran empleados del jefe con objetivos bien claros: posicionar al jefe como una opción legitima y muchas veces única para el cargo, y luego obtener masivamente el voto para el mismo sin importar los costos.

Una vez asegurada la victoria, la maquinaria política recompensaba a los militantes fieles con empleos o mejores cargos, sin importar la capacidad o preparación para la tarea que les asignaran. La administración pública y los gobiernos se volvían entonces únicamente un vehiculo de colocación de personas partidarias en empleos que muchas veces no pueden desarrollar. Estos empleados utilizaban el mismo poder y capital político para ocultar sus deficiencias y asegurar la permanencia en los cargos.

Empleados públicos caían en la tentación de jugar el juego de las conveniencias. A cambio de un simple esfuerzo, aunque no necesariamente honesto, se aseguraban sus puestos y probablemente muchos beneficios que sus cargos le permitieran.

Una alternancia en el grupo del poder y las argollas cercanas a los jefes de las maquinarias políticas evitaban que estas se llenaran de más poder y más control, ya que de esa forma simplemente alejaban a la ciudadanía de la misma democracia.

La ciudadanía empezaba a perder confianza en el sistema electoral, y no es hasta que se realizaron reformas que evitaban la contratación arbitraria de militantes políticos, y legislación estricta para la asignación de licitaciones y contratos, que se terminaron de establecer dichas maquinarias. Para esto era necesario una apertura democrática dentro de los mismos institutos políticos o partidos.

Mucho hemos aprendido del desarrollo de la democracia en países como los Estados Unidos. Esta buena experiencia de verdadera apertura democrática solamente viene a refrescar un interés decidido de evitar que seamos testigos, en primera fila, de este espectáculo en nuestra amada patria.

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