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¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño?

 

Los principales problemas del periodismo en El Salvador –y en otras partes; no es el caso ahora– tienen que ver con la formación de los nuevos periodistas, pero también con las deficiencias de sus maestros, o de quienes debieran fungir como tales.

El problema más básico son los maestros universitarios que nunca han ejercido el oficio (es importante destacar la palabra “oficio”). Terminan sus estudios y, antes de pisar una redacción, o en lugar de ello, se enrolan como maestros universitarios, para enseñar materias sobre las cuales no tienen conocimientos prácticos. Y el periodismo es ante todo práctica: una serie de técnicas que, en abstracto, no sirven para mucho, excepto para calificar –y mal– exámenes mensuales.


Lunes 5 de noviembre de 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

Una variante es que periodistas que aún están en formación, haciendo sus primeras armas en los medios, son reclutados como profesores, y lo que logran es reproducir sus propios errores, desde los más básicos –redacción, ortografía– hasta lo más complejos –concepción del periodismo y su papel social.

Como todo oficio –una disciplina conformada por técnicas, sin fundamentos científicos discernibles–, el periodismo se transmite al estilo de los viejos oficios medievales: del maestro al oficial, del oficial al aprendiz. En las escuelas de periodismo se obtienen fundamentos teóricos o casi teóricos, y las prácticas se ajustan a los tiempos del año lectivo, no de una redacción de verdad.

Cuando un periodista llega a una redacción con su título reluciente, sus nociones de periodismo aún están poco relacionadas con la práctica; las materias que ha cursado le darán una pálida idea de lo que es el asunto. Lo que pasa, en general, es que el joven periodista tendrá que aprender “todo”, y la escuela le servirá como un referente no siempre fiel.

En parte quizá sea porque sus maestros forman parte de los grupos que se menciona en los primeros párrafos, quizá porque aquéllos pertenecen a otra especie: los que nunca lograron destacar y huyeron hacia la academia. Son los más peligrosos: ven el oficio con amargura, y no logran descifrar el mundo a través de herramientas que no saben manejar, pero pretenden que sí. Esta actitud puede calar muy hondo en los jóvenes más impresionables o que no tienen clara su vocación.

Lo cierto es que la verdadera escuela de los periodistas es la redacción. El papel de “oficiales” –los que transmiten el oficio– está en general a cargo de los editores, y alguno de ellos –quizá el editor jefe– fungirá como maestro, esto es: quien está a cargo de dar cohesión a la línea editorial, al orden de las secciones y del periódico y de supervisar la formación y avance de los jóvenes, con los editores como mediadores.

A mediados y finales de los noventa se dio en El Salvador la aparición de una camada de periodistas jóvenes que quizá llevaron al periodismo a lo que hasta ahora podría ser el inicio de una edad de oro que se vio truncada en pocos años.

Los motivos fueron simples, además de los ya anotados. En primer lugar, la mayor parte fueron entrenados como reporteros, y hay muchos nombres que podría mencionarse sin levantar protestas. A la hora en que los editores se retiraron o fueron retirados, se tomó a los reporteros más destacados y se los colocó en su lugar. El error fue grave.

El oficio de editor es tan específico como el de reportero o el de fotógrafo. Requiere de una formación especial, de vocación, de un cierto talento, y en el peor de los casos de técnicas que el reporteo no ofrece. Así, los medios fueron ganando editores deficientes y sin noción del oficio, y perdiendo excelentes reporteros. En el rincón desde el cual un buen editor brilla, un reportero languidece.

Los reporteros fueron obviamente sustituidos por otros, y era de esperarse que siguiera la cadena natural de hechos: los oficiales –los editores–, con una visión más amplia del periodismo y con una experiencia mayor, debían cumplir con la tarea de transmitir el oficio. Pero ¿cómo hacerlo sin los conocimientos necesarios, más allá de la noción de corregir y llenar páginas? ¿Cómo, si desde el origen algo anduvo mal? ¿Cómo, si los medios apostaron a algo de una manera tan rotunda que no podía haber marcha atrás?

Esas deficiencias y males no afectan a todos los periodistas salvadoreños, pero sí hay una constante que mantiene al periodismo en un nivel que vale la pena cuestionarse. Y el descenso continúa.

Lea también: (Edición anterior)
Objetividad e imparcialidad

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