|

“Los Galeas”, las ideas y la amistad
Muchos de los que ahora militan con
la izquierda oficial, son y serán mis compañeros;
por hoy no me queda más que decirles con tranquilidad y
desde mi corazón, a ellos y a los nuevos amigos, que como
en la trova de Pablo Milanés, yo me quedo con todas esas
cosas, pequeñas, pero hermosas.
Lunes 29
de octubre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
Mucha gente acostumbra preguntar o dar opiniones
cargadas de furia acerca de “los Galeas”. Algunos hasta
creen que estás obligado a contestar lo que ellos mismos
piensan. A Marvin no lo conozco en persona, sólo por la vía
de sus artículos, sé de él lo que todo mundo
sabe, que es un hombre de derecha, nada nuevo pues él lo
ha reconocido en público.
Hay quien me ha preguntado si soy amigo de uno o de ambos, y en
el tono de sus palabras hay un gesto malicioso, como si buscaran,
en el caso de ser cierto, un rasgo de vergüenza o un motivo
para negarlo.
En un hombre como yo, a quien no hay luces que le deslumbren ya,
salvo las que no vengan de los placeres de la carne y el espíritu,
donde la política no está incluida, nada pueden significar
esas preguntas, más que la curiosidad natural del vecino.
Geovani, en cambio, es un amigo —creo que puedo atribuirme
tal relación—, y cuando se utiliza una palabra que
alude a los sentimientos, uno debe saber que está situado
en un lugar donde las diferencias, en especial las que aluden a
las ideas, no deberían ser motivos para que aquella no exista.
Creo oportuno hablar de este doméstico asunto pues yo mismo
tuve que pasar hace años con esa pesadilla en ancas. Debo
admitir que no una, sino muchas veces, las columnas de Marvin Galeas
me sacaban de quicio, más nunca pase de recrear la inconformidad
en una oculta y soberbia puteada, en cuya base no había más
molestia que la que surge del dolor que te deja el recuerdo de los
caídos, de los compañeros, de los amigos que un día
dejaste dormidos entre las piedras, cuando una frase te ha retorcido
el alma y tú la crees despreciablemente vinculante.
He sabido de las veces que no uno sino varios sujetos han querido
agredir a Marvin Galeas, o lo han insultado y amenazado por el asunto
de sus ideas; en ello veo la mentalidad que solemos tener por no
admitir que el universo no es uniforme y que se mueve y cambia.
Y lo peor de todo es que aquellos que se arrogan el derecho de definirlo
de una u otra manera y califican a unos u otros como “renegados”
o “consecuentes”, también sostienen la bandera
de la paz en sus manos, y saben muy bien que pudieron ponerse de
acuerdo con los que del otro lado esgrimían un fusil, pero
no con los suyos, y, en el peor de los casos, muchos ni siquiera
saben qué significa el dormir envuelto en una bolsa plástica
entre el lodo y la lluvia, pero ambicionan pegarte un tiro.
La figura de los muchachos que avanzan con el capitán Miller
en busca del soldado Ryan me viene a la memoria: sabrás perdonar
la vida del soldado enemigo, pero no tolerarás una pizca
de diferencia en tu propio compañero, o de quien lo haya
sido.
Hay de algunos “genios” que creen que la actitud de
no alarmarse por las diferencias, más allá de las
meras inquietudes intelectuales, es situarse en el mundo de la socialdemocracia,
término utilizado peyorativa y patológicamente. Sí,
hay quienes lo creen de veras, que los sentimientos están
ligados inevitablemente a la ideología, y que ellos son “los
más bravos”.
Es muy fácil acusar a las personas, con argumentos infundados,
de ser esto o aquello, la mediocridad suele ir acompañada
de tales armas. Los hombres debemos ser libres para confesar nuestra
militancia.
Cuando comienzas a escuchar que tus compañeros, a los que
has respetado y defendido en público, y en su ausencia, te
difaman colocando epítetos que van desde el traidor, te incomoda,
te duele, te confunde, pero a la larga, eriges tu cuerpo pues sabes
de lo insustancial que son esos miserables discursos. La cobardía
mayor es decir que todo aquello que es distinto a tu plan mesiánico
está pagado por “el enemigo”.
En la medida que la vida me muestra los amplios y variados espectros
de la existencia, me doy cuenta de que he ganado mucho al abrir
mis puertas; ahora puedo decir que los capitanes veteranos del ejército
salvadoreño, Von Santos y Charli Santiago, son esos amigos
en crecimiento con quienes aprendo a ver el mundo que nunca pude
tocar con mis manos, y que la grandeza humana es siempre maravillosa,
que ellos, con sus experiencias ponen en mi camino el inagotable
universo del conocimiento y del entendimiento racional.
De un loco, como yo, que fue educado en la familia del Partido Comunista,
podrían esperar lo contrario, es cierto, siempre ando con
las actitudes críticas y el hígado embalado, pero
en la terquedad por enfocar la vista a lo que creo la esencia de
las cosas y no a lo superficial.
El militante o dirigente está convencido que su amistad cercana
con un hombre de derecha o de cualquier otra variable del pensamiento
político, es, en cualquier caso, una relación necesaria,
como en el de los negocios o las alianzas; pero no admiten que tales
relaciones se den en la vida de los demás, de inmediato las
condenan.
Las miserias humanas son las verdaderas protagonistas de los desprecios
y las intolerancias de muchos militantes; las ideas, por dispares
que sean —está demostrado—, se pueden contrariar,
sin llegar a la amenaza o al ataque garrulo.
Recuerdo cuando leí Adiós muchachos, el testimonio
de Sergio Ramírez Mercado, me pareció honesto, desgarrador,
triste, descarnado y repleto de nobleza. Ahí se describe
una época sobre la que siempre volvemos, algunas veces con
lágrimas otras con furia y otras con serenidad.
Estoy convencido que a la luz de una pequeña conversación
con una parte contrariada, uno puede darse cuenta de lo necesario
que es redefinir los conceptos de uno mismo, de lo interesante que
se vuelve la reflexión cuando encuentras una hoja diferente
a otra, una palabra, un punto de vista que no conocías.
Hace un par de años tuve una conversación con el maestro
Carlos Velis; él insistía en ser un anticomunista,
le dije que me parecía no eso sino un “antipartido
comunista”, pues dado lo que conocía de su forma de
concebir el universo, no veía dónde podía reñir
con el sistema de valores del comunismo.
Y era cierto, por ahí andaba el asunto, las esencias se habían
mezclados con sus formas. Yo suelo navegar entre Bakunin y Marx,
y no creo que pueda anclarme en ningún puerto; soy, como
cualquier mortal, una existencia que se llevará el viento,
“un barco frágil de papel”.
La tolerancia no es sinónimo de docilidad al momento del
debate; es ante todo la posibilidad de defender las ideas, comprendiendo
que solo puede ser sobre la base de admitir que existen otras distintas
a las nuestras.
Tampoco es menester negar la lucha como actitud del hombre ante
sus inconformidades y desdichas; los niveles de administración
de la tolerancia devienen de las experiencias de cada quien y del
tiempo y lugar en que se vive. Quienes venimos de la guerra no queremos
volver a ella, “Dios le llaman algunos, otros comercio”.
Ahora puedo reírme de las cosas por las que antes lloré,
puedo reflexionar por aquello que antes ignoré, leer con
tranquilidad uno de esos discursos anticomunistas de Marvin Galeas;
de qué otra manera pudiera escribir este bolero, pero no
voy a coger una gripe o me voy a perder media hora de sueño,
y menos me van a dar ganas de salir y romperle la madre por una
de sus irreverencias intelectuales o de sus provocaciones periodísticas,
al cabo que no están dirigidas a mí, creo estoy mar
adentro para creer que alguien se va a tomar la molestia de hablar
sobre un bucanero como yo (aunque hay quien sí se lo cree).
En los odios que muchos expresan sobre la figura de Marvin Galeas
se oculta un horizonte amplio y confuso como para ambicionar tomarlo
entre las manos; se dice que trabaja para la derecha, quién
no lo sabe, que es provocador, quién no lo sabe, que es anticomunista,
quién no lo sabe; sé de unos cuantos que se dicen
comunistas y que tienen jugosos negocios con personajes de la derecha,
sé de ciertos militantes que beben buen whisky con sus antípodas
en tardes soleadas o en el amanecer; vaya, ni me importa lo uno
ni lo otro, cada quien es dueño de su trasero y puede hacer
con él un florero si así le place.
Yo interpreto el odio a Marvin Galeas como el odio a las posibilidades
de buscar respuestas inteligentes acerca del por qué los
seres humanos podemos ser esto o aquello, por qué defendemos
estos o aquellos sistemas de valores, por qué somos algo
que en apariencia es distinto a lo que fuimos, y hay que decir,
iguales odios se leen contra los comunistas en los editoriales del
periódico para el que él escribe.
He dicho, por otra parte, que Geovani Galeas es mi amigo; diferimos
en muchas cosas de la vida y estamos de acuerdo en otro tanto más,
nada extraordinario, sólo la amistad que siempre lo es, y
más cuando surge en una menuda casualidad: la pasión
por la literatura.
Cuando la vida se aprecia con hipocresía y morbosidad política
puedes pretender cosas tan imposibles como obviar el rictus de la
hiena que muchos dejan babear en las reuniones de las cúpulas,
mientras afilan los cuchillos, no precisamente para cortar el pollo.
Quién podría quitarnos los momentos vividos, los miedos
y las alegrías, las tristezas, las angustias; esas noches
de posguerra en que seguimos quietos ante nuestros ordenadores,
pensando en el qué comerán nuestros hijos el día
de mañana o qué sucedería si caes enfermo si
no tienes ni un pésimo seguro; nuestras propias miserias
están ahí también, sumergidas en esos caldos;
cada quien es lo que es, y debería saberlo, yo al menos creo
que la inyección que me fue puesta por los comunistas sigue
presente, en lo que me sirva para el bien y no para amargarme la
vida.
Muchos de los que ahora militan con la izquierda oficial, son y
serán mis compañeros; por hoy no me queda más
que decirles con tranquilidad y desde mi corazón, a ellos
y a los nuevos amigos, que como en la trova de Pablo Milanés,
yo me quedo con todas esas cosas, pequeñas, pero hermosas.
|