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Boceto de una mujer desnuda (I)

 

El hombre vestido de saco que camina a este lado de la calle soy yo, era en los tiempos que me pavoneaba como abogado del Estado; al otro lado va ella, igual de indiferente que muchas de las gentes que caminan a esas horas, las ocho de la mañana.

Su espalda ancha termina en un par de nalgas redondas y repletas de pequeños cráteres de celulitis, su pelo es muy negro, arrastra un trozo de tela que sostiene con una de sus manos, no lleva puesta ni usa una sola prenda de vestir.

Me pareció extraño que una mujer pudiese caminar desnuda por el centro de la ciudad de Santa Ana con la mayor de las frescuras y que, al parecer, no a muchos les importara.


Lunes 5 de noviembre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Salvo un par de hombres que venían en su misma dirección y que con sesgo morboso dirigieron sus ojos a su pubis, nadie la vio siquiera.

Tuve inquietud por ver hacia dónde se dirigía, pero era muy tarde, esa misma mañana debía entrar a un tribunal de sentencia para acusar a una banda de asaltadores, mi primer juicio como fiscal, y además no había podido terminar de hacer el maldito nudo de mi corbata.

Anoté en una libreta la calle donde vi a esa mujer, la fecha y la hora que marcaban las agujas del viejo reloj del ayuntamiento, arruinado desde la época en que el relojero que subía cada semana a repararlo, murió atropellado por el auto deportivo de un niño rico.

La segunda vez que la vi venía en mi dirección, igual de fresca, los vellos de su pubis eran muy negros y abundantes, sus piernas gruesas y el vientre levemente abultado hicieron que casi me detuviera. Su rostro era de color canela, muy joven, quizá unos veintidós años.

Aunque intenté buscar su mirada, no lo logré, ella tenía el rostro erguido hacia el poniente, sus ojos negros apenas me dejaron encontrar un dejo de locura, que es lo que a cualquiera se le ocurre cuando ve una mujer desnuda en plena calle.

Vaya, que veas una o dos veces a una mujer desnuda en la vía pública puede resultarte normal, de vez en cuando se escapa un loco del hospital y sabido es que las ropas de los cuerdos no son precisamente las de sus gustos, pero si comienzas a encontrarla todas las mañanas y las tardes de la semana, la cosa como que cambia de perspectiva.

El maldito abogado y el novelista, que yacen en el mismo hombre, se dan a la tarea no tan grata de perseguir a la mujer desnuda, una o dos cuadras, otras más. Debo admitir que en algunas ocasiones me detuve y doblé pues la persecución podría parecer una cosa distinta a lo que en verdad era: una mera actitud neurótica.

Después de recoger algunas frutas podridas del mercado o de recibir una manta de una buena mujer, que con cariño la cubría, seguía el camino, no sin antes, a pocos metros, dejar tirada la prenda que le había sido puesta sobre sus espaldas.

Ese fue el otro hecho que me capturó por dentro: muchas mujeres le salían al paso para cubrirla, para darle un viejo vestido, aunque ella siempre se las quitaba del cuerpo a la vuelta de la esquina.
La primera vez que estuvo frente a mí, unos pocos segundos, pude observar una larga y fea cicatriz que le partía el abdomen y subía hacia el tórax.

Al ver que entraba a barrios y tugurios donde se movían mafiosos y borrachos de la ciudad, me di cuenta que allí era abusada sexualmente mientras su mirada apenas se detenía en una vieja lámpara del alumbrado público que pispileaba a una cuadra de ahí.

Cómo era posible que algo así sucediera en una ciudad sin que a nadie pareciera importarle. Yo estaba seguro de que aquello no era imaginario, que no lo estaba inventando, era tal y cual lo describo aquí (al menos eso creo).

Una noche que estaba de turno hubo un hecho que me salvó de caer en la locura: una mujer había roto de una pedrada los vidrios del parabrisas de un auto, la policía le había dado captura inmediata. En el reporte policial no se mencionaba nombre, sólo su edad aproximada, pero el detalle que me hizo saltar de la silla fue que la mujer atacante andaba sin ropas.

Tomé las dos hojas de que hasta ese momento estaba compuesto el expediente y corrí como loco hacia la delegación policial. Eran las dos de la mañana, varios carros patrullas estaban estacionados en la entrada, tres agentes hacían su turno y en la primera habitación sólo estaba el agente de guardia.

Después de identificarme me dirigí hacia las bartolinas. Ella estaba fuera del resto de las mujeres detenidas la noche anterior. El agente que había recibido el caso se levantó de su catre no muy contento, pues lo había sacado de su momento de descanso.

El asunto no era nuevo para él, quién no conocía a esa loca que caminaba desnuda. Cómo podía interesarme en algo tan insignificante mientras en el país los secuestros y las bandas de asaltadores tenían a la gente en el paroxismo del miedo.

Me informó que algunos vecinos del lugar donde había sido capturada aseguraban que su padre vivía al norte de la ciudad. Ordené al policía que fuésemos de inmediato a buscar al hombre.

Es obvio que a los policías no les gusta recibir órdenes de un abogado, y menos si las órdenes parecen alocadas, pero con todo y la inconformidad del susodicho yo tenía conmigo una Constitución de bolsillo y ni modo, llegamos a una vieja estación de ferrocarril casi a las cuatro de la madrugada.
El tren no pasaba por el lugar desde hacía muchos años, los durmientes podridos o escondidos por la tierra y la hierba parecían cansados de sostener los rieles viejos y enmohecidos.

Debíamos esperar a que comenzara a amanecer para preguntar a alguien por el padre de una mujer loca que caminaba desnuda por la ciudad.

Aunque no sabíamos su nombre ni nada de nada, es fácil deducir que sólo una mujer caminaba desnuda por la ciudad, y que por tanto, los vecinos del supuesto padre le conocerían. Una apreciación no tan científica pero valedera.

Y así fue. A la primera persona que logramos abordar, una mujer que sostenía en su cabeza un canasto lleno de jocotes de corona, nos dijo que él vivía a tres cuadras de ahí.

Era una casa de madera, al menos por el frente. La puerta de dos alas tenía una vieja argolla que servía para llamar. Ninguno de los dos la usamos, preferimos gritar un buenos días, que en la boca del policía sonó a amenaza.

Después de un chillido de la puerta salió un hombre de cabeza de cabellos blancos, ojos tristes y voz de mansedumbre, nos vio con resignación cristiana antes de decir, para mi entera satisfacción: Es mi hija.

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