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¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? III

 

Ejercer el periodismo, en general, está lleno de labores rutinarias, de coberturas poco trascendentes, y sólo de tarde en tarde habrá algún tema o noticia que de verdad pueda influir en el panorama político, cultural, deportivo o el que sea. Sin embargo, hay reporteros, editores y medios que le apuestan a hacer carrera o a reposicionarse en un solo golpe, con una sola nota, un reportaje, una entrevista.


Lunes 19 de noviembre de 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

Buscan casos de corrupción donde apenas habrá ambigüedades, poca información o nada; escarban en busca de hechos ocultos, mientras más sórdidos, mejor; lanzan campañas contra funcionarios en el supuesto de que tarde o temprano mostrarán sus cartas y ellos estarán allí para verlas y denunciar lo que descubran al paso.

A veces lanzan una piedra y esperan que le caiga a alguien, y allí estará la nota, o descubren conspiraciones donde hay hechos fortuitos. O, peor, buscan “la verdadera historia” en casos que son, en sí mismos, historias verdaderas. Casi siempre la historia a secas bastaría para crear un buen impacto, pero no daría réditos extra al autor ni al editor.

El documentalista Jorge Dalton lo llamó “periodismo paparazzi”, y el término, así como las circunstancias que lo produjeron, muestra muchas deficiencias del periodismo salvadoreño.

En el II Certamen Nacional de Video, celebrado en San Salvador en 2006, los reporteros comenzaron la semana denunciando la existencia de conflictos de intereses: una de las jurados era madre de un participante, y así se insistió durante todos los días, con entrevistas y comentarios. Se criticó el apoyo –o su carencia– de las instituciones culturales a la producción de obras; se promovió el enfrentamiento entre los participantes y en el momento mismo de la premiación se dijo que había tráfico de influencias, porque el corto ganador en la categoría de ficción había sido patrocinado por Concultura y un empleado de ésta estuvo en el equipo de realización. Hubo notas acerca de en las que se hablaba de que los premios se habían otorgado de manera injusta, y se tomaba como expertos a los perdedores.

Todo podía ser parte de una cobertura minuciosa y exhaustiva, pero no hubo más. Ni una sola reseña de los videos participantes. Si acaso, un párrafo o dos acerca de la trayectoria del director o el equipo realizador, alguna declaración y nada acerca de los videos en sí.

Fue obvio algo doloroso: los reporteros no estaban preparados para la cobertura del certamen. No se habían preparado ni tenían idea de cómo funciona como medio de expresión. Había que realizar la cobertura, y recurrieron a lo que conocían: la búsqueda del escándalo, de la “verdadera historia” detrás del evento. Y nada de lo que hizo importante al evento: varias decenas de videos, su factura, sus aciertos, sus deficiencias.

Otro ejemplo fue un reciente reportaje acerca del papel de la KGB en el trasiego de armas para la guerrilla de El Salvador. Se daba por cierto que la Unión Soviética y el FMLN habían actuado de cierto modo, basados en un par de declaraciones y documentos que bien podían ser apócrifos. En el mejor de los casos, fue una cobertura deficiente. De inmediato aparecieron personas que, con conocimiento de causa, hablaron acerca de esas armas, si se trató de las mismas, y de por qué las cosas no pudieron ser como el reportaje decía. El reportaje ni siquiera había considerado que la nota pudiera ser falsa o estar “envenenada”, y no buscó lo primero que hay que buscar en esos casos: contrapartes que equilibren el valor de la información.

Aparte de un extraño acto de censura en un medio electrónico, que apoyaba a los responsables del reportaje, no hubo respuesta ni rectificación: para el medio que publicó la cobertura ése es un modo de hacer historia, y eso es parte ahora de nuestra historia. La “verdadera historia”, que en realidad fue un trabajo más que deficiente.

En ocasiones –muy pocas–, un buen reportaje lleva a la renuncia de funcionarios de alto nivel. Pero el objetivo no es tirar funcionarios, sino cumplir con una labor social: comunicar. Si un funcionario cae, es porque en efecto había algo que fallaba, y el reportero hizo bien su trabajo. Dedicarse de allí en adelante a ver a qué funcionario botar, desplaza los objetivos a otra parte: no a un buen periodismo, sino a hacerla de vigilante vengador.

Hay en muchas ocasiones, pues, una concepción errada de lo que es el periodismo, y en la base está la tan humana prisa por destacar de los reporteros y editores, y por otra el motivo por el cual no sólo no destacan, sino que puede hacer que trunquen una carrera quizá prometedora: la falta de formación. Ésta en parte se deberá a escuelas deficientes o a editores poco preparados, pero también a una decisión de los propios reporteros.

Lea también: (Edición anterior)
- Objetividad e imparcialidad

- ¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? I

- ¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? II

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