Algo que todo periodista debe tener claro desde que busca su
primer trabajo es que todo medio de comunicación tiene
una línea editorial, y que ésta responde, en efecto,
a intereses personales, de un grupo de personas o de una institución:
los dueños del medio, sean inversores privados, una cooperativa,
un sindicato o el estado.
Aunque en el último caso puede ser bastante difuso, es
claro que lo que une a un periodista con el medio de comunicación
no es una convergencia ideológica –que puede haberla–
ni una comunidad de intereses –que también–,
sino un contrato laboral, que puede terminarse según lo
establezcan las partes y la ley.
Los periodistas, pues, cuando obtienen un trabajo, no obtienen
una tribuna, sino un simple trabajo. Éste tiene el mismo
objetivo de cualquier trabajo asalariado: ganarse la vida. Salvo
excepciones, a un periodista se le contrata para que haga lo que
el medio necesite, no para que ejerza su derecho a una irrestricta
libertad de expresión, si es que hay algo así.
En general el trabajo periodístico es rutinario. No se
sabe de antemano lo que ocurrirá en el día, pero
buena parte es seguir las convocatorias de instituciones, cubrir
actos anunciados con antelación y los temas vigentes en
la temporada: elecciones, aprobación de presupuesto, festivales
musicales o poéticos, fechas deportivas. Un alto porcentaje
de lo que ocurrirá y llenará las planas estará
en la orden de trabajo que recibirá desde el día
anterior, o el mismo día por la mañana.
Pero hay también temas especiales, los que desarrolla el
periódico por sus necesidades, por sugerencia de los reporteros,
porque el momento lo pide o por azar, infidencia o investigación.
También es necesario buscar estos temas especiales para
las revistas y suplementos que, por su propia naturaleza, deben
ser originales, llamativos y –de preferencia¬–
provocadores.
También están los temas políticos o de consecuencias
políticas, cuyo tratamiento podría ser objetivo
e imparcial, pero donde entran en juego los intereses y necesidades
del medio –resumidos en su línea editorial–,
así como las convicciones del periodista.
La represión de una manifestación, por citar un
caso, puede ser eso, seca y llanamente: la represión de
una manifestación. Para el periódico puede ser la
provocación de un grupo influido por el partido de la oposición
para desestabilizar al gobierno. Para el reportero quizá
sea el uso innecesario de la violencia contra gente que exigía
algo justo.
¿Cómo conciliar el hecho, la línea y la convicción?
Si hay orden explícita de tratar el tema de cierto modo,
deberá tratarse de ese modo, por simple contrato laboral.
Hay una trampa: el reportero puede negarse, el periódico
puede despedirlo. Lo interesante es que, dentro de la ética
periodística, el reportero estará haciendo su trabajo
al negarse a escribir algo que no fue lo que presenció.
Casi nunca ocurre así. Los medios tienen personas a las
que encargan cada asignación según sus capacidades,
tendencias, etcétera. El que cubra la represión
contra la manifestación en principio podría estar
de acuerdo con el enfoque del diario; por eso se le envió.
También hay espacios e instancias bien definidos: la cobertura
del hecho puede ser objetiva e imparcial, pero al pasar por el
editor algunas palabras de más o menos cambiarán
el enfoque, y el encabezado reflejará lo que el periódico
quiera reflejar. Están asimismo los espacios de opinión
editorial, donde se dará explícitamente la posición
del medio.
La pregunta del periodista es siempre si podrá vivir con
eso, porque es inevitable, y allí se da un proceso transaccional
del reportero consigo mismo.
Hay temas, siempre, que un medio no podrá tratar de manera
“objetiva” e “imparcial”. Hay temas sobre
los que nunca se podrá hablar, como si no existieran. Son
bastante pocos, pero en ciertas temporadas son constantes. Las
preguntas que se hará el reportero son básicamente
dos: ¿puede someterse a un régimen así? y
¿vale la pena cambiar esos pocos temas por los que sí
podrá tratar con amplia libertad, que son la mayoría?
La respuesta nunca es fácil, y nunca hay sólo una.
Pero es así. Es el lado de la ética del que a muy
pocos les gusta hablar, aunque lo vivan a diario.
Lea también: (Edición anterior)
Objetividad
e imparcialidad
¿Qué
le pasó al periodismo salvadoreño? (I)