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José Jorge Laínez

José Jorge Laínez,
en la memoria de Ricardo Lindo:
Mister Ikuko, un clásico de nuestra literatura infantil


Contrariamente a lo que pudiera pensarse, no fue mi padre, Hugo Lindo, el primer escritor salvadoreño a quien conocí. De hecho, al primer escritor salvadoreño que conocí, no lo conocí.

Yo oía, por supuesto, a Hugo Lindo leyendo sus versos, a una edad en que no eran capaces aun de interesarme. Vivíamos en Chile, donde él era Embajador de El Salvador. Eran los años cincuenta.

Cada mes llegaba a la embajada un paquete de periódicos salvadoreños. Así los diplomáticos se enteraban de los sucesos del país en una época anterior al fax y a la televisión (esta ya existía, pero no había llegado a Chile) en aquella embajada pobretona, sin presupuesto para el teléfono a larga distancia. Sólo en casos de emergencia extrema el embajador estaba autorizado a comunicarse por radio.


Lunes 22 de octubre de 2007
Ricardo Lindo

redaccion@centroamerica21.com

 

 

Tiburcio Telénguez, Nicolasito Pulga y el sargento Mate

Pero quedaban los periódicos y sobre ellos nos abalanzábamos los niños una vez concluida su misión oficial. Lo primero era, claro, los muñequitos. Ya estaban Lorenzo y Pepita y Tarzán. Faltaba mucho para la entrada en escena de Mafalda o la familia Picapiedra. Pero había en las páginas de La Prensa Gráfica otro plato suculento, la historias de Tiburcio Telénguez, detective infalible, más conocido como el Vengador Silencioso, secundado por sus lugartenientes, el sargento Mate y el cabo Nicolasito Pulga, una simpática pareja de idiotas.

Apenas se anunciaba un peliagudo caso, Tiburcio Telénguez desenfundaba su pistola de ciento ocho tiros, abordaba su automóvil que cumplía asimismo las funciones de avión, submarino y buscaniguas y se lanzaba a una desenfrenada aventura. Recuerdo el caso de una fiesta en la mansión del conde Nado, donde se había perpetrado el robo de una joya. Se solicitó a los asistentes que les permitieran registrarlos y una anciana copetuda se resistía con obstinación. El caballeroso y magnánimo detective rehusó registrarla y resolvió el caso a su manera. Cuando, más tarde, sus lugartenientes le pidieron aclaraciones, les hizo saber lo que observó su astuto ojo de lince: la dama se moría de vergüenza pensando que iba a hacerse público y notorio que se había embolsado un pedazo de pastel. Y una vez más rubricó el silencioso Vengador su hazaña con una espeluznante carcajada, mientras se alejaba sin esperar reconocimientos ni recompensas.

Mister Ikuko y el olvidado José Jorge Laínez


Yo había leído ya poemas infantiles de Claudia Lars, que ahora me parecen encantadores y entonces me parecían tontorrones (hay literatura de niños para adultos). Ignoraba, en cambio, por esas fechas, la existencia de los Cuentos de cipotes de Salarrué. Así, el primer autor salvadoreño a quien conocí como tal en mi infancia de ávido lector fue Mister lkuko, el autor de estas narraciones detectivescas.
Mister Ikuko era José Jorge Laínez, jefe de redacción del periódico y catedrático de periodismo en la Universidad Nacional de el Salvador.

José Jorge Laínez nació en San Salvador el 26 de abril de 1913 y falleció en la misma ciudad el 29 de enero de 1962. En su lecho de enfermo corrigió un libro de relatos de terror en su mayoría, titulado Imágenes a la deriva, que publicó la Editorial Universitaria y que salió de prensas tres días después de su muerte. La edición fue cuidada por Ítalo López Vallecillos.

Tiene ilustraciones de la pintora Astrid Suarez y prólogo de Hugo Lindo. Gozaba, como vemos, del aprecio de los intelectuales de la época. Pero, incomprensiblemente, ni él ni ninguno de ellos otorgó importancia a la historias de Tiburcio Telénguez , Vengador Silencioso. Ni él se esforzó en recogerlas en volumen ni nadie se lo aconsejó. Publicó en cambio, también para niños, Sendas de sol, textos con más pretensión y menos vitalidad.

Obras:
Murales en el sueño
Sendas de sol (lecturas para niños), 1952
Imágenes a la deriva, 1962

Un clásico de nuestra literatura infantil

Suelen los críticos señalar a José María Méndez y al tan mentado Hugo Lindo, inseparable de mi memoria, como los primeros autores del país en abordar una temática urbana y cosmopolita, y olvidan a Laínez, su contemporáneo. Pero esos cuentos extraviados en las quebradizas páginas de periódicos de antaño son, hasta donde se me alcanza, las primeras narraciones detectivescas de nuestra historia literaria, los primeros relatos con elementos de ciencia ficción, pues se deslizan ya por ahí marcianos en platillos volantes y, mientras Salarrué y Claudia permanecen en casi todos sus textos infantiles en una esfera salvadoreña y rural, José Jorge Laínez hace entrar al mundo en sus líneas. Y si aquellos pintaron encantadoramente la magia de un día ido, los cuentos de Mister Ikuko (o Mistery Kuko, o Mister Ioso), permanecen actuales por su lenguaje y su temática. Y no son menos salvadoreños por eso. Si Tiburcio Telénguez es un gran señor que guarda en todo momento su altura, el cabo Nicolasito Pulga y el sargento Mate se encargan de poner la inevitable cuota de bayuncada que nos corresponde reivindicar a todos los salvadoreños de corazón. Un acto de justicia sería hacer una amplia selección de estos cuentos y ponerla en manos de los lectores novatos.

Justicia para el autor, y justicia para las generaciones de niños a quienes se ha estado escamoteando un escritor ingenioso y divertido que debiera figurar como un clásico de nuestra literatura infantil.
Hugo Lindo destaca su sonrisa y su benevolencia, y señala, casi como un defecto, su humildad, que opacaba su aporte.

Doña Adela Ponce Tenorio, una de las primeras periodistas de la historia de El Salvador, cuenta como don José Jorge la incluyó generosamente en la lista de reporteros de su periódico, cuando ella era una joven estudiante aun y ese era un oficio reservado a los hombres.


En este espacio de la sección Cultura, la pluma y la mirada de Ricardo Lindo, ofrece a nuestros lectores retazos de la persona y la personalidad de escritores y artistas que, junto a la lectura de sus obras nos acercan al universo íntimo de cada uno de ellos, y de la época en que vivieron.

Claudia Lars
“Esto fue de cuando estuve enamorada de…”

Alvaro Menén Desleal
“Extravagante, divertido y perverso”

Hugo Lindo:
“Hablo de mi padre el poeta Hugo Lindo”

Raúl Contreras:
El escándalo de Lydia Nogales

Mario Hernández Aguirre:
"Come curas, ateo y burlón"


Francisco Gavidia
Un bicho medio loco y un indio Chorotega

Walter Beneké
Un super ministro con carta blanca

Ismael G. Fuentes:
La escuela de San Salvador y los modernistas

Marcel Marceau
En la memoria de Ricardo Lindo:
Ha muerto Marcel Marceau y es como si muriera una parte del silencio

Rolando Elías
En la memoria de Ricardo Lindo:
“El adalid de una mansa locura“


José Jorge Laínez,
en la memoria de Ricardo Lindo:
Mister Ikuko, un clásico de nuestra literatura infantil

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