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Para desnudar a Lenin (II)

 
 
Lenin es, a juicio de muchos, el responsable de la espuria era soviética, o al menos uno de ellos, el principal.

“Lenin es, a juicio de muchos, el responsable de la espuria era soviética, o al menos uno de ellos, el principal. La pregunta que suele acompañar el debate es si aquella máquina trituradora de carne y almas humanas, fue una aberración del socialismo, un socialismo con defectos o simplemente un poder tiránico que usurpó el nombre dado por los fundadores del marxismo”.

Desde su doble condición de ex combatiente revolucionario y de novelista, Berne Ayaláh comienza en esta edición de Centroamérica 21 una exhaustiva revisión de la vida, el pensamiento y la obra del controvertido padre de la revolución rusa.


Lunes 22 de octubre de 2007
Berne Ayaláh
redaccion@centroamerica21.com

 

Lenin fue el más antimarxista de los marxistas del siglo XX. Solo el Estado que él mismo fundó lo pudo salvar por mucho tiempo de no caer en las llamas.

El general Dmitri Volkogónov, quien fuera militante del PCUS y director del Instituto de Historia Militar de la todavía URSS, escribió dos grandes biografías, la de Stalin y la de Lenin. En ambas obras deja por sentado una serie de observaciones muy puntuales acerca de la naturaleza represiva del régimen soviético y del papel de sus dirigentes.

Resulta interesante observar cómo el general pudo mantenerse dentro del estamento militar soviético a pesar de que su padre fue fusilado en 1937, y su madre murió en el destierro en Siberia en 1949, por manos del régimen stalinista.

 
 

En su obra El Verdadero Lenin, no sólo describe las arbitrariedades y los abusos del poder de Lenin, sino también sus facilidades financieras, y obviamente los amores del santo patrono de la revolución soviética.

Los detalles acerca de las finanzas son abundantes, proveniente de mafiosos, mecenas y empresarios, dinero que estaba controlado por el mismo Lenin. Debido a ello puede considerarse que tuvo una vida muy licenciosa, distinta a la de aquellos que pasaban penurias para salvaguardar la revolución.

La sentencia del general Volkogónov es soberbia: “Lo que sigue siendo un misterio no son los detalles financieros de su vida cotidiana, sino cómo, tanto él como sus camaradas Trotski y Stalin -ninguno de los cuales se ganó la vida con su trabajo; ninguno de los cuales ni siquiera tenía ese punto en común con la clase trabajadora-, pudieron pensar que tenían derecho a decidir la suerte de un gran país y de llevar a cabo su sangriento y monstruoso experimento”.

Guillermo Parson, historiador de izquierda, advierte que la versión del general Dmitri Volgókonov no destaca por su imparcialidad y falta de la verdad histórica, la muerte de sus padres por las manos del mismo régimen stalinista así lo infieren.

Pero podría decirse, en todo caso, que ese hecho mismo demuestra que los detalles acerca de las crueldades de la maquinaria soviética tienen a su vez evidencias palpables en el mismo destino de los ascendientes del general.

La acusación más utilizada, además de la parcialidad y falta de apego a la verdad, es que no basta con ver los defectos del socialismo soviético, y menos adjudicarlos a Lenin, en el papel principal del antihéroe, debe verse el entorno de los acontecimientos para ser más objetivos.

Años después apareció un nuevo libro de la historiadora H. Carrere d´Encausse, que pertenece a la Academia Francesa, ella aborda la figura de Lenin, y se apoya entre otros argumentos en los mismos que antes ha esgrimido el general Volkogónov; es por ello que su forma de escribir la historia de la Revolución Rusa es tildada de sustentarse en un ángulo políticamente reaccionario e historiográficamente mediocre. El ataque al general vuelve a descansar en el supuesto de su imparcialidad y falta de apego a la verdad histórica.

 
 

Hay algo común en los dos enfoques encontrados: ambos se posicionan de la verdad como categoría histórica; cuando la crítica busca desmitificar a los dioses, se vuelve insustancial para los que siguen pensando que los errores no deben recaer en el papel de un solo hombre, no al menos cuando se le condena, aunque cuando se le idolatra basta y sobra para justificar la revolución.

Cuando la fiesta sale limpia hay una sola persona que la organizó y pagó todos los gastos; pero si es un fiasco, debemos buscar a los responsables en el conglomerado difuso, sin rostro; todo depende de la posición en la que estemos, si damos vuelta a tal argumentación los factores alterarán el producto en el análisis histórico.

El ideal comunista y la realidad leninista


Expresa el general que “Para tomar el poder los bolcheviques se unieron para siempre a la violencia y en ese matrimonio la libertad halló su tumba.” Es obvio que el término libertad puede provocar un escandaloso grito en quienes supongan que se trata de la libertad del gran capital; no es de esa libertad de la que habla Volkogónov. Los millones que murieron en la siberia no eran capitalistas, eran artistas, obreros, mujeres del pueblo, intelectuales.

Los argumentos de quienes se consideran historiadores más cercanos de la realidad revolucionaria, se centran en no absolutizar la ponderación de los aspectos negativos del personaje, pues ello lacera la idea básica en la que se sostiene el entorno concreto donde se han desarrollado los acontecimientos.
La crudeza con la que habla el general Volkogónov es devastadora; sin embargo, de la lectura de su libro uno puede sentir la tranquilidad con la que desarrolla sus ideas, cuando, en vista del trágico destino de sus padres podría verse derramando la bilis, pero no es así, además de que sus argumentos llevan consigo una serie de documentos y citas que pocas personas en el mundo han podido leer.

Cuando un comunista piensa en la revolución, en el ideal del mundo donde los seres humanos no riñamos con la vida de los otros y menos con la de la naturaleza, vemos en la literatura una de sus formas más vivas.

Sin embargo, el desprecio a las artes en general es manifiesto en muchos de los grandes líderes de la revolución. Lenin no fue la excepción: “Escribió un artículo sobre Tolstoi, pero a Dostoievski únicamente lo citó dos veces”.

 
 

El escritor Máximo Gorki, sostuvo una amistad muy cercana con Lenin, sin embargo, llegado el momento debió señalar los grandes errores de los bolcheviques, a quienes comparó con Plehve y Stolipin, ministros de Nicolás II que fueron ejecutados como resultado de sus crímenes.

El Estado y La Revolución, es la obra donde se asientan las bases teóricas de Lenin acerca del poder. Es ahí donde comienza a romperse la relación con la visión marxista del socialismo clásico.

Aunque Marx no llegó a puntualizar acerca de la organización del Estado Socialista, cuando fijó su análisis, y ponderó a la vez la relación dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, pero específicamente al calificar de probable socialismo sólo aquel que surgiera en un país capitalista desarrollado, dejó por sentado una de las mayores tesis de su doctrina.

Los aliados del movimiento obrero ruso que postulaban la necesaria instalación del gobierno democrático burgués y de la constituyente, observaron el inevitable camino por el desarrollo de aquellas premisas marxistas, antes de tomar otras decisiones mayores acerca de la propiedad y la organización. El resultado fue el fracaso, pero además el exterminio o el exilio de aquellos que pensaban que había que hacer las cosas de otra manera.

Plejánov fue uno de ellos, el más emblemático de los marxistas contrarios a Lenin, quizá. Pero a la vez comprendió que no es lo mismo ejercitar el pensamiento como teórico del socialismo que actuar como militante revolucionario. Él creía en la revolución burguesa para Rusia, como un paso inevitable de la Monarquía al socialismo.

A pesar de que en los textos de Marx es común encontrar abundantes argumentos referidos a la reforma como camino hacia el socialismo, aquellos que sostuvieron sus acciones en tales apreciaciones, fueron atacados, depurados y exiliados por los bolcheviques, con Lenin a la cabeza, por supuesto.

Es ahí donde comienza a desarticularse la teoría clásica, tener el control total del aparato del Estado se vuelve prioritario, los textos de Lenin servirán para justificar una dictadura que para muchos no tiene nada que ver con el socialismo, menos aún con el comunismo.

La calificación del general Volkogónov respecto de Plejánov, a quien califica más que como un gran maestre o como dirigente del partido que creó Lenin, como al hombre que entró en la historia como profeta del desastre bolchevique.

Similar es la actitud de Mártov, quien fue un marxista ortodoxo toda su vida, estaba conciente de que la revolución socialista era todo un proceso renovador de las grandes cualidades creativas del hombre, algo que no tenía nada que ver con el monopolio de Lenin y su partido, menos con la coerción y el terror de los bolcheviques.

La ética suele reñir con las acciones abusivas y pragmáticas del poder. Dada nuestras propias experiencias es fácil asumir los hechos y comprender el siglo de estrechez en la mentalidad oficial del comunismo.

Es entendible también, que en la cosmovisión del comunismo subyacen una gran cantidad de formas ideológicas, en general es un sistema de valores, cuyo monopolio recayó en los partidos comunistas, aunque no necesariamente al momento de ejercer sus acciones de poder sean dignos representantes de los ideales en los que se apoyan.

El asunto tiene medular importancia, es similar a lo que sucede con el cristianismo, el ideal de paraíso está ahí, en las masas que entran a las iglesias creyendo en su recompensa espiritual, nada hay en ello que tenga que ver con el ofensivo lujo y la vida licenciosa de los obispos y cardenales de la iglesia Católica; hay una idea que vive por sí misma.

Lenin también fue, en cierta medida una especie de obispo, quizá cardenal, o mejor aún, el Papa del comunismo oficial, la aberración que no sólo le costó la caída de sus sueños a una gran parte de la humanidad, sino la destrucción física de los mismos.

Terror a la crítica


La escisión es una constante en la vida de las organizaciones de izquierda, no es, desde la ciencia política, un defecto, no al menos, como pudiera apreciarse desde la ética. Ello se debe a que el objeto mismo de los planteamientos de la izquierda han estado centrados en una ambición sumamente compleja: el socialismo, o si se prefiere, el comunismo.

No hablar de algo tan viejo sigue siendo un punto de apoyo en la vieja guardia, se piensa que si se sigue escudriñando en los menudos asuntos de la privacidad de los obispos leninistas, se contribuye más a la ideología de derecha. Nada más falso.

La estructura del Estado Soviético y del partido bolchevique no es sino la herencia de una cultura imperial, cuyos métodos de control en el ejercicio del poder no pudieron ser agotados con el fusilamiento de la familia Romanov.

Es lo que ha sucedido a muchos de los partidos de izquierda en América Latina, en la búsqueda de la destrucción del aparto militar y de toda dictadura de derecha, han terminado asumiendo las mismas formas autoritarias de conducir a su militancia. Un defecto, que visto en frío obedece más a la historia de nuestras sociedades en su conjunto, que a la especificidad de un partido como tal.

Ryszard Kapuscinski, el gran maestre de la crónica, alude a esa semejanza del pasado con el presente en su trepidante relato El Imperio, “Si los zares se erigen en enviados de Dios, Lenin y Stalin se erigen en abanderados del comunismo mundial”.

Además, el hombre que viajó por el mundo y que estuvo ahí, como testigo de acontecimientos tan apasionantes, no duda en señalar que el poder del partido de Lenin pudo establecerse en la medida que los bolcheviques expropiaron y expulsaron a los comerciantes, para sentar en sus tiendas a los funcionarios, “es decir, a un dócil y obediente instrumento del poder”.

Sería fácil argumentar que Kapuscinski es un anticomunista y que por ello sus razonamientos y relatos tienen ese tono. Sin embargo ahora resulta que todos los hombres de izquierda que no admitimos la aberración del ideal seremos anticomunistas, algo que no es nuevo.

Lenin es, a juicio de muchos, el responsable de la espuria era soviética, o al menos uno de ellos, el principal. La pregunta que suele acompañar el debate es si aquella maquina trituradora de carne y almas humanas, fue una aberración del socialismo, un socialismo con defectos o simplemente un poder tiránico que usurpó el nombre dado por los fundadores del marxismo. El debate continúa.

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