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Candidaturas: todos los juegos, el juego

 

La carrera para obtener candidaturas de los principales partidos comenzó tan súbitamente, y de manera tan generalizada, que todo lo demás que ocurre en el país se ha visto relegado.
Da la impresión de que los últimos dos años del gobierno actual serán recordados –alguna vez habrá que recordarlos– como los días en que el país suspendió su atención hacia los problemas vitales por un juego que, con todo lo que implica, no deja de ser un juego, y que se apuesta a un futuro en el que se pagará caro la desatención que haya de aquí a las elecciones.


Lunes 22 de octubre de 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

La batuta, más que nunca, la lleva el FMLN. Es el centro de la atención y es quien marcará el paso al menos hasta el inicio oficial de la campaña. También es el que gastará más energías en dos sentidos: convencer de que su fórmula presidencial es la adecuada y detener los previsibles ataques de la derecha, que seguramente se abrirá en tantos frentes como sea posible.

La imagen de Salvador Sánchez Cerén, candidato actual a la vicepresidencia, promete ser el eje de la campaña en contra, como la figura de Mauricio Funes ofrece muchos puntos a favor.

En esta ocasión el FMLN no muestra las divisiones y pugnas internas que en las campañas anteriores, y sería difícil: ya quedan pocos disidentes, sin que ello implique una unidad férrea dentro del mayor partido de la izquierda institucionalizada.

El FDR no ha puesto énfasis en las diferencias con su partido de origen, aunque no ha encontrado el punto en que pueda lograrse un acuerdo, algo que difícilmente ocurrirá si no muestra sumisión al FMLN (la falta de ésta fue el origen de las pugnas que terminaron en las masivas expulsiones, retiros y renuncias). Por el momento no se ve una bandera que puedan alzar con seguridad.

El CD se ve en un impasse difícil de romper: cómo lograr que el FMLN crea que necesita de una alianza con el centro. Si supera este punto, deberá ver cómo entrar en alianza sin dejar de lado principios irrenunciables. Es un juego viejo, que siempre ha terminado con lesiones incurables para la gente del centro. Mientras espera que el FMLN responda, el CD pierde un tiempo valioso en mostrar su juego, y en mostrar asimismo una decisión y una claridad de objetivos que en las presidenciales anteriores le costaron el registro.

La jugada maestra del CD, el FDR y cierta gente del FMLN fue la excelente candidatura de Arturo Zablah, tan prematura como todas las que van. Zablah, formalmente, se lanzó solo, por su cuenta, para que “alguien” lo tomara al vuelo e hiciera suyas sus propuestas.

Hasta ahora, el FMLN –el receptor ideal y original– lo ha ignorado, y apenas podría considerarlo como un eventual miembro de un eventual gabinete. Haya sido cual haya sido el cálculo del CD y el FDR, la falta de un apoyo explícito está debilitándolo, con riesgo de marchitarse sin remedio.

El FMLN está jugando a ganar, al igual que ARENA, y a ganar solo. Las eventuales alianzas están siendo descartadas a una velocidad apabullante. El PCN y el PDC pueden jugar a lo mismo que hasta ahora –ser la pequeña piedra que inclina la balanza cuando hace falta y para quien haga falta, según los aires del momento–, sin perder su carácter.

El FDR aún no logra ubicarse en el mapa político, y el CD no sale de su rutinario círculo vicioso: ambos dependen del FMLN más de lo que éste cree que depende de ellos.

Una de las lógicas de los procesos electorales es que hay un momento en que todos los participantes están seguros de que van a ganar. No lo creen: lo saben, así las encuestas les den los peores números. (¿Y si algo cambia a última hora?) Toda la pléyade de candidatos que está apareciendo, por improbable que se vea su triunfo, juega a que tiene una oportunidad, y que ésta es alta.

El FMLN ya hizo su apuesta: a menos que ocurra algo excepcional, será difícil que desista de una fórmula tan disímil como la de Funes y Sánchez Cerén. Está convencido de que ganará, que no hay modo de perder, y le apuesta más al hartazgo que exista luego de dos décadas de gobierno arenero, que a una buena propuesta política o a la ampliación de su base de votantes. Y quizá tenga la razón Como todos los demás.

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