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Boceto de una mujer desnuda (II)
Bien entrada la mañana salimos
de la casa del padre de la mujer desnuda, con la sensación
loca, al menos en mi caso, de que las ruedas del tren rodaban
a nuestras espaldas.
La historia podía conmover a cualquiera, menos al policía
que me acompañaba con sueño y desgano. “Lo
que a esa mujer le sucedió no debe importarle a nadie”,
me dijo.
Lunes 12
de noviembre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com
La última violación sufrida por la
mujer desnuda había tenido lugar hacía dos años,
de acuerdo al expediente clínico del Hospital San Juan de
Dios. Para esa época todavía solía llevar ropas,
algo que su padre nos había relatado con nostalgia.
Las abundantes lesiones descritas, indicaban que ella había
sido violada por al menos quince hombres. El vago y frío
informe forense realizado a partir del expediente clínico
y de las entrevistas con ella, así lo indicaban.
Nadie recordaba su nombre, estaba escrito con una letra desfigurada,
y el caso, como muchos, había quedado en el archivo. Sin
embargo, tres expedientes más, relacionados a abusos sexuales
de varios hombres a la vez estaban referidos a la misma víctima,
aunque, al parecer, nadie había reparado en ello.
En un cuarto expediente se indicaba que ella era una joven pandillera,
la cursiva de la palabra que indicaba su aparente origen tenía
un sentido peyorativo y a la vez justificativo de lo sucedido.
Los datos encontrados en ese cuarto expediente me enviaron a unos
archivos donde había varios dictámenes psicológicos
y de estos a un informe detallado de psiquiatría.
Ella había sido una especie de juguete de varios grupos de
sujetos en distintas épocas, en algunos casos de pandilleros,
pero en ningún lugar se aseguraba que ella también
lo era, aunque su condición marginal parecía ser esa
infundada sospecha que no buscaba otra cosa, sino obviar el hecho.
La indiferencia mostrada por la mujer desnuda ante las agresiones,
no sólo las de contenido sexual, eran un objeto aparente
de estudio, al menos por el psiquiatra a cargo.
No resultaba tan creíble que ante una escalada de ataques
de semejantes magnitudes una mujer se pudiera mostrar indiferente,
salvo que esa indiferencia tuviese un significado muy distinto al
aparente.
“Siempre que la hemos metido aquí se ha escapado, a
pesar de las drogas y las cuerdas, no la podemos detener”,
me dijo el médico psiquiatra del hospital de locos.
“No debería de revolver algo de lo que todos deberíamos
estar avergonzados”, me dijo un sacerdote católico,
que al parecer había tratado de ayudarla.
Su padre sólo quería llevarla a casa, sentarla frente
a la estación del tren y hablarle de su madre. “No
espero más de la vida, no creo que ella vuelva a ser como
antes”, me dijo el viejo enjugándose las lágrimas.
La última opinión del cuarto expediente hablaba de
una lesión en el abdomen, provocada por arma blanca.
Tenía ante mí, no un caso, no un expediente, no una
mujer desnuda, sino una vida sangrante que me quemaba las manos.
Casi habían pasado las setenta y dos horas del término
administrativo de la detención y debía remitir el
caso al juez competente.
Debido al caso de la mujer desnuda había descuidado mis otras
obligaciones y la cola de víctimas y abogados litigantes
que estaba afuera, parecía un tumulto de gente queriendo
comprar un teléfono celular.
Gracias a la ayuda cómplice de un compañero fiscal
salí por otra puerta para terminar mi dictamen en una cafetería.
Decidí no acusar los cargos por daños en contra de
ella, aunque podía enviarla al psiquiátrico bajo un
mecanismo que en el derecho procesal penal es conocido como procedimiento
de medidas de seguridad.
Para bien de la mujer desnuda y mal de los positivistas del derecho,
yo estaba bien jodido con la historia y las ideas de Michel Foucault
y no iba a enviar a nadie a un manicomio.
El sobreseimiento definitivo terminó en las manos aguadas
de un juez de paz que estaba más interesado en el desnudo
de la mujer que en todas las implicaciones de la historia.
A la salida de las bartolinas estaba el padre de la mujer desnuda,
después de cubrirla con una manta la llevó a su casa.
Fui a verla ahí, dos días después, estaba sentada
en una silla del patio, viendo en la dirección donde en otros
tiempos solía aparecer el tren, estaba desnuda, como siempre,
su padre preparaba un poco de café.
Mientras charlábamos con el viejo, ella me miró, la
única vez, y su boca, apenas imperceptible, intentó
sonreír, auque quizá no a mí, sino a su pequeña
libertad enloquecida.
Salí de ahí, con el boceto de una mujer desnuda en
las retorcidas manías por escribir historias, acariciando
la ambición de poder un día, entender, o al menos
aceptar, que es muy difícil comprender lo que quisimos ser.
Edición anterior:
Boceto de
una mujer desnuda (I)
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