
¿Pacto o conflicto?
Algunas lecciones de la negociación
Muchas veces la razón que se arguye para rechazar
o aceptar un enemigo en una mesa de negociación, es cuestionar
su calidad moral. Se utilizan como argumentos les hechos del pasado
y los daños que las partes se han causado entre ellos,
o a terceros inocentes durante el conflicto, en el marco de todas
las atrocidades que una guerra conlleva.
Lunes 5 de noviembre de 2007
Joaquín Villalobos
Redaccion@centroamerica21.com
Probablemente nada sea más criminal en una
guerra que una visión de la historia, una concepción
del mundo o una creencia religiosa, cuando son llevadas a sus extremos
y convertidas en el fin que justifica los medios. En ese sentido
nadie queda con las manos limpias y todos los que participan en
el conflicto tienen páginas que quisieran arrancar de su
pasado.
Las diferencias de calidad y cantidad de los errores no hacen mejor
o peor a nadie, ya que hay una responsabilidad colectiva en la existencia
misma del estado de guerra, que anula, disminuye o bloquea los sentimientos
y percepciones humanas individuales. Hay un marco condicionante
que lleva a hombres comunes a convertirse en héroes, mártires
o verdugos.
Un conflicto es la expresión de que la sociedad necesita
nuevas reglas para manejar los problemas del poder, y la solución
negociada será siempre un reflejo de la correlación
de fuerzas. Un conflicto mantiene como dominante la idea del todo
o nada y esto no permite pactar.
Negociar es entender y aceptar lo posible. La confianza entonces
ya no es un asunto moral sino práctico y político,
que un acuerdo de paz es esencialmente un arreglo entre enemigos.
El punto fundamental de una transición es construir nuevas
normas e instituciones y en estas cimentar la confianza.
Estas son algunas de las lecciones que nos dejó el proceso
de negociación:
-Entender que la paz y la democracia tienen que ver más con
el futuro que con el pasado. Heredar luchas a las futuras generaciones
no es moralmente correcto y orienta energías en dirección
cerrada a la posibilidad de progreso.
-En un momento dado del proceso de diálogo y negociaciones,
los moderados de ambos bandos estarán más cerca entre
ellos, que de los grupos ideológicos a los que pertenecen.
Esto no es traición, es realismo.
-Cambiar la percepción que cada parte tiene de la otra. La
polarización produce una carga emocional que impide la objetividad.
Normalmente hay siempre exageraciones y visiones falsas sobre el
enemigo.
-Paz y democracia significan cambios graduales. Los procesos de
ruptura revolucionaria pueden lograr cambios dramáticos,
pero sus consecuencias no siempre son pacíficas. La democracia
aparenta ser lenta, pero produce cambios más sólidos
y duraderos.
-Nadie tiene manos limpias en una guerra. La reconciliación
es más fácil si se acepta esta realidad. La diferencia
cuantitativa o cualitativa de violaciones, además de implicar
una discusión interminable, olvida que en definitiva la violencia
responde a un patrón común. No hay guerras santas
o buenas. Las guerras son realidades, inevitables a veces, pero
siempre negativas.
-La paz es más difícil que la guerra. La guerra simplifica
la realidad. Todo es blanco o negro, en contra o a favor, y la voluntad
es más importante que la inteligencia. La democracia y la
paz traen la diversidad, la multiplicidad de intereses, los controles
y las decisiones complejas, con ello la inteligencia y el conocimiento
se vuelven más importantes que la voluntad.
-La democracia no es la solución de los problemas, sino un
mecanismo pacífico para resolverlos.
|