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Elizabeth Burgos
“El tributo a la historia ha debido ser su poesía,
y no su vida”
Presiones cubanas sobre Roque Dalton
¿Qué impulsó
a Roque Dalton a sumarse precipitadamente a una guerrilla con
la que no tenía prácticamente ninguna afinidad ideológica?
Muchos nos hemos hecho esa pregunta y aun hemos aventurado algunas
respuestas especulativas (próximamente publicaremos aquí
algunos trabajos al respecto). En esta oportunidad adelantamos
algunos fragmentos de un artículo en que Elizabeth Burgos
sostiene que el poeta fue presionado por los cubanos para que
tomara esa opción:
“Nunca imaginé, las últimas veces que nos
vimos en La Habana, que Roque Dalton sucumbiera a las presiones
ejercidas sobre él, directa e indirectamente, para inducirlo
a regresar a El Salvador e integrarse al movimiento armado. Se
practicó en ese empeño un método muy utilizado
por al aparato cubano y más certero muchas veces que una
orden escueta: culpabilizar valiéndose del rumor y la maledicencia.
Presión indirecta que condujo a tantos a decisiones que
nunca hubieran tomado si les hubieran dejado la libertad de escoger”,
advierte.
Antropóloga de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias
Sociales de Francia, Elizabeth Burgos perteneció al grupo
de latinoamericanos que en los años sesenta, en La Habana,
constituyeron los primeros núcleos de las vanguardias guerrilleras
latinoamericanas entrenadas, financiadas y dirigidas por Fidel
Castro. Posteriormente, ella y varios de los intelectuales de
aquella generación, asumieron posiciones críticas
frente a la falta de democracia en Cuba, y se deslindaron de las
organizaciones revolucionarias latinoamericanas que replicaban
ese modelo autoritario en sus proyectos.
Lunes 12 de noviembre de 2007
redaccion@centroamerica21.com
Roque Dalton era el más querido entre aquellos
nómadas, “profesionales de la revolución”
que pretendíamos ser entonces. Las tareas propias de ese
oficio nos hacían coincidir en La Habana, Praga, Moscú
o París. En aquellos escenarios lejanos, discutíamos
el tema, el único, aquél que nos ocupaba y preocupaba
entonces: el de la lucha armada. Verdadera línea divisoria,
con toda la carga obsesiva que conllevan las creencias férreas,
que dividía al comunismo ortodoxo de la izquierda pro-cubana.
El Che, mentor y símbolo de la lucha armada, gozaba entre
nosotros de una admiración ilimitada y de una total incondicionalidad.
Desaparecido de Cuba; la opinión pública lo daba por
muerto. Nosotros, los creyentes, teníamos la rotunda certeza
de que se encontraba en algún lugar del mundo preparando
la lucha. Y en nosotros –animados por un deseo difuso que
no nos atrevíamos a formular abiertamente, pero no por ello
menos constante– iba tomando cuerpo la idea de encontrarnos
entre los elegidos, que en algún momento seríamos
llamados a formar parte de ese proyecto.
Pensábamos que al contrario, la desaparición del Che
del escenario cubano, nos acercaba al momento de pasar a la acción.
Nos guiaba la intuición de estar al borde de realizar nuestro
anhelo. También el de concluir con la polémica con
los Partidos Comunistas (PC), porque pasando a la acción
daríamos la prueba de lo bien fundada que era la “línea
de la lucha armada”. Y sucedió así como lo esperábamos,
pero fue otro el resultado.
Sin embargo, Roque pertenecía a un Partido Comunista ortodoxo
(salvadoreño), y es más, era su representante ante
la Revista Internacional con sede en Praga. Normalmente ese hecho
hubiera sido suficiente para separarnos. Es cierto que Roque no
demostraba el mismo entusiasmo que nosotros, pero sus reticencias
sobre la línea de “la lucha armada” no eran tajantes.
Lo sentíamos de nuestra parte, en el fondo nos secundaba.
Era una época de rupturas con los partidos comunistas defensores
de la “coexistencia pacífica”. Admiradores del
Che, seguidores de la lucha armada. Seguidores de Moscú unos,
seguidores de La Habana, otros. Nunca reparamos en la militancia
de Roque, ni en el hecho de que fuera el representante de uno de
esos partidos que mirábamos con tanto desdén.
No, Roque era uno de “los nuestros”; lo admirábamos
porque poseía un historial de lucha bien completo. Pero sobre
todo, lo queríamos porque él nos quería. Roque
era de esos seres que sabían querer, que sabía ir
hacia los demás. Ignoraba el recelo, su franqueza era la
del niño que aún no ha aprendido la desconfianza.
Era un rara avis en el mundo de los intelectuales latinoamericanos:
no sufría de envidia, de ahí esa rara capacidad de
entrega de la que hacía gala a cada instante. El placer de
gozar de su ingenio era un privilegio que algunos tuvimos el placer
de compartir. Como raras personas, Roque poseía el don y
la generosidad de la palabra. Su propensión al goce le mantenía
siempre alerta, y nunca rechazaba una oportunidad de convertir lo
cotidiano en placer.
Que unos ojos lo turbaran a la vuelta de una esquina, el hecho se
convertía en una invitación a descubrir una piel desconocida,
y Roque podía desaparecer durante varios días. Poseía,
más que el poder, un verdadero don de la seducción:
seducía a pesar suyo, sin proponérselo. Su inclinación
innata al placer y al ejercicio de la inteligencia, su pasión
por las ideas, no dejaban mucho lugar a la vocación desmedida
de ser héroe, aún menos de ser “mártir
de la revolución”.
Roque, creador de ideas y, por si fuera poco, poeta. Suficiente
como para que no fuera de fiar en los medios ultra militaristas
de La Habana, en donde el uso de la inteligencia era sinónimo
de cobardía. Ser tratado de intelectual era el peor insulto
que se podía hacer a alguien: el desdén por la actividad
intelectual llegó a alcanzar, en aquel tiempo, estatus de
doctrina.
Eso sí, solían utilizarlos a efectos propagandísticos:
un intelectual asesinado o prisionero era un acontecimiento muy
valorado por la repercusión que tenía en la opinión
pública. El hecho de que en La Habana los medios oficiales
hayan permanecido tan discretos en relación a la muerte de
Roque, se debió simplemente a que se trataba de una muerte
no explotable en términos de opinión pública,
de propaganda revolucionaria, porque rompía totalmente con
el esquema de los malos asesinos en el campo del enemigo, y los
buenos sin tacha, en el de los revolucionarios.
Nunca imaginé, las últimas veces que nos vimos en
La Habana –el Che ya muerto, admitido el fin de la ilusión
de querer hacer de la cordillera de los Andes una nueva Sierra Maestra–
que Roque sucumbiera a las presiones ejercidas sobre él,
directa e indirectamente, para inducirlo a regresar a El Salvador
e integrarse al movimiento armado. Se practicó en ese empeño,
un método muy utilizado por al aparato cubano y más
certero muchas veces que una orden escueta: culpabilizar valiéndose
del rumor y la maledicencia. Presión indirecta que condujo
a tantos a decisiones que nunca hubieran tomado si les hubieran
dejado la libertad de escoger.
Llegó un momento en que Roque se sintió acosado por
los rumores que circulaban sobre él en los medios culturales
de La Habana en boca –entre otros– de poetas-funcionarios.
Se le solía criticar por su permanencia en Cuba “mientras
tantos compañeros mueren en la lucha en América Latina”.
Como tantos murieron, también él había de morir:
era la lógica de la época.
Sacrificio, martirologio: dogmas oficiales de la Isla convertida
en Calvario, regida según las normas del cristianismo más
retrógrado. Complejo crítico que transforma en pecado
toda manifestación de placer. Sólo la casta –la
cúspide de la pirámide detentora del poder supremo–
posee el privilegio del placer. La casta ordena sufrir, sacrificarse,
correr riesgos, de los que ella, por supuesto, permanece eximida.
Curiosamente, aquellos cubanos, miembros de la casta, pero que sí
asumieron riesgos, están hoy muertos: los ejemplos más
patéticos y recientes son los del general Ochoa y de Tony
de La Guardia, también asesinados a manos de sus propios
compañeros.
Roque Dalton murió por no haber comprendido que su papel
de guía, de nervio histórico de su pueblo debía
realizarlo el poeta y no el combatiente. Su participación
en la Historia se basó en un equívoco.
Lo que de él solicitaban aquellos que lo forzaron a incorporarse
a la guerra, no eran sus dotes de militar seguramente insuficientes,
sino su renombre de poeta. Sacrificó su ser poeta en aras
de la actualidad. El tributo a la historia ha debido ser su poesía,
y no su vida.
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