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Doble de Tigre

 

A mediados de los ochentas, en la ciudad de México, la vida cultural comenzó a verse interrumpida sistemáticamente a las nueve y media de la noche. Las conferencias, debates, presentaciones de libros y de teatro y danza, mesas redondas y sobremesas de tertulia terminaban abruptamente a esa hora, y ya sólo dos o tres despistados quedaban desperdigados por ahí, preguntándose el porqué de tamaña soledad. Nadie habló nunca del motivo pero todos lo sabíamos: a las diez de la noche pasaban por la tele Tieta, la famosa telenovela brasileña, y todo mundo estaba entelenovelado.



Lunes 12 de noviembre de 2007
Geovanni Galeas
ggaleas@centroamerica21.com

 

GEOVANI GALEAS

El asunto tenía sus atenuantes, sin embargo. Por ejemplo, estaba el hecho de que tal telenovela (ese género tan vituperado precisamente por los intelectuales), estaba basada en una obra de uno de los más grandes narradores del siglo XX: Jorge amado, y que en su equipo de realizadores se contaban algunos de los más brillantes herederos del novo cinema brasileño. De todas maneras, telenovela es telenovela y nadie estaba dispuesto a salir del closet y confesar públicamente ese pecado de lesa frivolidad.

El punto tenía su historia. Un poco antes de la mitad del siglo XIX y hasta las primeras décadas del XX, un cierto tipo muy particular de literatura hizo furor en Europa y, como reflejo, en América Latina. Se trataba del Folletín. Eran novelas publicadas por entregas semanales en los grandes periódicos, historias plenas de misterios e intrigas, situaciones trágicas casi imposibles, teatrales y melodramáticas: la hija mancillada de un obrero, la historia prohibida de una monja de clausura, un corrompido y corruptor señorito aristocrático enredado en los turbios pasajes del bajo mundo.

¿Quién podría negarse a semejante oferta?... Yo no. Eso era el folletín. Sus autores cobraban por página y por eso, cuando la historia tenía éxito, prolongaban artificiosamente los episodios y modificaban las piruetas argumentales a gusto del morbo de los lectores y con el deliberado objeto de aumentar el "raiting" y, en consecuencia, los honorarios.

La novela como género, sin embargo, evolucionó en sus formas y contenidos, cada vez menos accesibles al público masivo. Una obrero o una ama de casa ya difícilmente pueden habérselas con las obras de Marcel Proust, Robert Mussil o Thomas Mann, y ya no digamos con los complejísimos experimentos narrativos de Lezama Lima, Cortázar, Vargas Llosa o Carlos Fuentes.

El viejo folletín que fue la delicia de los lectores comunes y corrientes desapareció de los periódicos pero reencarnó bastante empobrecido en las telenovelas. Sin embargo, periódicamente aparecen narradores que vuelven los ojos hacia aquella entrañable literatura popular. El argentino Manuel Puig y el español Arturo Pérez Reverte, por ejemplo. Ya no se trata del folletín decimonónico puro y duro obviamente, pero la sola utilización de algunas de sus técnicas básicas ha multiplicado considerablemente el número de lectores-adictos de sus novelas.

Por mi parte, hace un buen tiempo publiqué, en versión digital, un experimentó parecido a medio camino entre la literatura y el periodismo, entre la realidad y la ficción. Se trataba de un documento escrito en clave cifrada al que titulé Doble de Tigre.

La historia narrada tenía que ver con una vieja obsesión temática personal: el tema del traidor y del héroe en medio de una intriga política, en el submundo de la clandestinidad guerrillera: una traición, un crimen, una historia de amor y una cadena de malentendidos entremezclados en los laberintos de la actividad, siempre sórdida, de los aparatos de inteligencia y contrainteligencia de las fuerzas enfrentadas.

Próximamente, Centroamérica 21 publicará por entregas semanales la versión final de Doble de Tigre. El desafío consiste en que esta historia sea leída no sólo por los habituales lectores de novelas, pues aunque se trata de una ficción, está basada en hechos y personajes de la realidad, libremente recreados por el autor. Como dice Jorge Luis Borges: si no es verdad como hecho, lo será como símbolo.

Como un adelanto, presento aquí una de las entregas.

II

De Silvana para Rabachol

San Salvador, febrero 27 de 1974. No me asustas, comandante, aunque estés pensando en ordenarle a Vlady que venga y me dispare una bala en la cabeza. Lo mismo querría hacer la policía, y sabes que tampoco me asusta; ¿pero a ti no te inquieta esa semejanza de intenciones entre tú y el enemigo? Te pongo todo esto por escrito porque no has querido darme la cara desde que comenzaste a montar toda esta faramalla de acusaciones delirantes contra Pável Brannon.

Te conozco y me conoces muy bien, así es que dejémonos de rodeos y farsas. ¿Qué pasa, pues, prefieres ir preguntando por ahí qué es lo que realmente pienso de ti, o si me acosté con Pável Brannon? A la primera cuestión voy a responderte puntualmente, lo otro no te incumbe. ¿Te has visto últimamente en el espejo? No cierres los ojos, yo seré tu espejo en esta carta, y te advierto que lo que verás no va a gustarte.

Te digo en dos palabras lo que pienso de ti. No creo que te estés volviendo perverso. Creo que te estás volviendo estúpido. En resumen, fuiste nuestro gran impulso y nuestro gran conductor, ahora estás comenzando a ser nuestro gran obstáculo y vas a terminar siendo nuestra perdición. ¿No te das cuenta que tus acusaciones contra Pável Brannon son insostenibles y ridículas? ¿No te das cuenta que insistir en este teatro, al final te va a obligar a salir del juego por la puerta de atrás y con la cola entre las patas?

Pero lo más lamentable es que con esta estupidez pones en riesgo mortal lo que con tanto esfuerzo y sacrificio hemos logrado construir entre todos. A ver, comandante, hagamos memoria. Nosotros éramos un grupito de soñadores bien intencionados al que el doctor Figuereido adoctrinaba abúlicamente en su mansión entre su té y su whisky. Entonces apareciste tú, que venías de donde asustan, y nos dijiste ya déjense de pajas, pollitos, este negocio no se hace con divagaciones sino a balazos.

Y para que la cuestión nos quedara clara, esa misma noche te fuiste con Vlady a matar a un policía, el primero, y nos trajiste su arma, también la primera. Nos apantallaste, y sin ninguna reserva te reconocimos como nuestro comandante. Te lo habías ganado. Para nosotros fue duro pasar de las lecturas de Gramsci y de Althusser a la pólvora y la sangre. Fue muy duro. Casi todos se hicieron los desentendidos y siguieron con el doctor Figuereido con la cabeza metida en los libros.

A los que nos quedamos contigo, apenas trece universitarios que ni cohetillos navideños sabíamos reventar, nos obligaste a pasar la prueba de fuego: trece policías muertos, trece armas. La guerra había comenzado y ya no había retorno. Nadie puede quitarte ese mérito, comandante. Entonces fuiste el más valiente y el más lúcido. El más duro. Pero no eras diáfano. Pero no eras humilde. Pero no eras bueno. Nunca lo fuiste, cabrón.

Lo supe la primera vez que te metiste en mi cama diciendo que te sentías solo y que tu mujer no sé qué y que tú no sé cuánto. Esa noche me hiciste el cuento de tu fragilidad interior y hasta lloraste como un niño en mi regazo, para justificar que desnudo entre las piernas de una mujer eras exactamente como cualquier otro. O peor, mucho peor porque tú sueles regar con sangre de otros tus mezquindades y tus estupideces.

Bien sabes de lo que te hablo, comandante. Porque lo mismo hiciste con Dalia, con Morena y Margarita. ¿Qué quieres, un Estado Mayor que también sea tu harem? Con todo, es cierto que muy a tu manera, y a partir de aquel grupito, lograste crear una maquinaria militar cada vez más poderosa y temible. Tú nos formaste y nos exigiste obediencia ciega a tus dictados. Pero no somos fríos engranajes de una máquina de matar.

A pesar de todo, algunos de nosotros estamos en esto porque soñamos con cambiar el mundo. A ti sólo te interesa el poder. Entiéndelo de una vez: dar un golpe de Estado no es hacer la revolución. Te lo dijo el Viejo en tu propia cara, ¿recuerdas? Ahora crees que andas tejiendo muy fino en conspiraciones y maniobras cada vez más misteriosas y delirantes, incluso con el enemigo, te hablo de ese asesino que es el coronel Quijano específicamente. Y también te hablo del gringo. ¿Qué tienes tú y qué tenemos nosotros que ver con ellos? ¿Ya hablaste de eso con José Guadalupe y con Javier?

Y te has rodeado de matones que te han endiosado. Y precisamente como un dios soberbio te has vuelto inaccesible. Tus designios son insondables, incuestionables, y exiges sacrificios, mandas y controlas desde la altura de la jefatura máxima. Pero ya hace ratos que no te vemos entre nosotros, que no diriges en el terreno ni sabes de las penurias que pasamos los combatientes.

¿Sabes que José Guadalupe y Javier ya se han comenzado a preguntar qué hay detrás de tus viajes a Europa, y qué uso le estás dando en realidad al dinero que constituye nuestro fondo de guerra? ¿Piensas que ignoramos tus ires y venires con la chinita de París? ¿Sabes que se cuestiona en voz baja el hecho de que vivas en una mansión mientras todos nosotros nos las arreglamos en los mesones más baratos, y que ya nadie se traga el cuento de que lo haces por cobertura?

No, comandante, ya no es un secreto para nadie que en los últimos tiempos te has aficionado demasiado al whisky, y que la única clandestinidad que en realidad practicas es la de tus amoríos furtivos. ¿Sabes que muchos de nuestros mandos intermedios están considerando la posibilidad de emigrar a la organización pequeña pero transparente del Perico Torres y Lucas Ponce?

Aferrado a tu poder, ya muy lejos de la lucha concreta, te has vuelto además pusilánime. Tu pistola debe estar ya oxidada por falta de uso, comandante. Ahora has dado en creer que cada uno de nosotros conspira contra ti y ya sólo confías en la genuflexión y la descerebrada incondicionalidad de Vlady y sus esbirros. Nos has dividido y nos has puesto a espiarnos los unos a los otros. Por ahí andas en reuniones secretas ofreciendo en voz baja un puesto a tu lado en la jefatura. Qué miseria.

Para desplazarnos a German y a mí, y así poder anular a Pável Brannon, te has querido ganar el apoyo o más bien la complicidad de José Guadalupe y de Javier, a quienes has indispuesto contra nosotros a fuerza de mentiras. Pero ten cuidado, comandante, esos pollitos serán los buitres que te sacarán los ojos. Tú los formaste a tu imagen y semejanza, recuérdalo.

Ahora andas enloquecido por los encantos de Morena, pero te advierto: esa es la niña de los ojos de José Guadalupe, y él bien sabe que si lo mandaste a oriente fue para quedarte solo con ella. José Guadalupe es tu creación y ya tiene tus mismas mañas. Todavía es pollito pero va que vuela para buitre y tarde o temprano te va a pasar la factura.

Yo no sé si las cosas entre nosotros dos puedan arreglarse todavía. Pero estoy segura que el desenlace puede ser menos dramático. Eso está en tus manos. En cualquier caso, ya sabes que no estoy sola y que estoy dispuesta a combatir en cualquier terreno, me conoces de sobra, comandante. De modo que lo mejor es que pactes conmigo una solución a esta crisis. Que habrá divorcio ya es seguro, pero al menos ya no nos mataremos entre nosotros mismos.

Sólo que el requisito previo a cualquier arreglo es que suspendas el juicio contra Pável Brannon y me garantices su seguridad. Si estás interesado, pon las condiciones para un encuentro entre tú y yo, y envíame el mensaje con German. Te lo repito: tú le tocas un pelo a Pável Brannon y yo te pongo una bala en la frente. Sabes que en eso no fallo, cabrón, tú me enseñaste.

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