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Crimen de guerra y manipulación de la memoria
Lo primero que debemos admitir es que
la interpretación del hecho criminal de la guerra civil
genera formas difusas y contradictorias de representarlo en la
conciencia del tiempo futuro, y que muchas son irreconciliables,
pero no necesariamente excluyentes.
Los años serán los únicos que, de alguna
manera, podrán enfriar los fuegos del dolor de las víctimas
de los asesinatos, torturas y otros hechos dolorosos de la guerra
civil y el de los autores de los mismos. Por ahora debemos admitir
que el debate tiene un contenido político muy fuerte.
Lunes 22
de octubre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Me tiene sin cuidado si la Ley de Amnistía
es o no derogada, si Monseñor Romero es hecho o no santo
por el Vaticano, si los manuales de historia salvadoreña
reconocen que la dictadura militar provocó un gran crimen
en nuestra comunidad, o si se dice que muchos empresarios y terratenientes
financiaron los escuadrones de la muerte.
La trampa estriba precisamente en ello, en adjudicar a la oficialidad,
en su forma legal, el poder y la fuerza reveladora de la verdad
histórica. No hablo del acomodo de la “memoria”,
término que de alguna manera ha sido acuñado por algunos
vividores, no, me refiero al inevitable sentido de vida que tiene
el recuerdo en la mente de la comunidad que vivió el hecho
o aquellos a quienes se les ha transmitido.
La Ley de Amnistía es un frío y calculador instrumento
que pretende ocultar los crímenes de guerra cometidos por
quienes eran funcionarios civiles y militares durante la guerra
civil de El Salvador, pero a la vez es un aviso ciego de aquellos
que comandaron el bando de los alzados y que omiten entrar de lleno
en el asunto como verdaderos cómplices, y que sólo
lo usan cuando ello les resulte sacar un buen partido.
La mentalidad conservadora y “olvidadiza” es un rasgo
de la dirigencia política de este país, no importa
si se trate de la izquierda o la derecha, al menos en sus formas
oficiales son la misma vaina a la hora de echarle un ojo a esos
hechos.
El recuerdo y el olvido son formas dialécticas de la cognición
social, y si nos atenemos a ello, las apreciaciones fundamentales
y contradictorias que pesaron en los años del conflicto armado,
están y estarán presentes al momento de abordar semejante
mar de hechos y de interpretaciones, como son las que a la guerra
civil se refiere.
Por ello mismo, en el centro del debate de esa miseria llamada Ley
de Amnistía, está la misma trampa para quienes pretenden
ocultar sus crímenes. Ese instrumento permite que sea aún
más escandaloso hablar de aquellos tiempos. Lejos de cerrar
el agujero deja abiertos muchos más, como los del colador
que puede atrapar los casquillos del asesino, pero no puede impedir
que la sangre de la víctima corra como serpiente emplumada.
Siempre he pensado que si se pidiera perdón por el asesinato
de los sacerdotes jesuitas, y se reconociera públicamente
que aquello fue un crimen atribuido a los que comandaban el ejército
y dirigían el Estado salvadoreño, la aproximación
a la solución del conflicto tendría un nuevo elemento,
inclusive para los quisquillosos sacerdotes de la Compañía
de Jesús.
Eso mismo pienso, en el otro caso, que los máximos comandantes
de la guerrilla deberían pedir perdón a la comunidad
por aquellos hechos que provocaron algún daño a civiles,
o militares inclusive. Qué de malo habría en decir
a la progenitora del soldado caído en combate al otro lado
de la línea de fuego: Perdón, madre, por la vida de
tu hijo.
Pero ninguno de ellos dará un paso hacia allí, pues
ello adjudica, al menos en política, una ventaja para el
adversario, y si hay algo que nunca se incluyó en la firma
de la paz, además de los asuntos del modelo económico,
es el respeto concreto por las víctimas de la guerra civil.
El documento de los acuerdos de paz es un adefesio de un profundo
contenido positivista; en él subyacen no sólo las
argucias para encarar una nueva época de poderosos capitales
financieros, sino la intención oficial, tan poco efectiva
como su versión de muñeco legal, de hacernos olvidar.
La cátedra sobre la guerra civil de El Salvador deberá
ser un día un sitio para el debate de los hechos sucedidos
en aquellos años tan confusos y dolorosos; a los jóvenes
se les deberá permitir leer todas las versiones que sean
escritas y compiladas; no hay otra manera de acercarnos a la compresión
de lo que nos sucedió.
Mientras ello llega, si es que llega, la literatura, las artes plásticas,
el teatro y el arte en general, serán el mar adecuado donde,
sin duda, se reproducirán las bacterias del recuerdo.
Las piltrafas legales donde se oculta maliciosamente el asesino,
no serán más que personajes fabulosos de la novela,
el ensayo, el cine o el teatro.
Yo me quedo con la imagen que me da la ficción. Hace ratos
que dejó de importarme ese otro lado de la vida, donde se
oculta la mano invisible, a la que solemos llamar realidad; prefiero
centrarme en los personajes de las novelas, ellos, estoy seguro,
me darán mejores explicaciones que las que ahora mismo escucho
salir de la boca de los gobernantes.
De la misma manera que nadie puede inyectarme el olvido en las venas,
asimismo es imposible que se lo puedan hacer a las madres, las hermanas,
padres, hermanos y a cualquiera que haya amado o querido a un desaparecido
o muerto durante aquellos años, y menos aún, a las
almas inquietas del futuro.
No necesito de ninguna derogatoria legal, de ningún comunicado
oficial, para recordar a las víctimas, me basta asomarme
al recodo de aquél túnel oscuro para divisar el rumor
de aquel muchacho muerto que nunca pude ser a cabalidad.
La memoria y el olvido se pueden manipular al antojo, pero son,
en ese largo camino de la vida, un gen, que como tal, se hereda
junto al color de los ojos, el cabello o la piel; son las formas
dialécticas que se activan en los sentidos cada vez que queremos
ocultar o develar la vieja fotografía del decapitado.
Los miedos que un día tuve en el cuarto oscuro de mi niñez
atemorizada por los escuadrones de la muerte, andan ahora en la
cabeza de mis hijos, lo quiera o no, volarán de ahí
como luciérnagas hacia la primera noche de invierno del próximo
siglo.
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