Rigoberta Menchú,
la mentira y la industria del victimismo
Ese día la transmisión
de Radio Venceremos se interrumpió en seco de repente,
y solo pudo continuar después de unos diez minutos, pero
hablando de otra cosa y como si no había pasado nada. Pero
sí había pasado. Molesta por una pregunta que consideró
políticamente imprudente, Rigoberta Menchú suspendió
su mensaje en vivo a los combatientes del FMLN, me lanzó
una furibunda regañina y se marchó indignada, amenazándome
con llevar su queja hasta el nivel de las comandancias generales
guerrilleras.
Lunes 29
de octubre de 2007
Geovani Galeas
(Primera parte)
ggaleas@centroamerica21.com
Era finales de 1981. Nos encontramos en una de las
casas clandestinas que el Ejército Revolucionario del Pueblo,
de El Salvador, tenía a lo largo de la carretera Sur de Managua.
Desde ahí puentearíamos la entrevista para la Venceremos,
que transmitía desde el frente de guerra en los cerros Morazán.
En realidad, había que tener reseco el corazón para
no conmoverse con la historia de aquella joven indígena maya,
que por entonces tenía 22 años de edad y seguramente
no imaginaba siquiera la fama y la gloria que a la vuelta de unos
años le esperaba. Era pequeña y gordita y vestía
a la colorida usanza de su pueblo.
Rigoberta me relató entonces vívidamente cómo
en unos pocos meses el ejército de Guatemala había
matado en la forma más cruel a sus dos hermanos, al padre
y a la madre, y había borrado del mapa su aldea natal, Chimel,
en el norte del Quiché guatemalteco, con casi la mitad de
sus habitantes. “Los demás se fueron a huir a las montañas
y no les quedó otro camino que la guerrilla”, dijo.
Ella lo había visto todo “con sus propios ojos”,
incluso cuando los soldados torturaron y quemaron a uno de sus hermanos.
Pero eso no era todo.
Nunca había ido a la escuela porque desde los seis años
trabajó en fincas y, ya adolescente, fue sirvienta en casas
de abusadores ricos ladinos. Cuando era niña también
vio como el menor de sus hermanitos se murió de hambre, porque
la familia no tenía nada con qué alimentarlo. Por
eso, desde muy joven, y siguiendo el ejemplo de su padre, ella también
se había convertido en luchadora social “contra los
terratenientes, los militares y los ricos en general, porque esos
son los enemigos de nosotros los pobres”.
En esas estábamos cuando se me ocurrió
la peregrina idea de preguntarle su opinión sobre la extrañas
circunstancias de la muerte del comandante Camilo, miembro de la
comandancia del Ejército Guerrillero de los Pobres, EGP,
la organización de la cual ella era militante. En esos momentos
teníamos informaciones confusas al respecto: se decía
que había caído en combate contra el ejército,
pero también se decía que había sido ejecutado
por su propia organización por haber impulsado un movimiento
disidente al interior de la misma.
Rigoberta Menchú, dejó de ser en ese justo momento
la humilde, dulce y sufrida indita que apenas hablaba español.
Se puso en pie y me hizo gestos apremiantes para que parara la transmisión.
Desconcertado, no logré entender su cambio de actitud pero
sí saqué del aire la entrevista. “¡Off
the record, por la gran puta¡”, me gritó cuando
estuvo segura de que estábamos ya desconectados de la Venceremos.
Y, con poco cantadito indígena y con mucho de la jerga ideológica
de la izquierda armada de aquellos años, me dijo casi a gritos:
“Es usted un inconsecuente, compañero, su pregunta
es una intromisión en los asuntos internos de nuestra organización.
Usted no tiene ningún derecho a preguntarme en público
sobre esa situación, que ya está siendo debidamente
informada, y por los organismos pertinentes, a todas las organizaciones
revolucionarias hermanas”. Acto seguido me exigió que
le diera el nombre de mi jefe político y se marchó
sin más, dejándome literalmente con la boca abierta.
El ascenso
Unos meses después Rigoberta Menchú estaba en París,
contándole a la antropóloga Elizabeth Burgos, de la
Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales de Francia, el impactante
recuento de sus desgracias personales y las de su pueblo.
Elizabeth Burgos era la esposa del filósofo
Regis Debray, que en su juventud, con su célebre libro “Revolución
en la revolución”, le había dado sustento teórico
a la estrategia de la revolución armada latinoamericana (un,
dos, tres Vietnam), diseñada por Fidel Castro y el Che Guevara
en los años sesenta. Rolando Morán, comandante en
jefe del EGP, y viejo amigo de la pareja de intelectuales, le había
pedido a Elizabeth que escuchara la historia de Rigoberta y que
escribiera y publicara algo sobre su testimonio “para que
el mundo sepa la verdad sobre la represión genocida en Guatemala”.
Rigoberta habló ante una grabadora durante horas, días
y semanas. Elizabeth editó el relato, lo puso en estilo y
bajo el título de “Me llamo Rigoberta Menchú,
y así me nació la conciencia”, lo convirtió
en unos de los libros más vendidos, traducidos, reseñados
y glorificados en la historia editorial contemporánea.
Con aquel libro bajo el brazo, con su dulce cantadito y su colorida
vestimenta, Rigoberta recorrió el mundo entero y los principales
foros políticos internacionales, denunciando a los poderosos
de su país y clamando solidaridad para sus hermanos en lucha,
a quienes se les había impuesto la guerra, según su
alegato.
Las buenas conciencias europeas y norteamericanas se rindieron ante
aquella valiente y persuasiva muchacha, que encarnaba al mismo tiempo
todo el sufrimiento, toda la dignidad y toda la lucha de su pueblo.
Su testimonio era la prueba irrefutable de la justeza de las luchas
revolucionarias en Centroamérica.
En Europa y en los Estados Unidos, los académicos decretaron
que su libro testimonial era modélico, y los activistas determinaron
que su causa era digna de todo el apoyo político y financiero
posible. Aquella humilde mujer indígena les restregaba en
la cara quinientos años de injusticia, despojo y opresión.
Su gira internacional de denuncia coincidió con la inminencia
de lo que para unos era la celebración de los 500 años
del encuentro de dos mundos, el descubrimiento y la conquista de
América, y para otros era el triste y doloroso aniversario
de una vasta operación imperial de rapiña y genocidio.
La ONU nombró a Rigoberta como su embajadora especial ante
los pueblos indígenas del mundo.
En 1992 Rigoberta Menchú llegó a la cúspide
de su carrera cuando le fue concedido el Premio Nobel de la Paz.
Pocos meses antes de ese suceso, sin mediar mayores explicaciones,
le había notificado a Elizabeth Burgos que había decidido
retirarle el crédito de autoría de “su”
libro.
El descubrimiento de la mentira
Después de firmada la paz en Guatemala, Elizabeth Burgos
se encontró con su viejo amigo Rolando Morán, en 1998,
lo entrevistó y entre otras cosas le preguntó qué
había motivado la decisión de Rigoberta Menchú
en relación al libro. En un extenso ensayo sobre el tema,
“Memoria, transmisión e imagen del cuerpo”, Elizabeth
consigna la respuesta del comandante en jefe del Ejército
Guerrillero de los Pobres:
Elizabeth, ninguna de las cosas que ha hecho Rigoberta al respecto
fue autorizada por mí ni por la dirección del EGP.
Una vez Rigoberta fue a la montaña, hablamos y yo sentí
en ella un problema de contradicciones. Me habló sobre el
libro, y yo le dije: las cosas que tienes que solucionar, soluciónalas
tú con Elizabeth, porque ella tiene toda mi confianza.
Rigoberta me dijo que se sentía presionada y que quería
venirse a la montaña. Yo le dije que terminara su periodo
de viajes pendientes que y que se viniera. Noté en ella una
situación conflictiva interna. No sé cómo lo
resolvió, porque después no volvió a decirme
nada más. Con Rigoberta hemos mantenido después una
relación muy cordial… Ella ya hace algún tiempo
que no es miembro del EGP, y por lo tanto dejó de recibir
orientaciones nuestras.
¿Qué problemas, que presiones tenía Rigoberta
Menchú, como para querer abandonar su ascendente carrera
política internacional y venir a refugiarse a las montañas
guatemaltecas? Ocurría que, por ese tiempo, un antropólogo
norteamericano llamado David Stoll, había estado indagando
sobre su vida y sus relatos en su región natal, y que luego
de haber consultado archivos y entrevistado a sus antiguos vecinos,
amigos y familiares, estaba a punto de publicar un libro que le
resultaría sumamente incómodo.
Stoll había descubierto que Rigoberta le había mentido
a Elizabeth Burgos y al mundo entero. El impactante relato de su
vida no era el producto de vivencias personales sino el fruto de
su imaginación. El hermano menor que murió de hambre
no había existido; tampoco había visto morir quemado
a su otro hermano (que por otra parte no constaba que en realidad
hubiera muerto); y no era cierto que ella no había ido nunca
a la escuela por estar dedicada al trabajo en fincas y en casas
de ricos: Rigoberta había estudiado hasta la secundaria en
un internado de monjas de la orden de la Sagrada Familia.
Tampoco era verdadero que su padre, Vicente Menchú, se había
enrolado en la lucha porque los voraces terratenientes ladinos de
la zona querían despojar a los indígenas de sus tierras.
Se trataba de toda una cadena de mentiras bordadas hábilmente
sobre un fondo de verdades generales irrefutables. El tinglado que
Rigoberta Menchú había montado y vendido al mundo
estaba a punto de derrumbarse: David Stoll tenía las pruebas
documentales y testimoniales de sus mentiras.
(Próxima entrega: la
falsedad de un testimonio)
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