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Los liberales

 

Los que a mediados de los setentas éramos muy jóvenes leímos, como Alonso Quijano las novelas de caballería, cierta vulgata marxista que nos llenó la cabeza de paja y humo. Nuestra raquítica formación académica nos impedía abrevar en las fuentes directas del marxismo clásico, denso hasta los bordes del misterio como cualquier metafísica que se erige en ciencia.

Lunes 29 de octubre de 2007
Geovani Galeas
ggaleas@centroamerica21.com

 

GEOVANI GALEAS

Devenido en panfletos disfrazados de poemas y novelas, sociología más bien lírica y resúmenes filosóficos para minoratos mentales, aquél marxismo de pacotilla nos lanzó por esos caminos de Dios a desfacer entuertos, enmendar agravios y socorrer menesterosos. En esa indigencia intelectual más un fusil fundamos nuestra visión del mundo y la historia.

“Liberal” llamábamos entonces al camarada inconsecuente. En esa palabra condensábamos todas las aberraciones posibles, aunque jamás hubiésemos leído a los pensadores liberales. Nuestras ideas eran espectrales pero las balas de matar y de morir eran de verdad.

Y así predicábamos el advenimiento del reino de la libertad mediante la imposición de una dictadura del proletariado.

Más que una paradoja lo que encarnábamos era una esquizofrenia: la teoría nos exigía una mentalidad crítica pero la práctica nos imponía una fidelidad acrítica a la comandancia: el mando debía ser único y centralizado (eso era un dogma), y el pensamiento también… ¿O hay entre nosotros algún registro histórico de un disenso con la jefatura cubana o ,ocal que no fuera condenado de inmediato como una herejía liberal?

Si, Cayetano Carpio alegó haber sido traicionado por los cubanos, es cierto, pero el precio de esa denuncia fue el suicidio, la excomunión y la inmediata exclusión del panteón de los héroes. Y en Cuba los que no son fieles a Fidel son bazofia, carroña, gusanos, es decir: liberales. En Cuba y en nuestro desteñido vecindario rojo.

Pero no hay esquizofrenia política que dure cien años ni honestidad intelectual que la resista. De las manos de Octavio Paz y de Mario Vargas Llosa, vituperados herejes mayores, me acerqué a la tradición del pensamiento liberal como a una fuente de agua clara. Fundado en la observación directa de la experiencia humana y en el sentido común, no en los inextricables y acaso estériles debates filosóficos post hegelianos, aquél pensamiento vertido en la prosa sencilla y luminosa de un Isahía Berlin, por ejemplo, me fue reconciliando poco a poco con el sentido más entrañable de la palabra utopía.

Al postular que la violencia es la partera de la historia y que a la libertad se llega por el atajo de la dictadura, el marxismo ofrece contradictoriamente el paraíso al precio de la sangre y la servidumbre. Los liberales sólo proponen una sociedad viable fundada en la democracia política, la libertad económica y la defensa del individuo frente al Estado.

Pero ninguno de estos tres elementos ha caracterizado más allá del papel a las derechas latinoamericanas. Lo que ha vuelto elegibles a derechas y a izquierdas en nuestra región (sin necesidad de fraudes electorales, insurrecciones populares o cuartelazos), ha sido una buena dosis de liberalismo real en sus programas. Y el liberalismo, hay que repetirlo, no es sólo libertad de mercado sino, sobre todo, democracia política y regulación de los poderes discrecionales del Estado.

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