El periodismo es una serie de técnicas bien específicas
y delimitadas que tienen como objetivo la transmisión de
información de la manera más directa y “limpia”
posible a un eventual lector, televidente o radioescucha. Nada
más, nada menos.
Hay dos palabras clave para esta transmisión de información:
objetividad e imparcialidad. A lo largo de años han estado
sujetas a interpretaciones, manipulaciones y malos entendidos,
y han perdido su valor esencial, que es el valor esencial del
oficio. Ambos términos son de fácil definición
y asimilación.
“Objetividad” significa que la información
–y en algún momento su interpretación–
debe estar basada en “objetos”. Los “objetos”
en este caso serían los hechos, las palabras, sus consecuencias,
las personas a las que afecta y el modo en que las afecta, entre
otros –y muy pocos– factores.
Mientras mayor sea la cantidad de “objetos” referidos
a un hecho que maneje un periodista –digamos un reportero–,
más posibilidades habrá de que logre transmitir
un mejor y más amplio panorama con respecto a un suceso.
Siempre habrá diferentes versiones, ángulos e interpretaciones
de los hechos, y el papel del periodista no será escoger
los que le parezcan más adecuados, sino presentarlos de
manera que el receptor tenga ante sí un buen espectro de
posibilidades. El reporte de hechos será priorizado de
modo que se refleje cómo ocurrieron, o cómo indica
la evidencia que ocurrieron.
Un aspecto fundamental es que la información no es generada
por los periodistas: ésta siempre preexiste. El periodista
se encuentra ante hechos consumados o en proceso de consumación;
en ciertos casos, busca la información, la procesa y la
transmite, pero no forma parte de ella. No la crea: la encuentra
y la reporta.
Aquí tiene sentido el segundo término: la imparcialidad.
El periodista no es parte de lo que transmite en el sentido –si
se quiere– judicial: no tiene interés personal en
los hechos que va a reportar, y éstos, de manera ideal,
no lo influyen emocionalmente. La aseveración es válida
incluso en los casos en los que el periodista se ve involucrado
en lo que reporta; las técnicas que se aprenden –o
deberían aprenderse– en las escuelas y salas de redacción
tienen como fin lograr un distanciamiento que permita, en todo
caso, ser fiel a los hechos.
Si se sigue la analogía judicial, un periodista no es juez,
parte, jurado, abogado ni acusador, y menos aún guardián:
es un testigo. Para que sea un testigo fiel, cuenta no sólo
con técnicas para las que son necesarias tantos años
de estudio, sino también con herramientas como el cuaderno
y la grabadora, pasando por la cámara fotográfica,
de video y los materiales documentales, bases de datos, etcétera.
Estas herramientas no sirven para convencer a los receptores de
que la información es verídica –son fácilmente
manipulables–, sino que el reporte sea lo más preciso
que se pueda. Presentar los materiales al receptor es un valor
agregado.
El testigo–periodista no necesariamente ha presenciado los
hechos, aunque sería ideal, y tiene que recurrir a otros
testigos o personas capaces de explicarlos. Algo que no debe olvidarse
es que los hechos generalmente tienen voz propia: son lo que son,
o lo que han sido. Mientras mayor sea la cantidad de testigos
directos, en rigor se llegará más cerca de las causas
y del hecho en sí; pero también, mientras más
interpretaciones se busque, mayor será la posibilidad de
alejarse del hecho puro y convertirlo en algo diferente.
Y se vuelve al principio: el periodismo no es más que una
serie de técnicas que sirven para que la transmisión
de información a un eventual receptor. A veces las teorías
acerca de la comunicación que se enseñan en las
escuelas, si no están bien asumidas, pueden hacer que el
periodista pierda el horizonte y le otorgue a su oficio características
que no tiene, o no debería tener.
La tentación de creer que el periodismo sirve para influir
en la realidad, que es un arma de presión contra el poder
–o contra la oposición, si es el caso–, que
el papel social del periodista es ser la “conciencia moral”,
o el adjetivo que se desee, sólo lleva a un periodismo
deficiente.
La información bien manejada –objetiva, imparcial–
tiene el suficiente poder para cumplir con ésos y otros
papeles. Lo único que debe y puede hacer un periodista
para que su labor sea influyente es seguir ciertas técnicas,
muchas de ellas básicas, y escribir bien. Lo demás
llega por su cuenta.