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Salarrué

Salarrué,
En la memoria de Ricardo Lindo:
El último señor de los mares


También doña María de Baratta, la autora de Cuscatlán Típico, decía "desdoblarse", o sea, su cuerpo astral se desprendía de su cuerpo mortal durante el sueño para vagar por la ciudad u otros espacios de realidad terrestre o aérea. Y, con Salarrué, se daban cita. "Veámonos esta noche en tal parte", decían ante sus respectivos cónyuges. El arquitecto Baratta (el bambino, en el léxico de doña María), y Zélie, la esposa de Salarrué, debían tragarse esas inocentes infidelidades nocturnas. De todos modos, sobre tantas otras, menos incorpóreas infidelidades, debió pasar Zélie el paño del amor que todo lava.




Lunes 12 de noviembre de 2007
Ricardo Lindo

Tercera y última entrega
redaccion@centroamerica21.com

 

 

Y quizás valga la pena hacer un paréntesis y hablar aquí de doña María, compositora y pionera del folklorismo, gorda e imponente señora paseando entre las grandes macetas del corredor de su casa del centro, mientras el viento nocturno la acompañaba con su orquesta de grillos. Qué insignificante se miraba ese señor italiano a su lado. Sin embargo, era el "bambino" un arquitecto distinguido, al cual debemos la iglesia de Calvario y varias de las más significativas iglesias de nuestra capital.

No, no tenía que inquietarse esa vez Zélie. Los encantos de doña María eran muy distintos de los de aquellas deliciosas jóvenes que se acercaban a Salarrué, el viejo patriarca que no pensaba pecaminoso aceptar esos dones de la vida.

Una tarde oí a Salarrué hablar de uno de sus "viajes astrales" (otro nombre de los desdoblamientos). Se encontró con una amiga en la calle y le dijo:

-Anoche estuve en tu casa.

Él nunca había estado ahí, pero le describió la casa punto por punto. La señora, asombrada, lo invitó a visitarla y se la enseñó. Todo era igual a su descripción, salvo un muro del cual colgaba una tijera. La tijera no estaba.

-Entonces nada era cierto -dije con impertinencia adolescente y desconfianza volteriana, aunque aun no hubiese leído a Voltaire.

Salarrué ni se inmutó. En ocasiones, explicó, el mundo astral agregaba detalles cuya realidad era otra.

Waldo Chávez Velasco contaba otra anécdota. Julia Díaz, la pintora, dueña entonces de galería Forma, sabiendo que Salarrué pasaba una mala racha habló con algunos de sus clientes ricos para venderles cuadros del viejo. Compadecidos, los clientes adquirieron cuadros que quizás ni les gustaban. Entusiasmado ante el inesperado cheque de galería Forma, Salarrué aumentó los precios de sus pinturas. Lo sitúa así más terreno, pero grandioso en su ingenuidad.

"La verdad está en lo increíble".

Una tarde Hugo Lindo invitó a varios escritores. Salarrué se excusó. Estaba mal de salud, dijo, pero de algún modo se haría presente. Ya entrada la noche, mientras los escritores departían, se fue la luz. Mi padre encendió una candela cuya llama comenzó a trazar semicírculos sin que mediara viento alguno, mientras varios perros rodeaban la casa aullando.

Cuando, tardíamente, leí en París O´Yarkandal, envié una entusiasta carta a su autor.

Era la edición de sus setenta años, o sea que aquello ha de haber sido el 71 ó el 72. El 74 vine brevemente al país y lo fui a visitar. Me recibió en el altillo de su vivienda de los Planes de Renderos. Desde ahí se divisaba, allá abajo y distante, el lago de Ilopango. Mirando por esa ventana ha de haber pintado Salarrué el bello lienzo que lo representa, aunque él no soliera copiar la naturaleza sino inspirarse en ella para crear otra aun por venir, o cierta en ese otro espacio que era el suyo. Desde esa ventana caía sobre su caballete la luz dorada de la tarde. Sobre una cama estrecha estaba en yeso el escudo de Euralas Sagatara, el narrador interno, con la inscripción en idioma "bilsac", "Himántara diama xitrán" que significa "La verdad está en lo increíble".

Me dijo que en ese altillo recibía únicamente a sus amigos. Ni su mujer ni sus hijas tenían derecho a entrar, salvo en los momentos de limpieza. Lo sentí como un gran honor, pues finalmente lo había visto pocas veces. Era amigo de Hugo Lindo, claro, pero yo era un joven que había pasado la mayor parte de su vida fuera de El Salvador, aunque para esas fechas fuese agregado cultural de la embajada de El Salvador en Francia. Se alegró de saberme en París y comentó que allá publicaban una muy buena revista, Planeta. Era una revista un tanto fantasiosa y sensacionalista, con artículos donde los ovnis ayudaban a los constructores de pirámides de la antigüedad y donde la ciencia procuraba explicar lo inexplicable. Ningún intelectual francés se hubiese atrevido a decir que leía eso. Pero, viéndolo bien, esos un tanto alocados discursos eran mejor alimento para su imaginario que las heladas elucubraciones que invadían entonces las letras de Francia.

Se quejó de que nadie hubiese reaccionado escribiendo sobre La sed de Sling Bader, su más reciente novela. Ni siquiera había recibido una carta. "Y yo ni siquiera terminé de leer Sling Bader", pensé. ¿Cómo es que situaba descripción tras descripción sin intercalar sucesos? Eran errores que me parecieron inadmisibles. Nada respondí, pero me dolí al ver que no hizo alusión a mi carta sobre O´Yarkandal, a la cual nunca respondió.

Fue la última vez que lo vi. Años después leí Sling Bader y me encantó, pero ya no era hora de enviarle una carta, pues él ya no estaba. Se fue en 1975. Yo regresé en 1978, para ver las grandes marchas entrecortadas de balaceras, los preludios de la guerra. Vivo aquí desde entonces y este país que fue para mí un país de leyenda pasó a ser un país de crudas realidades. Pero, me digo, en los brumosos atardeceres de los Planes de Renderos ha de flotar, de vez en cuando, su inmensa voz en calma.


En este espacio de la sección Cultura, la pluma y la mirada de Ricardo Lindo, ofrece a nuestros lectores retazos de la persona y la personalidad de escritores y artistas que, junto a la lectura de sus obras nos acercan al universo íntimo de cada uno de ellos, y de la época en que vivieron.

Claudia Lars
“Esto fue de cuando estuve enamorada de…”

Alvaro Menén Desleal
“Extravagante, divertido y perverso”

Hugo Lindo:
“Hablo de mi padre el poeta Hugo Lindo”

Raúl Contreras:
El escándalo de Lydia Nogales

Mario Hernández Aguirre:
"Come curas, ateo y burlón"


Francisco Gavidia
Un bicho medio loco y un indio Chorotega

Walter Beneké
Un super ministro con carta blanca

Ismael G. Fuentes:
La escuela de San Salvador y los modernistas

Marcel Marceau
En la memoria de Ricardo Lindo:
Ha muerto Marcel Marceau y es como si muriera una parte del silencio

Rolando Elías
En la memoria de Ricardo Lindo:
“El adalid de una mansa locura“


José Jorge Laínez,
en la memoria de Ricardo Lindo:
Mister Ikuko, un clásico de nuestra literatura infantil

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Salarrué,
En la memoria de Ricardo Lindo:
El último señor de los mares

(Primera entrega)

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En la memoria de Ricardo Lindo:
El último señor de los mares

(Primera entrega)

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