Los principales problemas del periodismo en El Salvador
–y en otras partes; no es el caso ahora– tienen que
ver con la formación de los nuevos periodistas, pero también
con las deficiencias de sus maestros, o de quienes debieran fungir
como tales.
El problema más básico son los maestros universitarios
que nunca han ejercido el oficio (es importante destacar la palabra
“oficio”). Terminan sus estudios y, antes de pisar
una redacción, o en lugar de ello, se enrolan como maestros
universitarios, para enseñar materias sobre las cuales
no tienen conocimientos prácticos. Y el periodismo es ante
todo práctica: una serie de técnicas que, en abstracto,
no sirven para mucho, excepto para calificar –y mal–
exámenes mensuales.
Una variante es que periodistas que aún están en
formación, haciendo sus primeras armas en los medios, son
reclutados como profesores, y lo que logran es reproducir sus
propios errores, desde los más básicos –redacción,
ortografía– hasta lo más complejos –concepción
del periodismo y su papel social.
Como todo oficio –una disciplina conformada por técnicas,
sin fundamentos científicos discernibles–, el periodismo
se transmite al estilo de los viejos oficios medievales: del maestro
al oficial, del oficial al aprendiz. En las escuelas de periodismo
se obtienen fundamentos teóricos o casi teóricos,
y las prácticas se ajustan a los tiempos del año
lectivo, no de una redacción de verdad.
Cuando un periodista llega a una redacción con su título
reluciente, sus nociones de periodismo aún están
poco relacionadas con la práctica; las materias que ha
cursado le darán una pálida idea de lo que es el
asunto. Lo que pasa, en general, es que el joven periodista tendrá
que aprender “todo”, y la escuela le servirá
como un referente no siempre fiel.
En parte quizá sea porque sus maestros forman parte de
los grupos que se menciona en los primeros párrafos, quizá
porque aquéllos pertenecen a otra especie: los que nunca
lograron destacar y huyeron hacia la academia. Son los más
peligrosos: ven el oficio con amargura, y no logran descifrar
el mundo a través de herramientas que no saben manejar,
pero pretenden que sí. Esta actitud puede calar muy hondo
en los jóvenes más impresionables o que no tienen
clara su vocación.
Lo cierto es que la verdadera escuela de los periodistas es la
redacción. El papel de “oficiales” –los
que transmiten el oficio– está en general a cargo
de los editores, y alguno de ellos –quizá el editor
jefe– fungirá como maestro, esto es: quien está
a cargo de dar cohesión a la línea editorial, al
orden de las secciones y del periódico y de supervisar
la formación y avance de los jóvenes, con los editores
como mediadores.
A mediados y finales de los noventa se dio en El Salvador la aparición
de una camada de periodistas jóvenes que quizá llevaron
al periodismo a lo que hasta ahora podría ser el inicio
de una edad de oro que se vio truncada en pocos años.
Los motivos fueron simples, además de los ya anotados.
En primer lugar, la mayor parte fueron entrenados como reporteros,
y hay muchos nombres que podría mencionarse sin levantar
protestas. A la hora en que los editores se retiraron o fueron
retirados, se tomó a los reporteros más destacados
y se los colocó en su lugar. El error fue grave.
El oficio de editor es tan específico como el de reportero
o el de fotógrafo. Requiere de una formación especial,
de vocación, de un cierto talento, y en el peor de los
casos de técnicas que el reporteo no ofrece. Así,
los medios fueron ganando editores deficientes y sin noción
del oficio, y perdiendo excelentes reporteros. En el rincón
desde el cual un buen editor brilla, un reportero languidece.
Los reporteros fueron obviamente sustituidos por otros, y era
de esperarse que siguiera la cadena natural de hechos: los oficiales
–los editores–, con una visión más amplia
del periodismo y con una experiencia mayor, debían cumplir
con la tarea de transmitir el oficio. Pero ¿cómo
hacerlo sin los conocimientos necesarios, más allá
de la noción de corregir y llenar páginas? ¿Cómo,
si desde el origen algo anduvo mal? ¿Cómo, si los
medios apostaron a algo de una manera tan rotunda que no podía
haber marcha atrás?
Esas deficiencias y males no afectan a todos los periodistas salvadoreños,
pero sí hay una constante que mantiene al periodismo en
un nivel que vale la pena cuestionarse. Y el descenso continúa.