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Salarrué

Salarrué,
En la memoria de Ricardo Lindo:
El último señor de los mares


Las anécdotas que rodean a Salarrué son abundantes, extrañas con frecuencia, rozando los ámbitos de lo imposible. Él mismo contaba algunas con tal candor que era imposible no creerle, pues aquel gigante de voz pausada y grave tenía una infantil mirada azul que desarmaba. Como algunas me constan, daré por ciertas todas, sean verdaderas o fruto de su imaginación o de las imaginaciones que lo acompañaron.


Lunes 5 de noviembre de 2007 Ricardo Lindo
Segunda entrega
redaccion@centroamerica21.com

 

 

Los mitos rara vez se hacen visibles

La primera vez que lo vi yo tenía trece años. Acabábamos de regresar de Sudamérica y visitábamos el mar. Hugo Lindo había sido embajador de El Salvador en Chile y Colombia. Por esta razón la familia había permanecido casi ocho años fuera. Por la misma, El Salvador era para mí un país de leyenda. Y esa mañana, en la playa, conocí a uno de sus personajes míticos, Salarrué. Ya lo había leído y lo admiraba. Me quedé contemplándolo con asombro, pues los mitos rara vez se hacen visibles. Más tarde, el viejo le comentó a Hugo Lindo la satisfacción que había tenido al verse contemplado así por un niño.

La última vez que tuve contacto con él fue el año pasado, a más de tres décadas de su muerte.

Me habían llamado de MARTE, el Museo de Arte de El Salvador, para encargarme organizar la exposición de sus obras pictóricas. Aquello me encantó. Pero, después de las reuniones iniciales con los responsables del Museo, me sentí descorazonado. Sentí que se pretendía algo muy burocrático, totalmente ajeno a su espíritu y a mi instinto. Entonces escuché su inconfundible voz pidiéndome: "No, no lo dejes".

Roberto Galicia, el director de MARTE, también había percibido mi desazón y tuvo una idea genial: organizar la muestra pictórica alrededor sus cuentos, a manera de ilustraciones. La mesa directiva aprobó de inmediato y me lancé a la tarea.

Si bien acudí a varios de sus textos para el montaje, tomé fundamentalmente como guía una de sus obras de juventud, O' Yarkandal. Es el único libro suyo que él ilustró y quizás el más bello. Él mismo ha de haberlo sentido así, pues cuando, para homenajearlo con motivo de sus setenta años el gobierno de El Salvador le propuso reeditar una de sus obras, escogió O' Yarkandal y completó las ilustraciones. De esa serie sólo se exhibieron algunos bocetos, pertenecientes al Museo de la Palabra y la Imagen, (MUPI), copatrocinador de la muestra. Conseguimos bastante obra, pues fue abundante su producción, y la exposición incluyó incluso una de sus esculturas, mucho más escasas que sus pinturas, pero no hallamos ninguna de esas acuarelas.

Pero el caso es que al abrir ese libro y ver el mapa de Dathdalía, el fantástico imperio sumergido donde suceden esas historias fantásticas, encontré un río llamado R. LINDO. Reparé en eso y releí. Era un error de mi parte. Es R. LING. Pero se lo mostré sin decirle nada a un amigo que estaba junto a mí y exclamó:

¡Dice R.LINDO y está con tu letra!

Sus mayúsculas manuscritas, en efecto, son muy similares a las mías.

Las leyendas marítimas del soñador Euralas

En ese libro de juventud, según cuenta Salarrué en el prólogo a la segunda edición, él encontró dentro de sí a Euralas Sagatara, el yo interior y creador al cual se debía, emperador del continente subacuático, donde muchas son las razas y las lenguas y las tradiciones. El título, O' Yarkandal, proviene del idioma bilsac, una de las lenguas imaginarias de aquellas tierras, y su traducción es incierta. El viejo Salarrué se sorprendió al ver en su trabajo de juventud esos idiomas con reminiscencias árabes, griegas, hindúes, chinas, lenguas que no estudió jamás.

No obstante, desde antes de descubrir a Euralas, su misterioso alter ego, el joven Efraín Salvador Salazar Arrué sabía que su destino era el arte. Por ello, adolescente incapaz de costearse los estudios correspondientes, se arrojó a las olas con la intención de ahogarse. Lo sacaron a tiempo y un elegante señor que estaba en la playa pidió ver al muchacho. Lo condujeron a él chorreando y sin zapatos. El señor era el presidente de la república. A l saber las razones de su desconsuelo le otorgó una beca para estudiar pintura en Washington y le regaló dinero para un par de zapatos.

Nadie compraba pintura, menos aun las cosas "raras" que él hacía

Y fue allá y estudió en Corcoran, una prestigiosa academia. Su regreso fue menos promisorio. Nadie compraba pintura, menos aun las cosas "raras" que él hacía. Desesperado, puso un anuncio en el periódico ofreciendo pintar de gratis a quien le ofreciera los materiales. Nunca, en vida, fue muy reconocido como pintor. Lo fue en cambio como escritor, lo cual provee de honras pero no de dineros, y menos en aquel entonces.

Visitaba con frecuencia nuestro artista a las jóvenes Lardé cuando vio que una faltaba. Estaba en el hospital. Enamorada de Salarrué, se había cortado las venas al ver que este ni siquiera se daba cuenta. Pero Salarrué no deseaba que nadie sufriera por su causa, así que se casó con ella. Dos suicidas fallidos procrearon tres hijas y llegaron a viejos viviendo no siempre felices, pues él amó a otras mujeres en la ruta, aunque nunca la abandonó. Pero él era un místico hedonista y no pensaba que eso fuera culpable, ni Zélie lo pensaba.

Mi madre suele decir que él y la pintora Zélie Lardé, su esposa, "no eran gente de este mundo", y recuerda que una vez fueron con mi padre a su casa y vieron en la sala la foto de Eleonora, la amante norteamericana del escritor. Salarrué explicó que era "una amiga que tenía en Nueva York" y añadió que deseaba que viniera al país. Zélie procuraba disuadirlo diciendo que cómo iba a invitar aquí a esa señora, que no veía lo deteriorada que estaba la casa.

Era esa casa ya no deteriorada donde hoy está la Casa del escritor, en los Planes de Renderos cerca de la iglesia

Salarrué fue reconocido como el autor de los campesinos Cuentos de barro, pero esa obra espléndida de inspiración planetaria, O' Yarkandal, se quedó entre las algas y los corales en algún cofre de un palacio del continente perdido.

Puedo jactarme de ser quien la devolvió al presente. Cuando se seleccionaron los primeros diez libros de la Biblioteca Básica Salvadoreña de la DPI, formaba parte de la comisión editorial, y por insistencia mía se situó ese libro en vez de Cuentos de barro, cuya belleza no he de negar tampoco. Y luego estuvo MARTE y pude situar en ese planeta varias de las leyendas marítimas del soñador Euralas.




En este espacio de la sección Cultura, la pluma y la mirada de Ricardo Lindo, ofrece a nuestros lectores retazos de la persona y la personalidad de escritores y artistas que, junto a la lectura de sus obras nos acercan al universo íntimo de cada uno de ellos, y de la época en que vivieron.

Claudia Lars
“Esto fue de cuando estuve enamorada de…”

Alvaro Menén Desleal
“Extravagante, divertido y perverso”

Hugo Lindo:
“Hablo de mi padre el poeta Hugo Lindo”

Raúl Contreras:
El escándalo de Lydia Nogales

Mario Hernández Aguirre:
"Come curas, ateo y burlón"


Francisco Gavidia
Un bicho medio loco y un indio Chorotega

Walter Beneké
Un super ministro con carta blanca

Ismael G. Fuentes:
La escuela de San Salvador y los modernistas

Marcel Marceau
En la memoria de Ricardo Lindo:
Ha muerto Marcel Marceau y es como si muriera una parte del silencio

Rolando Elías
En la memoria de Ricardo Lindo:
“El adalid de una mansa locura“


José Jorge Laínez,
en la memoria de Ricardo Lindo:
Mister Ikuko, un clásico de nuestra literatura infantil

José Jorge Laínez,
en la memoria de Ricardo Lindo:
Mister Ikuko, un clásico de nuestra literatura infantil


Salarrué,
En la memoria de Ricardo Lindo:
El último señor de los mares

(Primera entrega)

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