
El último secuestro en la guerra
Las horas del mediodía son siempre, por alguna
razón extraña, momentos de melancolía o de
malos presagios. Faltaban pocos minutos para las 13 horas del
18 de julio de 1991, cuando Guillermo Sol Bang, de 62 años,
piel blanca, ojos verdes, de mediana estatura y porte erguido,
salió de su casa para subir a un todoterreno tipo Patrol.
Iba a una reunión de trabajo... a la que jamás llegaría.
Lunes 12 de noviembre de 2007
(Primera de tres partes)
Marvin Galeas
Redaccion@centroamerica21.com
La 12 Calle Poniente de la Colonia Flor Blanca, al
sur de la capital, estaba vacía y silenciosa. Guillermo Sol
Bang salió a la calle. Su chofer, como siempre, abrió
la puerta de la camioneta. De pronto, como viniendo de la nada,
apareció con chirrido de llantas un pequeño auto Toyota
color rojo. Se detuvo frente a la casa 2,431. Tres sujetos jóvenes
armados con fusiles M-16 se bajaron, todo ocurría con vértigo
siniestro. Entre dos agarraron por la espalda a la víctima,
mientras un tercero colocó el cañón de un arma
en la cabeza del chofer.
(Durante los años setenta, los grupos guerrilleros realizaron
una serie de secuestros de prominentes hombres de negocios para
obtener sumas millonarias con el propósito de financiar la
guerra. Algunos de esos secuestros tuvieron desenlaces fatales,
como en los casos de Mauricio Borgonovo y Roberto Poma. A principios
de los años ochenta, la dirección guerrillera tomó
la decisión de no realizar más secuestros, no tanto
movidos por sentimientos altruistas, sino porque aparecieron otras
fuentes de financiamiento y por desligarse de un tipo de operaciones
ligadas más al terrorismo que a acciones puramente militares.
(A principios de los ochenta, sin embargo, las secciones de inteligencia
de los llamados “cuerpos de seguridad”, en un afán
por desarticular los frentes de masas de las guerrillas, impulsaron
una línea de secuestros masivos. Los cadáveres de
los secuestrados aparecían luego abandonados en carreteras,
ríos o incluso en lugares muy transitados de las ciudades.
Otros nunca aparecieron.
(Por diferentes razones, esta forma de lucha antiguerrillera, que,
lejos de disuadir al “enemigo”, incrementaba más
la violencia, desapareció a finales de 1983, casi por completo,
dando lugar a acciones militares más sofisticadas y quizá
más efectivas. La guerra se volvió, por parte de los
bandos, más clásica, aunque no por ello menos sangrienta.
Siempre morían civiles inocentes debido a los bombardeos
aéreos, minas terrestres e injustificables masacres como
la del Mozote o la de la Zona Rosa.
(Una de las cinco organizaciones guerrilleras, el minúsculo
Partido Comunista, ante su poca presencia militar y política,
secuestró en 1985 a la hija del presidente Duarte, reactivando
de esa manera una línea operativa, a la que ninguno de los
dos bandos parecía querer retornar).
Guillermo Sol Bang, pese a su edad, se resistía como pudo
a su captura. Con sus piernas lanzaba puntapiés a diestro
y siniestro, lo que motivó que uno de los secuestradores
le golpeara con su arma y le introdujeran violentamente a la parte
trasera del vehículo. El forcejeo continuó adentro.
Uno de los secuestradores, desesperado por la tensa situación
operativa, sacó una escuadra tipo 45 mm, la montó
y apuntó al capturado. Este trató de arrebatársela
o de desviar un eventual disparo. En efecto, el percutor de la pistola,
al activarse con fuerza, arrancó tiras de carne, de la parte
blanda de la mano entre el pulgar y el índice del secuestrado.
La hemorragia era incontenible y el dolor, insoportable.
La mañana del 19 de julio de 1991, los teléfonos no
dejaban de sonar en las oficinas del FMLN en la capital mexicana.
El Gobierno salvadoreño amenazaba con retirarse de las negociaciones
si no se ponía en libertad a Guillermo Sol Bang. Los cinco
comandantes de la máxima dirección guerrillera se
mostraron sorprendidos, ninguno de ellos sabía nada del asunto...
Bueno, uno de ellos sí, el jefe del Partido Comunista. Pero
lo negaba, incluso ante sus propios compañeros.
Joaquín Villalobos no dudó, ni por un segundo, que
Schafik Handal estaba metido hasta el cuello en una operación
de secuestro, que a su entender no tenía ninguna razón
de ser, puesto que el financiamiento de las guerrillas estaba resuelto
y porque además la negociación parecía haber
alcanzado un punto sin retorno. Recuerdo que por esos días
Villalobos me dijo, en México, una de las frases más
duras en contra del Partido Comunista: “Este Simón
(seudónimo de Handal) nunca ha dirigido escuadras guerrilleras,
sino escuadrones de la muerte”.
Con la ropa ensangrentada, armas apuntándole a la cabeza,
y con una sucia toalla sobre la cara, Guillermo Sol Bang fue por
fin reducido y llevado, luego de muchas vueltas, a una vieja casa
del Barrio San Jacinto, muy cerca de Casa Presidencial. Faltaban
más de 150 largos días y noches de oscuridad y angustia
terrible para que Guillermo Sol Bang volviera a conocer la libertad.
En ese momento sólo era un secuestrado. El último
de la guerra (Continuará).
|