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Para desnudar a Lenin (II)

 
 
Lenin es, a juicio de muchos, el responsable de la espuria era soviética, o al menos uno de ellos, el principal.

La hipocresía de quienes se atreven a defender a estas alturas de la vida la figura de Lenin, su partido y su modelo de Estado es desbordante: quieren su aplicación, o lo que se rescate de ella, siempre y cuando sean ellos los que estén por encima de la pirámide, de lo contrario, serán los primeros en abandonar el barco si ven la tentativa de la Siberia sobre sus cuellos.

Lenin es, sin lugar a dudas el creador de aquella maquinaria que se sostuvo en el mundo por setenta años, negarlo es sólo un signo de ceguera, pero lo es más el seguir creyendo que esa forma del poder representaba los ideales de los hombres que soñaron con la libertad y la justicia.


Lunes 29 de octubre de 2007
Berne Ayaláh
3ª y última entrega
redaccion@centroamerica21.com

 

La discusión en torno al socialismo es siempre acalorada; en ello suelen invocarse viejos demonios, algunas veces sutilmente maquillados, y ahí, los jueces, que a la vez son parte, y que aparentan situarse en línea con la ortodoxia, condenan al resto de las opiniones; no importa cuál sea su matiz, terminan en el despreciable rincón de los enemigos del marxismo.

 
 

¿Fue la Unión Soviética un socialismo deformado o un Estado represivo que no tenía nada que ver con la sociedad socialista? Es la pregunta que no es nada nueva y que sigue en pie. Vale decir como anticipo, pues es la doctrina leninista la que dio origen a esa forma de Estado, de ahí su importancia al hablar de Lenin.

En 1980, en México, tuvo lugar un debate sobre este tema, en ella tuvieron presencia el escritor y premio Nobel, Octavio Paz, Carlos Monsiváis y Luis Villoro. Sabido es que los ataques de la izquierda oficial a la figura intelectual de Paz han sido encendidas, una importante camarilla de militantes le juzgaron por sindicarle el no haber sostenido un debate serio con la izquierda.

Pero las palabras de Octavio Paz, en ese encuentro que giraba en torno al libro Las redes imaginarias del poder político, de Roger Bartra, son más que elegantes, soberbias: “…me doy cuenta que ésta es una conversación de la cual, como decía Bergamín, no va a salir ninguna conversión, pero por lo menos, será una diversión, no en el sentido militar de la palabra, porque suena a maniobra, sino en el sentido estético que puede producir, en el brillar de las frases y las ideas que se contrastan, algún relámpago de comprensión y amistad…”

Una de las posiciones de Roger Bartra es que, como piensan muchos, no basta con señalar y condenar las represiones ejecutadas por Stalin para comprender el carácter del régimen socialista de la Unión Soviética. Su planteamiento advierte que hay que observar la base del poder económico, la forma de la organización de la economía: si la represión estalinista busca atacar a los enemigos del socialismo, las acciones están justificadas en su defensa, por el contrario habría una negación en sí misma de la sociedad socialista.

Los planteamientos de Plejánov y Engels son similares: ambos observaban el peligro que se cernía para la revolución si las condiciones sociales no estaban dadas, de que pudiese resultar un poder en su forma de despotismo, al asumir los vicios del aparato que se pretendiera destruir.

 
 

Cuando en la doctrina clásica marxista se teoriza acerca del “lugar” adecuado para que se desarrolle la revolución socialista, se toma en cuenta el desarrollo económico capitalista, pues en el mismo subyace la democracia burguesa, la cual es inevitablemente útil para los procesos de transición de que nos hablan Marx y Engels.

Lenin, sin embargo, orientó toda su capacidad organizativa a dar vida a un aparato burocrático que omitió detener los vagones del tren en no una, sino en varias estaciones. La Unión Soviética no nació en un país de tradición democrática sino en un país de la monarquía zarista.

Dice Octavio Paz que la sociedad rusa no estaba madura para el socialismo, una conclusión a la que han llegado muchos intelectuales; en el caso del premio Nobel lo interesante es que él nunca fue un marxista, y por el contrario fue atacado como un hombre de postulados conservadores, sin embargo su apreciación coincide cabalmente con la de Marx y Engels.

Las categorizaciones son generalmente abusivas, no todos los que se llaman marxistas han entendido lo escrito por los clásicos, pero también no todos los críticos del marxismo están alejados de forma absoluta de algunas máximas de los clásicos del socialismo.

Para Lenin se trataba de una revolución burguesa dirigida por el proletariado. Ya antes hemos dicho que ninguno de los dirigentes del partido eran proletarios o trabajadores, a pesar de ellos queda para algunos a salvo el dogma que la “dirección del proletariado”, a la que se alude, es una figura política que expresa el contenido de la revolución. Lo concreto es el método utilizado y los resultados obtenidos, que también son fuentes de la ciencia política.

Más allá de qué tipo de posiciones se asuman, si se prefiere adjudicar el fallo a la falta de base social o si se prefiere sostener el argumento en las bases económicas; en la Unión Soviética hubo un asunto muy grave, al que Octavio Paz alude, y que está en el corazón de la teoría leninista: el partido Estado.

 
 

La explicación política se orienta a describir la expropiación que ese partido hizo de las propiedades a los campesinos, del ataque a los partidos políticos, no sólo a los de derecha, sino a los partidos revolucionarios y socialistas, a la destrucción de las organizaciones obreras, al despliegue de su poder sobre toda la sociedad, con el fin de ocupar el lugar único y excelso de director de toda la maquinaria del poder.

La utilización de un poder tan despótico no hubiera sido posible, como dice Paz: “…si antes el PCUS no hubiera quitado el poder a los soviets, a los campesinos, y al resto de la población.” Y continúa diciendo: “…en la base de esa dictadura está un hecho fundamental, que es la expropiación por el Estado-partido de la sociedad civil.”

El bloqueo, el ataque externo y el atraso económico han sido utilizados como justificantes del poder despótico de la Unión Soviética, en una muy bien elaborada teoría y práctica de la defensa del Estado, el de unos pocos.

De cualquier manera, la adjudicación de carácter históricamente necesario de la fase represiva de Stalin es apenas una parte del problema, lo otro es, como ya se ha dicho, el “menudo” asunto del partido concebido y creado por Lenin.

Con todo y ello básicamente siguen presentes dos grandes interpretaciones generales, la que plantea que muy a pesar de toda esa despótica maquinaria, se trata de un sistema socialista; la otra corriente, en la que se situaba Octavio Paz, planteaba que con todos esos defectos esa aberración no puede ser calificada como socialista, era una sociedad jerárquica.

Bartra por su parte, plantea que no es adjudicando la responsabilidad de lo sucedido a la teoría leninista como se puede resolver el dilema, que a la luz de los acontecimientos hay otros factores, como la realidad cultural y económica de Rusia y la manera en cómo se aplica la teoría, que no es correcto encontrar las respuestas en los textos sino en la realidad.

Lo cierto es que los textos son a la vez parte de la realidad, y una parte muy importante, pero también la realidad está dotada en gran medida de las ideas surgidas de los textos. No se puede desechar ni uno ni otro, y en nuestro caso, la determinación que tuvo el Estado sobre la sociedad soviética fue demoledora, un elemento palpable de la realidad, y su creador fue Lenin.

Para Roger Bartra decir que aquello no fue socialismo porque no se le parecía a la descripción hecha por el modelo clásico de Marx, no conducía a la explicación acerca de lo sucedido en la Unión Soviética. Admitía a la vez la necesidad de reconocer lo dramático de las etapas transitorias, y asumir la responsabilidad desde el leninismo y el marxismo militantes.

 
 

Los nombres son necesarios, es un asunto inevitable al momento de abordar los hechos concretos de la historia. Octavio Paz pensaba que “la definición de socialista o no socialista no es un capricho, algo sin importancia; es una cuestión decisiva y fundamental para entender el mundo contemporáneo…”

Para Luis Villoro la sociedad soviética no podía se calificada de capitalista, no al menos en un sentido estricto, sus argumentos retribuían insumos al enfoque económico: porque no había economía de mercado, no había relaciones de producción basadas en la propiedad privada y porque el Estado debía tomar las funciones de regulación de la economía, y entonces, desde ese punto de vista se atrevió a calificarla de “una sociedad nueva”.

Las discusiones avanzan hacia los llamados Estados hidráulicos, el poder de los egipcios y los mayas sobre los canales de comunicación y la agricultura no era socialismo, los mecanismos del consumo en el socialismo que sí previó Marx, aunque no en detalle, y que suelen verse, erróneamente como zonas básicas del capitalismo.

Esta discusión, además de ser importante para la ciencia política, tiene un efecto inmediato para la ideología: el ataque contra el socialismo, como sistema de valores humanos.

A quién se alude cuando se ataca al comunismo o socialismo, en primer lugar debe tomarse en cuenta de quién viene el ataque, si de un gran capitalista amenazado o de un hombre común y corriente, o de un militante revolucionario que busca, no atacar, sino explicarse los hechos.

Aquellos vicios o aberraciones del poder, siguen incidiendo en nuestras vidas de una manera impresionante, en cada cartel o anuncio puesto en la vía pública, en las amenazas y los miedos de que unos y otros se valen al momento de argumentar sus planes, o sus fines; y hay algo común en todos ellos: ni unos ni otros, los que se llaman de izquierda oficial o los que se llaman de derecha, aluden en principio a la esencia del socialismo, y es ahí donde el juego malicioso del poder se diluye en el borbotar de las gargantas de las gentes que les siguen, ciegas y esquizofrénicas.

Hay un punto medular que no debe quedar fuera: que sigue siendo vergonzosa la actitud de la dirigencia de izquierda al pretender más democracia para afuera y menos hacia adentro, la huelga de los obreros donde no se gobierna y la ausencia de ésta donde se tiene el poder, las libertades donde se “lucha contra el capitalismo” y el ataque de estas donde se gobierna, el bienestar de los burócratas y el hambre del pueblo, el látigo cuado se esgrime en propia mano y su rechazo cuando no.

Creo que todo el mar de confusiones, de sentencias favorables o desfavorables y de apelaciones, que han estado presentes en torno a la figura de Lenin y de su teoría socialista, son comprensibles con mayor amplitud, sólo en la medida en que lo vemos como un asunto mero del poder, de lo contrario, seamos hombres de izquierda o de derecha, seguiremos entronizados en una discusión poco favorable: la definición del socialismo a partir del Estado Soviético.

La hipocresía de quienes se atreven a defender a estas alturas de la vida la figura de Lenin, su partido y su modelo de Estado es desbordante: quieren su aplicación, o lo que se rescate de ella, siempre y cuando sean ellos los que estén por encima de la pirámide, de lo contrario, serán los primeros en abandonar el barco si ven la tentativa de la Siberia sobre sus cuellos.

Lenin es, sin lugar a dudas el creador de aquella maquinaria que se sostuvo en el mundo por setenta años, negarlo es sólo un signo de ceguera, pero lo es más el seguir creyendo que esa forma del poder representaba los ideales de los hombres que soñaron con la libertad y la justicia.

El general Volkogónov, militante, además ciudadano soviético, concluye en su libro sobre Lenin, que “La vida de los soviéticos durante setenta años no fue socialismo.” Para el general el papel del dirigente fue decisivo, y para quienes piensan que su muerte temprana, acaecida en 1924, fue el hecho que cedió el lugar a las barbaridades de Stalin, intentando explicar que con Lenin no hubiese sucedido lo que sucedió, dice: “El terror y la colectivización hubiesen existido y la cacería de ´impuros´. El sistema creado por él no podía funcionar de otro modo, y los matices sólo hubiesen sido de escala.”

Me parece que no sólo en una, sino en muchas ocasiones, los anarquistas han podido definir mejor las esencias del poder, como en el caso de Conrado Quaglino cuando escribía que “No hay diferencia en ser aplastado por la blusa obrera y la bandera roja o por la levita y la bandera tricolor”.


Nota relacionada:
Para desnudar a Lenin (I)

Para desnudar a Lenin (II)

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