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Centroamérica 21 abre un espacio
plural en donde los representantes de todos los partidos políticos,
sin excepción, podrán expresar libremente su particular
punto de vista sobre la realidad nacional. La invitación
está hecha por nuestra parte.
Elecciones 2009, el día después
Es lunes, 16 de marzo de 2009, el día ha amanecido
soleado y tranquilo, todo mundo se levantó a trabajar,
unos celebraron y otros no; los titulares de todos los periódicos
y noticieros del país han destacado que un candidato de
la oposición se ha alzado con el triunfo en la elección
presidencial, y este ha mencionado en su primer aparición
pública algunas de los principales cambios que se operarán
en el próximo quinquenio, lo que ha despertado mucho interés
y entusiasmo a nivel nacional e internacional.
Lunes 29 de octubre de 2007
Julio Hernández
Redaccion@centroamerica21.com
En cualquier sistema democrático, el que la
oposición gane la presidencia y que el país siga funcionando
sin mayores sobresaltos, sería muy natural. Sin embargo,
para los salvadoreños y salvadoreñas, el que su país
responda con normalidad ante un triunfo de la oposición,
sería una enorme noticia, casi un hecho insólito.
Sí, tan simple como eso, un país normal. Donde cambió
el partido en el gobierno por la vía democrática y
no pasó nada del otro mundo. Ni se fueron las remesas, ni
se fugaron los capitales, ni se le confiscó nada a nadie.
Se respetó la voluntad popular y la vida política
del país continuó desarrollándose.
Este momento fue comparado por algunos observadores, con el de la
firma de los Acuerdos de Paz. En aquel entonces, algunos creían
–especialmente los alzados en armas- que luego de entregar
las armas sobrevendrían represalias y asesinatos. Pero no,
el país siguió avanzando en nuevas condiciones y las
fuerzas insurgentes –ahora partido político-, pudieron
pelear por el poder por la vía de los votos, y no pudieron
llegar al Poder Ejecutivo por su mala cabeza, y no porque tuviesen
vedado el camino.
La incipiente democracia salvadoreña pasó la prueba,
es la frase más repetida por los distintos analistas y observadores
de la política salvadoreña, ya que luego de cuatro
períodos consecutivos de gobiernos areneros, existía
mucha incertidumbre sobre cómo reaccionarían los sectores
más conservadores al ser derrotados en las urnas, y el impacto
en las inversiones nacionales y extranjeras.
Si la derecha estaba dispuesta a entregar el poder o no, era la
pregunta más frecuente en las discusiones políticas.
Todos los medios de comunicación han resaltado el hecho que
la misma noche del día de los comicios, el Tribunal Supremo
Electoral, dio a conocer los resultados electorales y el primero
en reconocer el triunfo de su adversario, ha sido el candidato oficialista,
seguido de las felicitaciones del propio Presidente de la República
al nuevo ocupante de la silla presidencial.
En su primera aparición pública, el nuevo mandatario
efectuó un llamado a la unidad nacional y ratificó
lo que fue su mensaje a lo largo de toda la campaña proselitista:
“El Salvador nos necesita a todos” y para dar muestra
inequívoca de su voluntad, ha solicitado –de manera
formal- a los otros dos candidatos contendientes que integren una
Comisión Especial para la unidad y la reconciliación
nacional. Aunque estos aún no han respondido a la propuesta.
El rumor que se escucha en todas partes, es que ya era tiempo que
un Presidente se preocupara por unir y no por seguir dividiendo
a la sociedad.
En su primer anuncio, también el Presidente electo ha dicho
que impulsará una ley para reformar la Corte de Cuentas,
porque no quiere que la estabilidad de su gobierno esté basada
en chantajes y prebendas de y para sus opositores, si no en genuinos
acuerdos construidos de manera democrática para sacar adelante
el país. También, a pesar de reconocer la labor del
TSE, ha manifestado su voluntad de propiciar una reforma constitucional
para despartidizar dicha institución y convertirla en una
entidad al servicio de la ciudadanía y no sólo de
los partidos políticos.
Pero no todo es color de rosa, la prolongada campaña electoral
que inició 17 meses atrás ha crispado los ánimos
de la sociedad y puesto la economía en una situación
difícil. Asimismo, se ha producido una situación muy
peculiar, puesto que la fuerza política que impulsó
al nuevo mandatario es solamente la tercera fuerza legislativa,
lo que obliga a la búsqueda de consensos para generar mayor
gobernabilidad.
La alegría desborda al nuevo mandatario, pero él es
muy consciente de los desafíos que significa el administrar
a un país con un cúmulo de demandas insatisfechas,
heredando un elevado déficit fiscal, una institucionalidad
débil y una sociedad polarizada. Pero también hay
un capital político muy importante que él tratará
de aprovechar al máximo y es que –al final del día-
la gente confió en un cambio bajo su liderazgo.
Una nueva etapa en la historia del país se ha inaugurado
y una nueva oportunidad histórica que podría favorecer
el desarrollo social y económico, en un ambiente de democracia
y libertad, ya que la ciudadanía ha dado a cada quien lo
que merece. Luego de cinco años, ésta tendrá
la oportunidad de juzgar la gestión y ajustar el nuevo equilibrio
político que habrá de imperar en el futuro.
Lo bueno de esta historia es que es posible, ya que existen miles
de ciudadanos, al igual que yo, decididos a construir lo que creemos
que nuestro país merece, pero que hoy es una utopía:
ser un país normal.
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