Ejercer el periodismo, en general, está lleno
de labores rutinarias, de coberturas poco trascendentes, y sólo
de tarde en tarde habrá algún tema o noticia que
de verdad pueda influir en el panorama político, cultural,
deportivo o el que sea. Sin embargo, hay reporteros, editores
y medios que le apuestan a hacer carrera o a reposicionarse en
un solo golpe, con una sola nota, un reportaje, una entrevista.
Buscan casos de corrupción donde apenas habrá ambigüedades,
poca información o nada; escarban en busca de hechos ocultos,
mientras más sórdidos, mejor; lanzan campañas
contra funcionarios en el supuesto de que tarde o temprano mostrarán
sus cartas y ellos estarán allí para verlas y denunciar
lo que descubran al paso.
A veces lanzan una piedra y esperan que le caiga a alguien, y
allí estará la nota, o descubren conspiraciones
donde hay hechos fortuitos. O, peor, buscan “la verdadera
historia” en casos que son, en sí mismos, historias
verdaderas. Casi siempre la historia a secas bastaría para
crear un buen impacto, pero no daría réditos extra
al autor ni al editor.
El documentalista Jorge Dalton lo llamó “periodismo
paparazzi”, y el término, así como las circunstancias
que lo produjeron, muestra muchas deficiencias del periodismo
salvadoreño.
En el II Certamen Nacional de Video, celebrado en San Salvador
en 2006, los reporteros comenzaron la semana denunciando la existencia
de conflictos de intereses: una de las jurados era madre de un
participante, y así se insistió durante todos los
días, con entrevistas y comentarios. Se criticó
el apoyo –o su carencia– de las instituciones culturales
a la producción de obras; se promovió el enfrentamiento
entre los participantes y en el momento mismo de la premiación
se dijo que había tráfico de influencias, porque
el corto ganador en la categoría de ficción había
sido patrocinado por Concultura y un empleado de ésta estuvo
en el equipo de realización. Hubo notas acerca de en las
que se hablaba de que los premios se habían otorgado de
manera injusta, y se tomaba como expertos a los perdedores.
Todo podía ser parte de una cobertura minuciosa y exhaustiva,
pero no hubo más. Ni una sola reseña de los videos
participantes. Si acaso, un párrafo o dos acerca de la
trayectoria del director o el equipo realizador, alguna declaración
y nada acerca de los videos en sí.
Fue obvio algo doloroso: los reporteros no estaban preparados
para la cobertura del certamen. No se habían preparado
ni tenían idea de cómo funciona como medio de expresión.
Había que realizar la cobertura, y recurrieron a lo que
conocían: la búsqueda del escándalo, de la
“verdadera historia” detrás del evento. Y nada
de lo que hizo importante al evento: varias decenas de videos,
su factura, sus aciertos, sus deficiencias.
Otro ejemplo fue un reciente reportaje acerca del papel de la
KGB en el trasiego de armas para la guerrilla de El Salvador.
Se daba por cierto que la Unión Soviética y el FMLN
habían actuado de cierto modo, basados en un par de declaraciones
y documentos que bien podían ser apócrifos. En el
mejor de los casos, fue una cobertura deficiente. De inmediato
aparecieron personas que, con conocimiento de causa, hablaron
acerca de esas armas, si se trató de las mismas, y de por
qué las cosas no pudieron ser como el reportaje decía.
El reportaje ni siquiera había considerado que la nota
pudiera ser falsa o estar “envenenada”, y no buscó
lo primero que hay que buscar en esos casos: contrapartes que
equilibren el valor de la información.
Aparte de un extraño acto de censura en un medio electrónico,
que apoyaba a los responsables del reportaje, no hubo respuesta
ni rectificación: para el medio que publicó la cobertura
ése es un modo de hacer historia, y eso es parte ahora
de nuestra historia. La “verdadera historia”, que
en realidad fue un trabajo más que deficiente.
En ocasiones –muy pocas–, un buen reportaje lleva
a la renuncia de funcionarios de alto nivel. Pero el objetivo
no es tirar funcionarios, sino cumplir con una labor social: comunicar.
Si un funcionario cae, es porque en efecto había algo que
fallaba, y el reportero hizo bien su trabajo. Dedicarse de allí
en adelante a ver a qué funcionario botar, desplaza los
objetivos a otra parte: no a un buen periodismo, sino a hacerla
de vigilante vengador.
Hay en muchas ocasiones, pues, una concepción errada de
lo que es el periodismo, y en la base está la tan humana
prisa por destacar de los reporteros y editores, y por otra el
motivo por el cual no sólo no destacan, sino que puede
hacer que trunquen una carrera quizá prometedora: la falta
de formación. Ésta en parte se deberá a escuelas
deficientes o a editores poco preparados, pero también
a una decisión de los propios reporteros.