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¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? (II)

 

A veces las tareas de los periodistas se ven determinadas por intereses de los medios para los que trabajan. Ven en ello –y en ocasiones los hay– conflictos éticos y profesionales insuperables, y se hallan ante la alternativa de continuar moviéndose dentro del marco de una línea editorial amplia, pero con márgenes bien marcados, buscar otro medio –en el que tarde o temprano se toparán con lo mismo– o dedicarse a otra cosa.


Lunes 12 de noviembre de 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

Algo que todo periodista debe tener claro desde que busca su primer trabajo es que todo medio de comunicación tiene una línea editorial, y que ésta responde, en efecto, a intereses personales, de un grupo de personas o de una institución: los dueños del medio, sean inversores privados, una cooperativa, un sindicato o el estado.

Aunque en el último caso puede ser bastante difuso, es claro que lo que une a un periodista con el medio de comunicación no es una convergencia ideológica –que puede haberla– ni una comunidad de intereses –que también–, sino un contrato laboral, que puede terminarse según lo establezcan las partes y la ley.

Los periodistas, pues, cuando obtienen un trabajo, no obtienen una tribuna, sino un simple trabajo. Éste tiene el mismo objetivo de cualquier trabajo asalariado: ganarse la vida. Salvo excepciones, a un periodista se le contrata para que haga lo que el medio necesite, no para que ejerza su derecho a una irrestricta libertad de expresión, si es que hay algo así.

En general el trabajo periodístico es rutinario. No se sabe de antemano lo que ocurrirá en el día, pero buena parte es seguir las convocatorias de instituciones, cubrir actos anunciados con antelación y los temas vigentes en la temporada: elecciones, aprobación de presupuesto, festivales musicales o poéticos, fechas deportivas. Un alto porcentaje de lo que ocurrirá y llenará las planas estará en la orden de trabajo que recibirá desde el día anterior, o el mismo día por la mañana.

Pero hay también temas especiales, los que desarrolla el periódico por sus necesidades, por sugerencia de los reporteros, porque el momento lo pide o por azar, infidencia o investigación. También es necesario buscar estos temas especiales para las revistas y suplementos que, por su propia naturaleza, deben ser originales, llamativos y –de preferencia¬– provocadores.

También están los temas políticos o de consecuencias políticas, cuyo tratamiento podría ser objetivo e imparcial, pero donde entran en juego los intereses y necesidades del medio –resumidos en su línea editorial–, así como las convicciones del periodista.

La represión de una manifestación, por citar un caso, puede ser eso, seca y llanamente: la represión de una manifestación. Para el periódico puede ser la provocación de un grupo influido por el partido de la oposición para desestabilizar al gobierno. Para el reportero quizá sea el uso innecesario de la violencia contra gente que exigía algo justo.

¿Cómo conciliar el hecho, la línea y la convicción? Si hay orden explícita de tratar el tema de cierto modo, deberá tratarse de ese modo, por simple contrato laboral. Hay una trampa: el reportero puede negarse, el periódico puede despedirlo. Lo interesante es que, dentro de la ética periodística, el reportero estará haciendo su trabajo al negarse a escribir algo que no fue lo que presenció.

Casi nunca ocurre así. Los medios tienen personas a las que encargan cada asignación según sus capacidades, tendencias, etcétera. El que cubra la represión contra la manifestación en principio podría estar de acuerdo con el enfoque del diario; por eso se le envió. También hay espacios e instancias bien definidos: la cobertura del hecho puede ser objetiva e imparcial, pero al pasar por el editor algunas palabras de más o menos cambiarán el enfoque, y el encabezado reflejará lo que el periódico quiera reflejar. Están asimismo los espacios de opinión editorial, donde se dará explícitamente la posición del medio.

La pregunta del periodista es siempre si podrá vivir con eso, porque es inevitable, y allí se da un proceso transaccional del reportero consigo mismo.

Hay temas, siempre, que un medio no podrá tratar de manera “objetiva” e “imparcial”. Hay temas sobre los que nunca se podrá hablar, como si no existieran. Son bastante pocos, pero en ciertas temporadas son constantes. Las preguntas que se hará el reportero son básicamente dos: ¿puede someterse a un régimen así? y ¿vale la pena cambiar esos pocos temas por los que sí podrá tratar con amplia libertad, que son la mayoría?

La respuesta nunca es fácil, y nunca hay sólo una. Pero es así. Es el lado de la ética del que a muy pocos les gusta hablar, aunque lo vivan a diario.

Lea también: (Edición anterior)
Objetividad e imparcialidad

¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? (I)

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