José Jorge Laínez,
en la memoria de Ricardo Lindo:
Mister Ikuko, un clásico de nuestra literatura infantil
Contrariamente a lo que pudiera pensarse,
no fue mi padre, Hugo Lindo, el primer escritor salvadoreño
a quien conocí. De hecho, al primer escritor salvadoreño
que conocí, no lo conocí.
Yo oía, por supuesto, a Hugo Lindo leyendo sus versos,
a una edad en que no eran capaces aun de interesarme. Vivíamos
en Chile, donde él era Embajador de El Salvador. Eran los
años cincuenta.
Cada mes llegaba a la embajada un paquete de periódicos
salvadoreños. Así los diplomáticos se enteraban
de los sucesos del país en una época anterior al
fax y a la televisión (esta ya existía, pero no
había llegado a Chile) en aquella embajada pobretona, sin
presupuesto para el teléfono a larga distancia. Sólo
en casos de emergencia extrema el embajador estaba autorizado
a comunicarse por radio.
Tiburcio Telénguez,
Nicolasito Pulga y el sargento Mate
Pero quedaban los periódicos y sobre ellos nos abalanzábamos
los niños una vez concluida su misión oficial.
Lo primero era, claro, los muñequitos. Ya estaban Lorenzo
y Pepita y Tarzán. Faltaba mucho para la entrada en escena
de Mafalda o la familia Picapiedra. Pero había en las
páginas de La Prensa Gráfica otro plato suculento,
la historias de Tiburcio Telénguez, detective infalible,
más conocido como el Vengador Silencioso, secundado por
sus lugartenientes, el sargento Mate y el cabo Nicolasito Pulga,
una simpática pareja de idiotas.
Apenas se anunciaba un peliagudo caso, Tiburcio Telénguez
desenfundaba su pistola de ciento ocho tiros, abordaba su automóvil
que cumplía asimismo las funciones de avión, submarino
y buscaniguas y se lanzaba a una desenfrenada aventura. Recuerdo
el caso de una fiesta en la mansión del conde Nado, donde
se había perpetrado el robo de una joya. Se solicitó
a los asistentes que les permitieran registrarlos y una anciana
copetuda se resistía con obstinación. El caballeroso
y magnánimo detective rehusó registrarla y resolvió
el caso a su manera. Cuando, más tarde, sus lugartenientes
le pidieron aclaraciones, les hizo saber lo que observó
su astuto ojo de lince: la dama se moría de vergüenza
pensando que iba a hacerse público y notorio que se había
embolsado un pedazo de pastel. Y una vez más rubricó
el silencioso Vengador su hazaña con una espeluznante
carcajada, mientras se alejaba sin esperar reconocimientos ni
recompensas.
Mister Ikuko y el olvidado José Jorge Laínez
Yo había leído ya poemas infantiles de Claudia
Lars, que ahora me parecen encantadores y entonces me parecían
tontorrones (hay literatura de niños para adultos). Ignoraba,
en cambio, por esas fechas, la existencia de los Cuentos de
cipotes de Salarrué. Así, el primer autor salvadoreño
a quien conocí como tal en mi infancia de ávido
lector fue Mister lkuko, el autor de estas narraciones detectivescas.
Mister Ikuko era José Jorge Laínez, jefe de redacción
del periódico y catedrático de periodismo en la
Universidad Nacional de el Salvador.
José Jorge Laínez nació en San Salvador
el 26 de abril de 1913 y falleció en la misma ciudad
el 29 de enero de 1962. En su lecho de enfermo corrigió
un libro de relatos de terror en su mayoría, titulado
Imágenes a la deriva, que publicó la Editorial
Universitaria y que salió de prensas tres días
después de su muerte. La edición fue cuidada por
Ítalo López Vallecillos.
Tiene ilustraciones de la pintora Astrid Suarez y prólogo
de Hugo Lindo. Gozaba, como vemos, del aprecio de los intelectuales
de la época. Pero, incomprensiblemente, ni él
ni ninguno de ellos otorgó importancia a la historias
de Tiburcio Telénguez , Vengador Silencioso. Ni él
se esforzó en recogerlas en volumen ni nadie se lo aconsejó.
Publicó en cambio, también para niños,
Sendas de sol, textos con más pretensión y menos
vitalidad.
Obras:
Murales en el sueño
Sendas de sol (lecturas para niños), 1952
Imágenes a la deriva, 1962
Un clásico de nuestra
literatura infantil
Suelen los críticos señalar a José María
Méndez y al tan mentado Hugo Lindo, inseparable de mi
memoria, como los primeros autores del país en abordar
una temática urbana y cosmopolita, y olvidan a Laínez,
su contemporáneo. Pero esos cuentos extraviados en las
quebradizas páginas de periódicos de antaño
son, hasta donde se me alcanza, las primeras narraciones detectivescas
de nuestra historia literaria, los primeros relatos con elementos
de ciencia ficción, pues se deslizan ya por ahí
marcianos en platillos volantes y, mientras Salarrué
y Claudia permanecen en casi todos sus textos infantiles en
una esfera salvadoreña y rural, José Jorge Laínez
hace entrar al mundo en sus líneas. Y si aquellos pintaron
encantadoramente la magia de un día ido, los cuentos
de Mister Ikuko (o Mistery Kuko, o Mister Ioso), permanecen
actuales por su lenguaje y su temática. Y no son menos
salvadoreños por eso. Si Tiburcio Telénguez es
un gran señor que guarda en todo momento su altura, el
cabo Nicolasito Pulga y el sargento Mate se encargan de poner
la inevitable cuota de bayuncada que nos corresponde reivindicar
a todos los salvadoreños de corazón. Un acto de
justicia sería hacer una amplia selección de estos
cuentos y ponerla en manos de los lectores novatos.
Justicia para el autor, y justicia para las generaciones de
niños a quienes se ha estado escamoteando un escritor
ingenioso y divertido que debiera figurar como un clásico
de nuestra literatura infantil.
Hugo Lindo destaca su sonrisa y su benevolencia, y señala,
casi como un defecto, su humildad, que opacaba su aporte.
Doña Adela Ponce Tenorio, una de las primeras periodistas
de la historia de El Salvador, cuenta como don José Jorge
la incluyó generosamente en la lista de reporteros de
su periódico, cuando ella era una joven estudiante aun
y ese era un oficio reservado a los hombres.
En este espacio de la sección Cultura,
la pluma y la mirada de Ricardo
Lindo, ofrece a nuestros lectores retazos de la
persona y la personalidad de escritores y artistas que,
junto a la lectura de sus obras nos acercan al universo
íntimo de cada uno de ellos, y de la época
en que vivieron.