Cuando los antropólogos visitan nuestras comunidades
“indígenas”, en busca de lenguas, mitos y rituales,
no buscan algo de sí mismos, sino un poco de paz de espíritu
a través de las carencias de “el otro”. El
alivio lo hallan en su conocimiento de cosas que aquél
supuestamente ignora, sumido en determinismos que no es capaz
de comprender. Lunes 15 de octubre de 2007 Rafael Menjívar Ochoa,
escritor salvadoreño redaccion@centroamerica21.com
RAFAEL MENJÍVAR
Donde el “indígena” ve pobreza, el antropólogo
ve tradición; donde el antropólogo ve tecnología
cultural, el “indígena” ve la necesidad de
mejores herramientas; donde el antropólogo ve un aparato
de televisión, ve también la destrucción
de un mundo de gran riqueza –es decir: estancado en el pasado–
que quisiera encerrar en una botella, para preservarlo del tiempo.
Hay relaciones perversas. En México, los estudiosos han
visitado durante décadas las mismas comunidades para investigar
los mismos fenómenos (estructuras de mercado, relaciones
de parentesco, vestimenta) y llegar todos a las mismas conclusiones.
Los “indígenas” conservan sus “costumbres”,
al gusto de los visitantes, y hacen de los antropólogos
y del turismo “social” su medio de vida. “Los
otros” se reconocen entre sí, y asumen el papel que
les corresponde en un juego conveniente.
En la literatura latinoamericana, vista desde las academias extranjeras,
ocurre algo similar. Se espera que los escritores actuemos el
papel de “indígenas” de las letras y escribamos
acerca de “nuestra realidad”: guerra, miseria, dictadores
y cielos que se funden con los mares cuando los cangrejos flotan
en el sopor de las dos de la tarde.
Hubo quienes lo hicieron porque era su apuesta: Salarrué,
Asturias, Roa Bastos, Carpentier, García Márquez.
Los críticos y académicos creyeron –o dictaron–
que “eso” éramos nosotros, y para tener alguna
valía debíamos entrar en un juego conveniente, fácil
y ajeno. “Lo social” y “lo real maravilloso”
se convirtieron en dogma, y muchos escritores entraron en el juego
de ser “el otro” a cambio de validación.
El peor caso lo dictó la “academia posmoderna”
de Estados Unidos. Armó un andamiaje teórico según
el cual el testimonio de guerra, represión y heroísmo
era nuestra verdadera literatura. Escribir una novela como cualquier
novela, en un latinoamericano, era signo de aculturación.
Básicamente, “el otro” debía transmitirle
a alguien autorizado por “el centro” (es decir: un
académico de un país desarrollado) sus experiencias;
éste las escribiría a su conveniencia y “eso”
sería nuestra literatura.
El juego de “nosotros” y “el otro” es
un juego amañado, y reproduce relaciones de poder cargadas
de una ideología que no reconoce a los humanos como simples
humanos, sino que los estratifica a conveniencia. La literatura
explora, siempre, a ese “otro” que nos preocupa, que
está oculto, latente o activo, dentro de nosotros mismos.
“El otro” no está fuera: el otro soy yo. Siempre
lo ha sido. Si no, escribir y vivir no tendría más
sentido que jugar a un juego de ocultamientos, cuando la literatura
es revelación, como la vida.
( Ponencia presentada ante el festival Belles Latinas, con sede
en Lyon, en octubre de 2007.)