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Crónica de dos muertes anunciadas
La tarde del 23 de enero de 2006 Schafik
Hándal sufrió un infarto en el aeropuerto internacional
de Comalapa, cuando regresaba de los actos de toma de posesión
del presidente Evo Morales.
El tráfico en las llamadas telefónicas de sus compañeros
y amigos, pero también de sus adversarios, fue notoria.
Todos querían saber si era cierta su muerte súbita.
Hablé con un par de dirigentes de su partido político,
ninguno parecía saber dar una respuesta. La prensa salvadoreña
se alborotó como un avispero sacudido por una piedra. Todo
mundo quería saber si el hombre fuerte del FMLN había
fallecido.
Lunes 15
de octubre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Su traslado en helicóptero desde el aeropuerto
hasta el hospital fue un movimiento a partir del cual se podría
presumir que el político estaba vivo. Las horas de espera
del dictamen del doctor Mata, quien había sido su compañero
de fórmula en las elecciones para la presidencia de 2004,
y la posición oficial de la comisión política
de su partido eran las noticias más esperadas. Nadie parecía
querer enfrentar la verdad.
En el momento de la noticia me encontraba en la casa de Leonel Gómez,
el hombre que investigó el asesinato de los padres Jesuitas
junto al congresista John Moakley. Fue él quien recibió
una llamada telefónica, y la persona que le habló
consternada, no era de izquierda, sino uno de los fundadores del
partido ARENA.
Gómez le respondió que lo sentía mucho. Minutos
después recibió otras llamadas variopintas, todas
para informar o preguntar sobre la suerte de Hándal.
Un agente de la policía destacado en el aeropuerto de Comalapa,
me dijo en un tono elocuente y de mucha convicción, que él
estaba de turno ese día que Schafik Hándal fue abatido
por el infarto y que a pesar de que los protocolos exigen tener
un médico y equipo de atención básicos, esta
vez el aparato de oxígeno no funcionó. “Cuando
se lo llevaron en el helicóptero ya estaba muerto, hasta
iba tapado de la cara”, me dijo con absoluta seguridad.
El momento y causa de la muerte no se puede precisar con el dicho
de un testimonio, y menos el de un policía, dirá el
buen lector, sin embargo, aunque tal afirmación tenga su
validez, lo es sólo a medias: los testigos nos dicen cosas
que algunas veces los dictámenes periciales ocultan, y la
muerte, aunque clínicamente pueda definirme en una o dos
palabras, lo que tras de ellas se cierne es muy complejo, y lo es
aún más cuando se trata de una muerte de consecuencias
políticas.
Algunos amigos recuerdan haberle recomendado no ir a Bolivia, que
las alturas de La Paz podían afectarle su salud, pues esa
ciudad que está a tres mil seiscientos veinticinco metros
de altitud lo podía matar.
Como suele suceder cuando muere un líder político
de la estatura de Schafik Hándal, aparecen los juicios apresurados,
que al menos en apariencia no tienen más relevancia que el
que pueda caber en la mente calenturienta de quien los imagina.
Lo mataron, me dijo más de una persona. Con tal aseveración
muchos pretendían adjudicarla a sus detractores, otros, insinuaban
que su muerte, al favorecer a sus propios compañeros, podía
venir de ellos mismos, y otros daban a entender que ambos o cualquiera
de los bandos podía haberlo asesinado.
Argumentos como esos los he recogido de la calle, de los bares,
de lo cafés, de la internet; lo interesante de estos no es
que sean ciertos, sino la dimensión que adquieren ciertas
muertes en la cabeza de los seguidores o detractores del difunto.
Cuando un político muere en El Salvador, sea de izquierda
o derecha, las historias subterráneas de las gentes buscan
a toda costa acomodar los hechos en la lista abierta de nuestra
propia guerra fría. Tal situación es un rasgo psicológico,
más que político, de la generación y los herederos
de la guerra civil.
De igual manera una conclusión apresurada podría indicar
que la muerte de Hándal sería una celebración
para sus detractores y una tragedia para sus compañeros.
Siendo su muerte, más política que física,
tal aseveración demostró ser falsa.
La sensación provocada por la muerte súbita del líder
de izquierda, dejó en la sorpresa a una parte importante
de la comunidad salvadoreña, e inclusive, en algunos casos,
con un sabor perturbador en sus detractores políticos, en
apariencia más que en algunos de sus propios compañeros
de partido.
No recuerdo haber visto tantas esquelas en todos los periódicos
de circulación nacional como motivo de ninguna otra muerte
en la historia salvadoreña. Las personalidades oficiales
o civiles que las firmaron tuvieron una variedad muy curiosa, muchas
de las esquelas pagadas por sus detractores políticos fueron
inclusive más solemnes que algunas de sus compañeros
de partido.
Ninguna muerte provocó tantos programas de televisión
y prensa escrita, algunos hasta repitieron sus entrevistas. La semana
que duraron los actos fúnebres no hubo otra noticia mayor
que la del deceso de Schafik Hándal. Inclusive, el presidente
Elías Antonio Saca, dijo a la prensa que el líder
comunista había sido “un luchador social”.
Una declaración de la que más que él parecieron
sentirse embarazados sus compañeros de partido y gabinete.
No podían pasar todo el año diciendo que Schafik Hándal
era un luchador social, pues a pesar de la muerta seguían
siendo naturales adversarios políticos.
Los personajes que junto a Hándal firmaron los acuerdos de
Chapultepec, con los que se dio fin al conflicto armado, publicaron
artículos y dieron entrevistas, una de ellas, la del Doctor
David Escobar Galindo dada en uno de los aniversarios de los Acuerdos
de Paz, fue sin duda la más sobria y elegante.
Las preocupaciones por el destino del partido que él dirigió,
el vacío de liderazgo y la confusión parecieron tentar
los ánimos de la dirigencia del FMLN. Algunos de los disidentes
llegaron a llorarle, y otros, que a pesar de ser sus detractores
y que seguían en el partido, también colocaron en
su agenda las nuevas tácticas a utilizar para seguir dentro
o irse de manera definitiva.
Por qué la muerte de un hombre como Schafik Hándal
da lugar a un sepelio tan multitudinario, donde estuvieron presentes,
católicos, ateos, evangélicos, seguidores, simpatizantes,
detractores, curiosos, vendedores piratas; por qué la muerte
de un hombre puede producir tan variados y confusos acontecimientos,
tan raros detalles y tan ruidosa marcha.
Hándal fue, ante todo, un hombre de principios, perseverante,
apasionado por la política y el poder, es lo que pienso,
y no creo que sea fácil responder a lo que antes pregunté,
sin embargo, cuando a una persona se le respeta y a la vez en correspondencia
casi matemática también se le desprecia, subyace una
ambición por escribir sobre ella.
Y hay un asunto inevitable para mí: me resulta muy difícil
hablar de Schafik Hándal sin recordar a la Comandancia General
de la guerrilla salvadoreña: La casa donde ellos se reunían
en Nicaragua estaba en una quinta, a un kilómetro de la carretera
vieja que conduce a la ciudad de León, le llamábamos
La Casa de Tarzán.
Schafik pasaba horas trabajando en la segunda planta de aquella
casa de madera. Llegaba muy temprano con los compañeros de
su seguridad, en un Toyota Land Cruiser. Cristian y Roberto, cargaban
sus documentos más preciados y además esgrimían
las armas de la seguridad. Ahí llegaba el resto de los integrantes
de la Comandancia General de la guerrilla, Joaquín Villalobos,
Roberto Roca, Leonel González y Fermán Cienfuegos.
Lo cotidiano era verlos trabajar todo el día. Al mediodía,
la compañera encargada de la comida y el teniente Dago, el
jefe de la seguridad de la casa, ordenaban las actividades referidas
a la alimentación. A nosotros nos gustaba que hubiera reuniones
de Comandancia General porque comíamos en abundancia.
Ese día la cocina era una fiesta. Cuando eso sucedía
al menos dos de nosotros debían estar probando y metiendo
el ojo (un trabajo de inteligencia por aquellos asuntos viejos del
veneno).
Algunas veces, aunque muy pocas, los cinco hombres fuertes de la
guerrilla, salían al jardín para terminar con alguna
idea sobre la guerra. En sus rostros siempre vi la silueta de una
ametralladora sin seguro. Era común escuchar las carcajadas
roncas de Schafik. Todos sabíamos que estaba contando alguno
de sus viejos y repetidos chistes, que siempre provocaban la misma
sensación de apretarse el estómago.
Una tarde, cuando los cinco miembros de la Comandancia General interrumpieron
su sesión de trabajo, el crepúsculo descascaraba las
hojas y la línea del tejado. La luna creciente asomaba a
lo lejos, coqueta y plausible.
Ellos se pararon en círculo, bajo de un árbol. Nosotros
estábamos, como siempre, con los Akás al lado, prendiendo
fuego, tostando tortillas y cocinando café. No podíamos
separarnos del calor primitivo a pesar que adentro había
dos grandes cocinas modernas de gas.
Ellos no solían hablar con nosotros, no, salvo para saludar
o hacer algún comentario menudo. Los más avisados
sabíamos que ellos no tenían nada qué hablar
con un par de muchachos locos, debían lidiar con su guerra,
ganarla a toda costa.
La presencia señorial de Schafik siempre sobresalió,
pero la estatura de Villalobos y su serenidad constante y juvenil
les daba reservas de energía a los más viejos. De
Joaquín me caía en gracia la forma torcida de sus
piernas y el número gigante de sus zapatos.
“El Tenientico” tomó su tazón de café,
antes de llevárselo a la boca nos dijo con voz de sabio:
“Véanlos bien, que cuando esta maldita guerra termine
no los volveremos a ver juntos ni tan cerca de nosotros”.
No había argumentos que agregarle a su sentencia, nuestro
silencio le dio todos los créditos, y, a la vez, nos asustaba
que su dictamen pudiera ser cierto algún día. Es así
cuando te han educado para obedecer, para creer que todo lo que
los comandantes ordenan tiene un sentido divino.
Al final de la jornada Schafik y Joaquín Villalobos se quedaron
en una reunión especial, recuerdo la sonrisa de ambos y la
estreches cálida de sus manos cuando se despidieron en la
puerta. No podías imaginar que entre ambos iba a nacer una
enemistad tan odiosa y perversa.
A las doce de la noche levantamos la emboscada que habíamos
puesto con Pecas y “El Tenientico” a la salida de la
calle. Las hormigas nos habían comido la espalda. Era así
la seguridad en Nicaragua debido a posibles atentados de la CIA
y la Contra.
El auto de Schafik fue el último en pasar. Su jornada de
trabajo no concluía. Todavía iba a poner en orden
su agenda en su residencia, además de ver los videos de los
noticieros de El Salvador y leer otros despachos de prensa.
Nunca volví a verlos juntos, ni tan cerca de mis huesos ni
de mi espíritu; el final de “Los Cinco” fue una
muerte progresiva, provocada por un cáncer avanzado, detectado
a tiempo no por el médico sino por aquel combatiente que
lo observó en el triste resplandor de la luna cuando sostenía,
al otro lado de la llama del fogón, un enervante tazón
con café.
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