Es Shakespeare, pensé, pero
no es Shakespeare. Es una historia vieja y misteriosa que ha
recorrido las edades, una joya que viene de no sé qué
arcón escondido.
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Era mezcla de brillo y gracia,
como todas las obras de la noche. Las copas que los personajes
intercambiaban era botellas de Coca-Cola vacías, pero
la princesa se hallaba ataviada con inusitado lujo. Los collares
y las pulseras de cuentas de cristal caían en cascada
sobre sus senos apenas insinuados y sus brazos morenos. Su sombrilla
de seda estaba profusamente decorada con perlas. Sus ojos negros,
que comenzaban a salir de la infancia, podían haber sido
aquellos por los cuales florecían los jardines de Oriente,
y los seres morenos que la rodeaban podían ser los súbditos
de una corte pobre y opulenta que se estremeció con las
palabras de Gautama Buda.
Inesperadamente, mis pasos me habían conducido a esas
tierras prodigiosas que tanto amé en los libros.
Me envenenó el veneno de la princesa y desde entonces
busco en los pueblos salvadoreños el secreto de ese teatro
popular y fantástico, de ese licor alucinante que cabe
en una botella que contuvo Coca-Cola.
Supe que el planeta entero estaba aquí, en los prudentes
límites de nuestra geografía. Como la aldea planetaria
de Marshall Mac Luhan, en nuestra aldea se encuentra el mundo,
pero es un mundo de antes, que se volvió leyenda.
Veremos pasar por estas páginas monarcas legendarios
de Oriente y Occidente, bailando al son del pito y el tambor.
Veremos al Demonio y a la Muerte en las plazas de los pueblos
y en sus calles, y en los atrios de sus iglesias. Veremos también
al rey Moctezuma antes el pesebre de Navidad.
Han sido asumidos con una mentalidad primitiva, extraña
y mágica.
Un joven indígena de Sonsonate me afirmó que las
estatuas del balneario –que datan apenas de hace unas
décadas- eran hombres malos petrificados por un castigo
divino. Igual cosa me afirmó del Salvador de Mundo, patrono
de la capital, que acababa de ser derrumbado por el terremoto
del 86.
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Le pregunté si no era una
imagen de Jesucristo, que vino a salvarnos. Me respondió
que no. Era una imagen de los indios de antes. El Jesús
de Sonsonate, en cambio, es más grande, y ese sí
es de verdad. Supongo que se refería a una hermosa talla
colonial en madera que se conserva en la catedral.
Pero la cultura de ese muchacho incluye el conocimiento de Carlomagno,
que aparece en el teatro popular en una de las “historias”.
No sabe que existe Francia. Sabe del sol que quema y de la milpa
que crece con el sol y las lluvias, y maneja el machete desde
muy temprana edad.
El creció en ese lugar donde abundan los cocoteros, que
definió Salarrué, quien también era de
ahí:
En una pata, como las garzas,
Los cocoteros de finas plumas
Miraban al fondo de las aguas
Los peces de oro de los días.
Él habla como los personajes de Salarrué y piensa
como ellos, y no es el tiempo suyo el tiempo nuestro. Su geografía
abarca lo que abarcan los sueños.
Los textos dramáticos que conoce vienen, algunas veces,
del fondo indígena, pero los más tienen por base
temas que llegaron con los españoles y fueron instrumentos
de la Conquista. Hablan de los Evangelios pero también
de las guerras entre Moros y Cristianos. Es necesario añadir
que estos textos tienen música y danza. El Tigre y el
venado, con los cazadores, danzan desde un tiempo inmemorial.
No tan antiguos en América, los Moros y Cristianos son
danza guerrera. Quienes los interpretan son los “historiantes”,
que oponen dos ejércitos guiados, casi siempre, por sus
respectivos monarcas.
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Cuando un mundo se pierde, queda
de él un poema. Es el amor con que fue ungido por quienes
vinieron después y tantas veces una batalla fue semilla
de un mito.
Los historiantes hablan, y tienen siete reinos en sus manos.
Ellos han heredado el oro de los cuentos. Pero como los pueblos
y los niños recrean el mundo en la transparencia de su
mirada, lo que creíamos saber por la historia se transforma,
adquiriendo insospechados perfiles. Así veremos reaparecer
muchas cosas patas arriba.
Al paso de los años, este teatro que ya se va borrando
terminará por perderse.
Los jóvenes ya no quieren participar en él. Les
da vergüenza. De ahí que casi sólo lo integren
los niños y los viejos.
Con frecuencia los campesinos han debido abandonar sus pueblos,
sus chozas y sus casas de barro, y quienes vengan detrás
posiblemente nunca oigan hablar de los feroces moros Fierabrás
y Taborlán, y la princesa de Nahuizalco, vestida de sedas
y de perlas, desaparecerá como se disipa la bruma de
la madrugada.