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Historiantes

Teatro profundo en Nahuizalco:
“Un mundo de antes, que se volvió leyenda”


Pasé en El Salvador algunos escasos años de mi infancia. Regresé casi adolescente y me fui adolescente. Viví en la Europa de altas catedrales de niebla y admiré esos vitrales que brillaban en la oscuridad, majestuosos como diamantes.

Entre los vinos y los libros, soñaba con ir más lejos, al Afganistán de los lagos suspendidos y a la India sobre cuyo polvo caminaban hermosas mujeres vestida de seda y oro, mendigos sabios y niños que aprendían en las escuelas textos de una vejez inmemorial.

El destino me deparó otra cosa. Volví a la tierra que me vio nacer y que apenas había conocido. Tomé un autobús, de esos donde van señoras con canastos cargados de gallinas, hombres de gruesos pies que nunca han conocido los zapatos, niños que pasan vendiendo dulces o agua helada. Así llegué a Nahuizalco. Era un día de fiesta. La música invadía las calles polvorientas como un río y de repente comprendí: se habían abierto las puertas de la noche y yo había entrado en un sueño. En la plaza tenía lugar una representación de teatro. Una joven princesa que en realidad era una niña, quería envenenar a su enemigo. Amablemente le daba la copa con la ponzoña. Este intercambiaba las copas y ella, conociendo su terrible fin, pero altiva y digna, bebía el infame brebaje.



Lunes 19 de noviembre de 2007
Ricardo Lindo

redaccion@centroamerica21.com

 

 

Es Shakespeare, pensé, pero no es Shakespeare. Es una historia vieja y misteriosa que ha recorrido las edades, una joya que viene de no sé qué arcón escondido.

Era mezcla de brillo y gracia, como todas las obras de la noche. Las copas que los personajes intercambiaban era botellas de Coca-Cola vacías, pero la princesa se hallaba ataviada con inusitado lujo. Los collares y las pulseras de cuentas de cristal caían en cascada sobre sus senos apenas insinuados y sus brazos morenos. Su sombrilla de seda estaba profusamente decorada con perlas. Sus ojos negros, que comenzaban a salir de la infancia, podían haber sido aquellos por los cuales florecían los jardines de Oriente, y los seres morenos que la rodeaban podían ser los súbditos de una corte pobre y opulenta que se estremeció con las palabras de Gautama Buda.

Inesperadamente, mis pasos me habían conducido a esas tierras prodigiosas que tanto amé en los libros.

Me envenenó el veneno de la princesa y desde entonces busco en los pueblos salvadoreños el secreto de ese teatro popular y fantástico, de ese licor alucinante que cabe en una botella que contuvo Coca-Cola.

Supe que el planeta entero estaba aquí, en los prudentes límites de nuestra geografía. Como la aldea planetaria de Marshall Mac Luhan, en nuestra aldea se encuentra el mundo, pero es un mundo de antes, que se volvió leyenda.

Veremos pasar por estas páginas monarcas legendarios de Oriente y Occidente, bailando al son del pito y el tambor. Veremos al Demonio y a la Muerte en las plazas de los pueblos y en sus calles, y en los atrios de sus iglesias. Veremos también al rey Moctezuma antes el pesebre de Navidad.

Han sido asumidos con una mentalidad primitiva, extraña y mágica.

Un joven indígena de Sonsonate me afirmó que las estatuas del balneario –que datan apenas de hace unas décadas- eran hombres malos petrificados por un castigo divino. Igual cosa me afirmó del Salvador de Mundo, patrono de la capital, que acababa de ser derrumbado por el terremoto del 86.

Le pregunté si no era una imagen de Jesucristo, que vino a salvarnos. Me respondió que no. Era una imagen de los indios de antes. El Jesús de Sonsonate, en cambio, es más grande, y ese sí es de verdad. Supongo que se refería a una hermosa talla colonial en madera que se conserva en la catedral.

Pero la cultura de ese muchacho incluye el conocimiento de Carlomagno, que aparece en el teatro popular en una de las “historias”. No sabe que existe Francia. Sabe del sol que quema y de la milpa que crece con el sol y las lluvias, y maneja el machete desde muy temprana edad.

El creció en ese lugar donde abundan los cocoteros, que definió Salarrué, quien también era de ahí:

En una pata, como las garzas,
Los cocoteros de finas plumas
Miraban al fondo de las aguas
Los peces de oro de los días.

Él habla como los personajes de Salarrué y piensa como ellos, y no es el tiempo suyo el tiempo nuestro. Su geografía abarca lo que abarcan los sueños.

Los textos dramáticos que conoce vienen, algunas veces, del fondo indígena, pero los más tienen por base temas que llegaron con los españoles y fueron instrumentos de la Conquista. Hablan de los Evangelios pero también de las guerras entre Moros y Cristianos. Es necesario añadir que estos textos tienen música y danza. El Tigre y el venado, con los cazadores, danzan desde un tiempo inmemorial.

No tan antiguos en América, los Moros y Cristianos son danza guerrera. Quienes los interpretan son los “historiantes”, que oponen dos ejércitos guiados, casi siempre, por sus respectivos monarcas.

Cuando un mundo se pierde, queda de él un poema. Es el amor con que fue ungido por quienes vinieron después y tantas veces una batalla fue semilla de un mito.

Los historiantes hablan, y tienen siete reinos en sus manos. Ellos han heredado el oro de los cuentos. Pero como los pueblos y los niños recrean el mundo en la transparencia de su mirada, lo que creíamos saber por la historia se transforma, adquiriendo insospechados perfiles. Así veremos reaparecer muchas cosas patas arriba.

Al paso de los años, este teatro que ya se va borrando terminará por perderse.

Los jóvenes ya no quieren participar en él. Les da vergüenza. De ahí que casi sólo lo integren los niños y los viejos.

Con frecuencia los campesinos han debido abandonar sus pueblos, sus chozas y sus casas de barro, y quienes vengan detrás posiblemente nunca oigan hablar de los feroces moros Fierabrás y Taborlán, y la princesa de Nahuizalco, vestida de sedas y de perlas, desaparecerá como se disipa la bruma de la madrugada.

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