Lo que tanto David Stoll como la Comisión de Esclarecimiento Histórico señalan, sin negar que el ejército guatemalteco cometió el 93 por ciento de las violaciones a los Derechos Humanos durante el conflicto, es que, además de eso, las guerrillas marxistas instrumentalizaron a las comunidades indígenas, en el sentido de provocar deliberadamente la represión contra ellas, para luego denunciar ante el mundo el atropello y lograr así el aislamiento internacional del régimen al cual combatían. Todo ello como parte de un diseño estratégico dentro del cual la denuncia internacional se concibió como una activa arma de combate.
Lunes 5 de noviembre de 2007
Geovani Galeas
(Segunda y última parte)
ggaleas@centroamerica21.com
Fuera de otras muchas mentirillas de carácter más bien circunstancial, el testimonio de Rigoberta Menchú, según las investigaciones de David Stoll, resulta falso en su aspecto fundamental; es decir, en su tesis de que la lucha guerrillera en Guatemala se había originado directamente de la lucha por la tierra por parte de los campesinos indígenas, acosados por la voracidad de los terratenientes ladinos.
Luego de leer ese testimonio, “En Europa y los Estados Unidos se dio por hecho de que el conflicto armado en Guatemala era una confrontación étnica entre indígenas y ladinos, y que se había iniciado por medio de rebeliones indígenas a las que se sumaron eventualmente los guerrilleros ladinos”, señala Elizabeth Burgos en su ensayo antes citado.
Según el relato de Rigoberta, su padre, Vicente Menchú, no se había resignado a dejarse robar la tierra por parte de los terratenientes de la zona, y por ello entró en conflicto con los mismos, y organizó a los aldeanos de Chimel y las zonas aledañas y comenzó su lucha reivindicativa, lo que eventualmente lo obligó a ejercer la autodefensa armada y a buscar el apoyo de las guerrillas del EGP.
Pero lo que Stoll descubrió en los tribunales y las oficinas de registro de propiedades, y que le fue confirmado por vecinos y hasta familiares de los Menchú, fue otra cosa muy distinta. En realidad los conflictos de tierras de Vicente si habían tenido lugar, pero no habían sido protagonizados entre indígenas y ladinos.
Vicente era un hombre inteligente y con iniciativa, pero no había recibido herencia de sus padres. Al casarse con Juana Tum, que sí había heredado tierras, entró en posesión de estas, las administró muy bien y las convirtió en altamente productivas. Sus parientes políticos, hermanos y primos de Juana Tum, entraron en recelo por esas tierras, y ahí comenzaron los pleitos que provocaron zafarranchos familiares y largos procesos en los tribunales. Era un conflicto entre indígenas.
La violencia
¿Entonces cómo comenzó la violencia en la zona, y por qué el ejército devastó en efecto la aldea de los Menchú, al igual que lo hizo en otras muchas aldeas indígenas?
En agosto de 1979, una unidad guerrillera del EGP incursionó en Chimel. Vicente, que era uno de los principales de la aldea salió a darles la bienvenida. Los guerrilleros realizaron un mitin y otras actividades de propaganda y se macharon, pero una par de semanas después regresaron.
En esa nueva ocasión, sacaron de sus casas a Honorio García y a Eliú Martínez, dos medianos terratenientes ladinos, y los ejecutaron públicamente. Fueron los primeros crímenes políticos en la zona. Nadie en la aldea tuvo que ver con el hecho, pero las familias de los ejecutados culparon a los aldeanos y sobre todo a Vicente, por haber recibido en la ocasión anterior a la guerrilla.
Ese fue el verdadero detonante de la violencia en la zona. El ejército llegó y ciertamente reprimió con bárbara crueldad a los indígenas. Los sobrevivientes de la represión huyeron y muchos de ellos terminaron sumándose a las guerrillas, que sistemáticamente usaron esa misma estrategia en muchas otras aldeas: provocar la represión, huir y luego integrar en sus filas a los indígenas perseguidos.
Esta última aseveración, que es una de las conclusiones de la investigación de Stoll, indignó a muchos estadounidenses y europeos partidarios de la izquierda latinoamericana, quienes afirmaron, sin prueba alguna, que el trabajo del antropólogo Stoll correspondía a un plan de la CIA para menoscabar el prestigio tanto de la guerrilla como de Rigoberta Menchú.
Sin embargo, después de la firma del Acuerdo de Paz, la Comisión de la Verdad que investigó las violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante el conflicto (y que estableció que el 93 por ciento de esas violaciones había sido perpetrado por el ejército gubernamental), señalo también lo siguiente, en el apartado 34 del documento de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, CEH:
La CEH ha comprobado que la guerrilla aplicó una táctica de propaganda armada, y de ocupación temporal de pueblos, para ganar partidarios o demostrar su fuerza; pero al retirarse dejaba a las comunidades indefensas y vulnerables.
En muchos casos estas comunidades fueron luego atacadas por el ejército, con un saldo muy elevado de muertos entre la población civil, especialmente en el pueblo maya. En algunos de estos casos conocidos por la CEH, aldeas enteras fueron arrasadas por las fuerzas militares del Estado pocos días después del retiro de los grupos insurgentes que las ocupaban.
En estos casos, aun reconociendo la clara y exclusiva autoría del ejército como responsable de las violaciones masivas, la CEH tiene la convicción de que las acciones de la guerrilla incidieron para desencadenar estos hechos.
Es decir, ni la investigación de Stoll, ni mucho menos el informe de la Comisión de la Verdad, niegan hechos evidentes como la injusticia estructural en Guatemala, la brutal represión ejercida por el ejército gubernamental durante el conflicto, y la condición de miseria y exclusión en que viven los pueblos indígenas.
Lo que señalan es que, además de eso, las guerrillas marxistas instrumentalizaron a las comunidades indígenas, en el sentido de provocar deliberadamente la represión contra ellas, para luego denunciar ante el mundo el atropello y lograr así el aislamiento internacional del régimen al cual combatían. Todo ello como parte de un diseño estratégico dentro del cual la denuncia internacional se concibió como una activa arma de combate.
Rigoberta Menchú Tum, militante del EGP y cuadro principal de su gestión internacional lo sabía, y fue por ello que distorsionó deliberadamente su testimonio. Elizabeth Burgos, que en los años setenta y ochenta fue aliada incondicional de los movimientos guerrilleros latinoamericanos, y del régimen cubano, y de los cuales se apartó en los años noventa por considerar que no apuntaban hacia la democracia sino al totalitarismo, explica de la siguiente manera la empresa emprendida por Rigoberta:
El testimonio de Rigoberta Menchú estaba destinado a lograr la solidaridad internacional en el marco de la estrategia militar de la guerra insurgente, mediante la denuncia de la represión, usada como un arma activa de combate. En Centroamérica, la puesta en marcha del movimiento de solidaridad internacional formó parte del dispositivo estratégico-militar del movimiento guerrillero.
Lo mismo sucedió en El Salvador y en Nicaragua. Para obtener dinero y apoyo político de la solidaridad europea y estadounidense no era nada útil la imagen del combatiente guerrillero armado, ese que no solo resistía los embates represivos sino que también era capaz de avanzar, vencer y aniquilar al enemigo. La imagen útil era la de las víctimas de la represión, principalmente niños, mujeres y ancianos del campo.
Y sucedió lo que tenía que suceder: la victimización pasó a formar parte de la estrategia insurgente, algunas víctimas se profesionalizaron como tales, y finalmente el victimismo se convirtió en una industria muy rentable, en torno a la cual giran los intereses económicos de una densa nube de activistas de los Derechos Humanos.
La rentable industria del victimismo
Antes de recibir el Premio Nobel, Rigoberta había creado la Fundación Vicente Menchú. El nombre de su padre, que efectivamente había sido inmolado por el ejército junto a otras 35 personas, dentro de la Embajada de España en Guatemala a principios de 1980, era el emblema que en ese tiempo concitaba la solidaridad internacional con su lucha.
Pocos después de recibir el Nobel, Rigoberta le cambió el nombre a la Fundación y le puso el de ella misma. Desde ese momento, Vicente Menchú y su gesta de resistencia y sacrificio dejó de ser mencionado en sus discursos. El hecho pasó desapercibido con la algarabía del premio obtenido, pero años después, Elizabeth Burgos daría una explicación al suceso.
El nombre de Vicente Menchú, ensalzado antes, es hoy silenciado porque es una figura que molesta debido al hecho de personificar al indígena que tomó la iniciativa opuesta a la posición de víctima que exige hoy la ideología de la lástima, característica de nuestra época, en donde la noción de equidad y de justicia se ha visto reemplazada por la de caridad.
La nueva configuración del ejercicio de la solidaridad está destinada a atenuar el sentimiento de culpabilidad que origina la saciedad de unos cuantos, obtenida gracias a la miseria de muchos (…) Hubo indígenas que actuaron como sujetos activos en la lucha armada. Negar esa participación implica hacerle el juego a cierta moral hoy en boga que requiere una estricta distribución de papeles en el protagonismo de los hechos, situando a los buenos siempre como víctimas, de un lado, y a los malos del otro.
Esa es la postura exigida como justificación institucional para la obtención de fuentes de financiación, que exige a su vez el establecimiento de una dinámica de complementariedad con el “sujeto subalterno”, que como receptor de la caridad, está obligado a aceptar una posición que concuerde con su papel de víctima, ese que tantos dividendos económicos produce hoy.
La nueva configuración de la solidaridad ha tomado hoy un giro inédito debido a la alianza y la complementariedad que se ha establecido entre antiguos marxistas, católicos y protestantes, y el capitalismo proveedor de los fondos destinados a la caridad, ya que en el ámbito del mercado no se actúa con inocencia. La noción de cooperación y de acuerdos bilaterales entre estados tiende a desaparecer, y es sustituida por la ayuda humanitaria.
Ese es el juego, altamente efectivo en términos de captación de fondos internacionales solidarios o caritativos, pero profundamente distorsionador de la realidad de nuestros países. Hace ya bastantes años que Rigoberta Menchú es una mujer económicamente poderosa y políticamente influyente, alejada desde 1993 de la organización revolucionaria que la catapultó hacia el reconocimiento mundial y el Premio Nobel.
Su entorno actual no lo constituyen los indígenas de su aldea sino las elites políticas, empresariales e intelectuales tradicionales. Eso no es un secreto para nadie en Guatemala. Sin embargo, cuando de nuevo le toca hablar en los foros políticos internacionales para continuar con su labor de denuncia de los poderosos, comienza diciendo siempre, como antes, “aquí vengo con mi cara de indígena y de pobre…”
Eso es lo que lo que los estadounidenses y los europeos solidarios quieren escuchar, y lo que suscita su caridad, y eso es exactamente lo que Rigoberta Menchú le dijo antes y les sigue diciendo ahora mientras compra más propiedades inmuebles y franquicias de muy lucrativos negocios transnacionales, como el de la cadena de Farmacias Simi.
Edición anterior:
Rigoberta Menchú, la mentira y la industria del victimismo