El término “maquinaria política”
ha sido empleado para describir un sistema de facto de control
sobre la administración pública y el sistema de
partidos. Común en ciudades de los Estados Unidos, en donde
inmigraban extranjeros que muchas veces no compartían el
mismo idioma que los políticos, estas maquinarias fueron
agarrando fuerza, y sembrando sus raíces, desde los partidos
políticos hasta las organizaciones civiles para poder mantener
sus territorios en cargos de elección popular o por nombramiento.
Usualmente el control de estas maquinarias se concentraba en
un solo Jefe o “political boss”, como se conocía
en el diario vivir de los ciudadanos americanos. Estos jefes ocupaban
cargos de mucha relevancia en los gobiernos locales o nacionales,
y empleaban una cantidad inimaginable de “aliados”
y votos seguros a cambio de seguridad laboral o favores económicos.
Conocido como clientelismo político en nuestras sociedades,
las maquinarias políticas utilizaban un sistema de quid
pro quo, que en latín significa “algo a cambio de
algo más.” De esta forma, las maquinarias impuestas
aseguraban un ciclo de capital político que sin duda alguna
aprovechaban los jefes para su reelección a cambio de los
favores que por medio de la gestión pública se negociaban.
En las maquinarias políticas existían piezas claves
para asegurar una victoria electoral. Estos usualmente eran empleados
del jefe con objetivos bien claros: posicionar al jefe como una
opción legitima y muchas veces única para el cargo,
y luego obtener masivamente el voto para el mismo sin importar
los costos.
Una vez asegurada la victoria, la maquinaria política recompensaba
a los militantes fieles con empleos o mejores cargos, sin importar
la capacidad o preparación para la tarea que les asignaran.
La administración pública y los gobiernos se volvían
entonces únicamente un vehiculo de colocación de
personas partidarias en empleos que muchas veces no pueden desarrollar.
Estos empleados utilizaban el mismo poder y capital político
para ocultar sus deficiencias y asegurar la permanencia en los
cargos.
Empleados públicos caían en la tentación
de jugar el juego de las conveniencias. A cambio de un simple
esfuerzo, aunque no necesariamente honesto, se aseguraban sus
puestos y probablemente muchos beneficios que sus cargos le permitieran.
Una alternancia en el grupo del poder y las argollas cercanas
a los jefes de las maquinarias políticas evitaban que estas
se llenaran de más poder y más control, ya que de
esa forma simplemente alejaban a la ciudadanía de la misma
democracia.
La ciudadanía empezaba a perder confianza en el sistema
electoral, y no es hasta que se realizaron reformas que evitaban
la contratación arbitraria de militantes políticos,
y legislación estricta para la asignación de licitaciones
y contratos, que se terminaron de establecer dichas maquinarias.
Para esto era necesario una apertura democrática dentro
de los mismos institutos políticos o partidos.
Mucho hemos aprendido del desarrollo de la democracia en países
como los Estados Unidos. Esta buena experiencia de verdadera apertura
democrática solamente viene a refrescar un interés
decidido de evitar que seamos testigos, en primera fila, de este
espectáculo en nuestra amada patria.