
Historias del break dance
¿Ustedes mareros son verdad?
Los constantes encuentros con la policía
son parte común de las historias que jóvenes apasionados
por el break dance mencionan entre sus historias. Estas voces
que apenas pasan de los 16 años o que casi llegan a los
30 relatan su combate contra el prejuicio y la discriminación,
llevando como bandera el baile.
Centroamérica 21 habló con 7 de ellos.
Traemos al lector cada una de las anécdotas, contadas en
primera persona, donde estos B-boys recuerdan los golpes de los
oficiales de policía, la experiencia religiosa que para
muchos significa el break dance, o las veces que han sido aclamados
por el público, entre aplausos y uno que otro: “Uy
se va a desnucar”.
Lunes 29 de octubre de
2007
Georgina Vanegas
gvanegas@centroamerica21.com
El estigma: “Una vez venía
de un ensayo, de practicar de una escuela de Mejicanos. Venía
caminando yo solo. Cuando vi para atrás, apareció
la policía y me echó la patrulla, para atropellarme.
Si no me aparto, me hubieran atropellado”, relata René
Nerio, o B-boy Suri, un joven de 17 años. Para él,
la cultura hip hop es un estilo de vida, cada uno de los B-boys
son parte de su familia y “El break dance es como una parte
más de mi cuerpo”.
A su corta edad, ya tiene recuerdos desagradables relacionados con
las patrullas de la policía. Ese día en que tuvo un
enfrentamiento con cuerpos policiales vestía un par de pantalones
holgados y también una gorra, con la visera hacia atrás.
“El policía me agarró de la camisa y casi me
levantó. Era algo fornido”.
“Me preguntó si era pandillero, le dije que no. Como
le dije que no, me amenazó con llevarme remitido tres días,
por negárselo. Llamó a mis familiares y me tuvo dos
horas parado en la calle, sin moverme. Me dijo que si me movía,
me iba a pegar. Cuando me moví, porque ya no aguantaba, me
pegó en la cabeza. Al final, llegó mi familia, me
dejó ir, pero me dijo que si me volvía a ver en la
calle con la gorra para atrás, me iba a llevar de verdad”.
Sin embargo, no todos los encuentros de B-boy Suri con la policía
han sido del todo desagradables: “Una vez practicábamos
en el parque San Jacinto, estábamos en un kiosco y como teníamos
la grabadora a todo volumen, porque estábamos bailando, llegaron
los policías y nos dijeron que nos pusiéramos a bailar.
Les dimos un mini show. Dijeron que estaba bien, que bailábamos
bien chivo, les gustó. Así me gustaría que
los policías y las autoridades actuaran con los jóvenes”.
“Solo los mareros bailan así”:
A Emilio Rodríguez, de 24 años, lo conocen
mejor como B-boy Milo. “Cuando comencé, tenía
17 años, por eso no me podía llevar la policía.
Nos poníamos a practicar en la calle, con una alfombra que
antes era de un taller de mecánica, estaba toda llena de
grasa. La poníamos sobre la acera de mi casa, en Quezaltepeque.
Terminábamos todos quemados por estar bailando en el sol,
sobre la alfombra, pero no nos importaba porque estábamos
haciendo algo que nos gustaba.
Muchas veces tuvimos sorpresas negativas. Llegaban mareros porque
pensaban que nosotros también lo éramos. También
llegaba la policía y nos preguntaba qué estábamos
haciendo. Yo les decía: Pues, yo aquí vivo enfrente.
Pero insistían: Ustedes, mareros son ¿verdad?, ¿Por
qué están bailando? Entonces les respondíamos:
Porque queremos”. En ese momento, B-boy Milo escuchaba lo
que ya imaginaba venir: “Solo los mareros bailan así”.
En ese punto había que pasar a las explicaciones, que no
siempre eran aceptadas.
Debido a que le era difícil bailar frente a su propia casa,
B-boy Milo y sus amigos llevaron el baile al parque Morán,
en Quezaltepeque: “La gente llegaba a vernos, pero no lo hacíamos
para reunir dinero porque no tenemos necesidad, gracias a Dios.
Ahí llegaban los policías municipales y nos quitaban
la grabadora. La gente les decía: Dejen a los bichos, si
no están haciendo nada. A los mareros vayan a joder. Nosotros
nos sentíamos bien porque la gente veía que estábamos
haciendo algo bueno”.
B-boy Milo es integrante de Salvadoran Breakers Crew, un grupo de
jóvenes apasionados por el break dance y que, en base a esfuerzo,
han logrado el reconocimiento. “La mayoría de veces
hemos hecho las cosas gratis, ahorita es que estamos empezando a
recibir reconocimiento monetario. Es parte de una evolución.
Nadie le va a pagar 200 dólares a alguien que no sepa nada.
El tiempo que gasté viendo videos en internet, aprendiendo,
investigando, sirve de algo”, comenta.
El break de la cárcel: “Lo
más underground que hemos bailado ha sido en la cárcel”,
comenta David Ventura, de 24 años. Lo conocen mejor como
B-boy Stimpy. “Fuimos a un toque de hip hop, en San Marcos.
Cuando salimos de ahí tuvimos un problema con unos B-boys
que habían venido de Usulután. Nos fuimos a los golpes,
llegó la policía y nos metieron presos.
Estábamos 14 en una sola celda. Nos pusimos a bailar, pasamos
el tiempo. Estuvimos una semana presos, por hacer graffitis ahí
adentro.
“¡Ahí es donde se demuestra un verdadero B-boy!
A cualquier lugar que va, marca la diferencia. Igual hemos bailado
en el Hilton Princess y en los mejores escenarios de aquí”.
“Ya nos han garroteado”: El nombre real de
B-boy Derko es Henri Palacios. Este joven de 21 años comenzó
a bailar en la calle. “Éramos alrededor de 40 o 50
los que bailábamos en la calle, en el Valle de San Marcos.
Como éramos bastantes, ahí se ponía la policía
a estarnos revisando. Muchas veces nos agarraron, ya nos han garroteado”.
“Una vez que nos agarraron, a un amigo le pegaban con la macana
en las costillas mientras le decían “Vos, bicho vago,
marero sos”. Pero nosotros seguimos perseverando en el B-boying”.
B-boy Derco llevó el Break dance de la calle a la iglesia.
“Hemos dado eventos en iglesias, hay gente a la que le gusta,
y otros que se asustan y dicen: Uy, se va a desnucar. Cosas así
suceden en la Iglesia Vino Nuevo o en Centro Evangelístico”.
“Es bien confuso bailar en la oscuridad”: William
Pastrán, o B-boy Gupy, tiene 29 años, y desde hace
7 se identifica con la cultura del hip hop. “Tengo siete años
de estar bailando. En Guazapa, nos íbamos para la cancha
del parque Central. Pero cuando practicábamos ahí,
de noche, a los la alcaldía no les gustaba mucho.
Nos quitaban el apoyo apagándonos las luces
de la cancha. Llevábamos la grabadora de nuestra casa, poníamos
la música, y ensayábamos, pero ellos nos apagaban
las luces y dejábamos de practicar. Ya no podíamos
vernos. Es bien confuso bailar en la oscuridad.
B-boy Gupy quiere aclarar que ser un B-boy no es sinónimo
de ser vago: Tengo una licenciatura en Idioma Inglés, y estoy
estudiando mi segunda carrera: Relaciones Públicas. Antes
estudié una Licenciatura en Comunicaciones.
Trabajo dando clases de inglés los sábados por la
mañana y también doy clases de break dance durante
la semana; voy a ciertas comunidades a impartirlas para expandir
esa cultura.
Bailando por la libertad: B-boy Geovany tuvo que
bailar para conservar su libertad: “Un día de marzo
de este año, veníamos de la iglesia, porque nosotros
pertenecemos a un ministerio cristiano. Esa vez el bus nos dejó,
no teníamos cómo irnos. Nos tocó recorrer casi
todo el centro a pie.
Cerca de San Jacinto, nos encontramos con unos policías.
Nos registraron a todos Y nos quitaron nuestros documentos. Preguntaron
qué andábamos haciendo a esas horas, eran como las
11 y media de la noche y les dijimos que pertenecíamos a
un ministerio cristiano y que andábamos en la cultura del
hip hop, que éramos bailarines de break dance.
El break dance o B-boying cada día tiene más seguidores en El Salvador. Los jóvenes parecen ser su población más representativa. Este tipo de baile urbano surgió en los años setenta, en Nueva York. Es uno de los cuatro elementos de la cultura hip hop, que también se compone del MCing o rapping, el DJing, y el graffiti art. |
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Dijeron que no nos creían, que para creernos teníamos
que bailar. Le ordenaron a un amigo que bailara. Él había
tenido un accidente días antes, pero bailó. Después
entré yo y los policías se quedaron asombrados al
vernos bailar.
Bailamos para la policía y luego nos dijeron que estaba bueno
lo que estábamos haciendo. Nos devolvieron nuestros documentos
y nos dejaron ir a casa”.
Break dance para Dios: “El B-boying no ha
sido muy aceptado. Muchos dicen que uno está loco, porque
está haciendo esas cosas”, comenta Héctor Castillo,
un joven de 21 años amante del B-boying. “A medida
que va pasando el tiempo, ya va siendo más aceptado. Hemos
llegado a bailar a iglesias, en los cultos generales, y en cultos
de jóvenes”.
Algunos piensan que, por ser cristianos, los seres humanos deben
dejarlo todo, pero uno puede bailar para Dios. Nosotros cuando bailamos,
lo hacemos también para Dios. La experiencia de bailar en
una iglesia es bien original, porque ya no le dicen a uno: Estás
loco; sino: Estás loco por Dios”.
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