Salarrué,
En la memoria de Ricardo Lindo:
El último señor de los mares
Debo hablar aquí de mis recuerdos.
Pero comenzaré por usurpar recuerdos de alguien que conoció
mucho mejor que yo a nuestro gran narrador. Me los contó
no hace mucho, mientras yo preparaba la gran exposición
que el Museo de Arte de El Salvador, MARTE, consagró a
sus lienzos y esculturas. Pues hemos de recordar que Salvador
Efraín Salazar Arrué, el autor de Cuentos de Barro,
fue asimismo pintor, escultor, e incluso compuso canciones con
influencia de Agustín Lara. A otros escritores, mi padre
incluido, he dedicado un artículo. Con Salarrué
quisiera extenderme un poco más. Señalemos, aunque
debamos repetirlo en las notas siguientes para quienes llegaron
tarde, que nuestro autor nació en Sonsonate el 22 de octubre
de 1899 y falleció durante la noche del 27 de noviembre
de 1975 en su casa de los Planes de Renderos, aquella casa blanca
desde cuyo altillo miraba a la distancia el lago… pero ya
comencé con mis recuerdos, y no debo traicionar mi previa
aclaración.
-Lo llevaré donde
mi tío que es sobrino de Salarrué –me dijo
el joven Sandro Stivella, y el sobrino me llevó donde
el sobrino y era, de repente, como volver a ver a Salarrué.
Grande es el parecido de don Rodolfo Arrué con su tío
y similar el aura de serena simpatía. Y ahora voy a sus
recuerdos, y él cuenta sin parar, y va extrayendo fotos
y mostrando pinturas del artista.
En 1939, el niño Rodolfo coincidió en el Colegio
Bautista con las hijas de Salarrué y fue compañero
de clases de María Teresa (Maya) en cuarto grado.
Salarrué llegaba a dejar y a buscar a las niñas
cada mañana y cada tarde, pues los escolares iban a almorzar
a sus casas. La suya estaba cerca y llegaban a pie a través
de manglares y guayabales.
No sabía el pequeño Rodolfo quien era Salarrué,
pero él si sabía quién era él.
-¿Eres hijo de Alejandro? –le preguntó y
añadió: Soy tu tío Salvador.
Alejandro era primo del escritor y habían sido muy unidos.
Supo Salarrué que el niño vivía lejos y
llegaba caminando a la escuela.
-Te voy a invitar a un almuerzo que va durar tres años
–dijo.
Desde entonces el pequeño fue comensal habitual donde
sus tíos, Salarrué y Zelie, que resultaron ser
también sus padrinos de bautismo.
Ahí tuvo ocasión de jugar ping-pon con los grandes
artistas e intelectuales de la época, Serafín
Quiteño, Alberto Guerra Trigueros, José Mejía
Vides... Ahí conoció asimismo a Claudia Lars.
Salarrué y sus hijas eran vegetarianos, pero Zelie y
el pequeño siempre tenían un pedazo de carne en
el plato. ¿Qué Salarrué siempre estaba
apurado de dinero? ¡Qué va! Siempre decía:
-Dios proveerá.
Rodolfo admiraba un reloj de bolsillo que Salarrué llevaba.
-Tío, cuando cambie de reloj regáleme ese.
-Me han prometido comprarme este cuadro. Si lo vendo, te compro
uno.
Se vendió el cuadro. Tenía Salarrué
uno de aquellos carros enormes de aquellos años y un
chofer que era más bien un amigo, y lo llevó a
una tienda elegante donde escogió el que quiso. También
le compró ropa y compró abundante material de
pintura y regalos para su esposa y sus hijas hasta armar cuatro
considerables paquetes.
-Tío, ese cuadro lo vendí yo.
-¿Y por qué?
-¡Si viera cómo le he rogado a Dios que se vendiera!
A la madrina no le pareció tan bien el asunto. Debían
tanto en la tienda… Salarrué le dio dos billetes,
pero no alcanzaba ni para la mitad. En realidad, no importaba.
La tendera les daba fiado porque los quería y si les
aceptaba dinero era para que no dejaran de llegar.
La casa había un árbol grande, un conacaste, quizás.
Sus raíces enormes dañaban el suelo y levantaban
las tuberías. Salarrué se negaba a cortarlo y
la familia se fue retirando a los cuartos del fondo.
Para aquellas fechas “mamá Tere”, la madre
de Salarrué, tenía una bonita costurería
en la avenida España, no era tan pobre como después
se dijo. Además Salarrué, jefe de redacción
del periódico Patria le regaló una casa.
En vacaciones la gran familia iba a casa de Rafael Arrué,
hermano de mamá Tere y abuelo de Rodolfo, y eran tendaladas
de primos jugando por todos lados. El ánimo regalón
de Salarrué le venía de familia. El abuelo Rafael
llegó a tener hasta ochenta vacas y regalaba a los lugareños
la mayor parte de la leche.
Una vez Salarrué se acercó a la escuela en hora
de clases.
-Tío ¿viene a buscar a las niñas?
-No, a vos te vengo a buscar. Andá recogé tus
libros.
Sacó al cipote por encima del barandal y fueron a pasar
tres días a la finca del abuelo.
-Tío, cuando regrese el lunes a clases ¿cómo
voy a hacer?
-No te preocupés, yo ahí voy a estar.
Y estaba el lunes a la entrada. La directora esperaba al pequeño
con la cara larga.
-¡Con vos quería hablar!
Pero antes habló Salarrué con ella, en privado,
y era querido por la directora y todas las maestras. No llamó
al niño después la directora.
De aquel tiempo le queda a don Rodolfo un retrato que le hizo
su padrino. Aparece ensimismado. Ondas concéntricas azules
y violetas se expanden en torno suyo.
El Salarrué místico, dado a disciplinas esotéricas,
se revela ahí, pues afirmaba ver el aura de las personas.
Pero de eso hablaremos en otra ocasión.
En este espacio de la sección Cultura, la pluma y la mirada de Ricardo Lindo, ofrece a nuestros lectores retazos de la persona y la personalidad de escritores y artistas que, junto a la lectura de sus obras nos acercan al universo íntimo de cada uno de ellos, y de la época en que vivieron.