Fue precisamente el escritor J. J. Rousseau quien en el siglo XVIII impulsó con sus ideas, en Francia, la primea revolución moderna. Desde entonces los escritores, salvo muy escasas excepciones, han sucumbido a la tentación de jugar un rol protagónico en las batallas políticas de su momento.
Cárcel, exilio, desilusión y muerte son recurrentes en el camino de los escritores que han apostado por la hermosa utopía de un mundo sin opresores ni oprimidos. Nadie puede negar la base de generosidad que hay en las aspiraciones revolucionarias. Pero tampoco los innegables extremos de infamia a que las revoluciones triunfantes y los insurgentes en lucha han llegado con no poca frecuencia.
El informe de Kuschev en el XX congreso del partido comunista de la Unión Soviética , mostró que los crímenes de Stalin no fueron menos, ni menos espantosos que los de Hitler. Aquí, los asesinatos de Roque Dalton y Mélida Anaya Montes, perpetrados ambos oscuramente por sus propios compañeros de lucha, tampoco fueron menos siniestros que las de Monseñor Romero y los padres jesuitas, a cargo de escuadrones de la muerte derechistas.
"Quien acepta los fines tiene que aceptar los medios", advirtió el dramaturgo marxista Bertolt Brecht, y escribió estos versos: "Matar nos causa horror./ A pesar de todo matamos, no sólo a los demás/ sino también a los nuestros si es necesario./ Sólo la violencia puede transformar este mundo./ Todavía no nos está permitido no matar."
Es una especie de fatalidad. Todas las revoluciones, desde la francesa con su guillotina hasta la cubana con su paredón y la nuestra con sus "ajusticiamientos", comienzan proponiéndose la liberación de la humanidad histórica y abstracta, y terminan aniquilando al hombre de carne hueso de todos los días.