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Entre Marilyn Monroe y la revolución (I)

 

Crecí viendo las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen del Carmen que mi abuela solía poner en descanso sobre la mesita de noche, donde rezaba antes de dormir y al despertar por las mañanas; cuando lo hacía, en su cuarto oscuro apenas se distinguía el chiflido de sus labios delgados y resecos que anunciaban el final de los tiempos.


Lunes 19 de noviembre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Al lado de ahí, de una pared de madera, donde dormían mis primos, los marihuaneros excelsos del pueblo, colgaban las fotografías de Fidel y el Che, junto a ellos estaba Marilyn Monroe, y un poco a la derecha un tipo vestido con traje inglés, su cabeza calva y la barbilla de cabra me daban risa. Nunca entendí del todo por qué ellos, que eran unos hippies podían tener un retrato de Lenin en su cuarto. Quizá se haya debido a la moda.

Los hombres como Lenin suelen volverse moda y no importa si sean guapos o mal vestidos, las mujeres quieren estar con ellos. Muchas europeas se derriten por el enmascarado subcomandante Marcos, que sigue las huellas de los luchadores de las arenas de lucha libre de México, El Santo, Mil Máscaras o Blue Demon, con una pequeña variable: Marcos no lucha a lo libre, salvo en las camisetas de playa, es por ello que jamás podría superar al Zorro, menos si abajo del antifaz yace la sonrisa de Antonio Banderas.

Faltaban siete días para que yo cumpliera tres años cuando estalló la guerra del fútbol y fue hasta que alcancé la mayoría de edad que supe que Ryszard Kapuscinski había andando en el territorio de Honduras por aquella época, escribiendo crónicas de goles y bombardeos.

Esa guerra tenía sus propias verdades como cualquier otra. Más allá de los intereses económicos de los que entraron a librar la guerra del fútbol, alguien que tenía puntería supo meter un gol, y otros, a tirar huevos podridos sobre la cabeza de los jugadores rivales. Los aviones y los cañonazos llegaron después y ya se sabe que la fotografía del general Medrano está en el museo militar con las requisas a mano.

Cuando comenzó el zafarrancho, las mujeres mayores de la casa entraron corriendo al cuarto de mis primos, con sus manos de uñas bonitas y largas arrancaron de romplón aquellas fotografías. Todo mundo gritaba: ¡La mancha brava!

Fidel y el Che con su puro en la boca y el señor calvo que vestía de levita tendrían igual suerte que las de Jimi Hendrix y Carlos Santana, las mujeres metieron los afiches en el fogón de los frijoles.

Mordiéndome los dedos desde una esquina, vi con tristeza cómo se quemaba el lunar ensatanado de Marilyn Monroe y esa boca maldita que me besaba desde las llamas. La ausencia de mi madre me había hecho llegar todas las mañanas al cuarto de los marihuaneros para darle un beso a la rubia. Mi abuela observó con meticulosa curiosidad mi estado febril y me guardó el secreto.

Desde entonces supe que el mayor miedo de las mujeres de la casa era perder a sus hijos en una guerra o en los brazos de una puta. Debíamos aprovechar quitar esa desvergonzada del cuarto de los muchachos, habría de decir una de mis tías que nunca se casó aunque sí tuvo media docena de amantes.

En guerra vivíamos desde la llegada de los españoles y las putas eran más queridas en el pueblo que las vírgenes de las iglesias. Los seis chiflados perecieron en las hogueras como verdaderos sospechosos de incitar cualquier tipo de revolución.

Las asociaciones son inevitables, no sólo en la conexión de ficción y realidad, aunque el determinismo asegure que la una supera a la otra; la verdad es que no siempre sucede así: las primas estaban locas por Kennedy, su fotografía no fue destruida, además, mis tías también estaban enamordas en secreto del presidente asesinado y le tenían pavor a los comunistas, pero no sabían quién era el hombre calvo con barba de chivo.

El primer hijo de mi hermana fue llamado Lenin, una ocurrencia de su madrina revoltosa que pasó los años ochentas gritando en las marchas de las organizaciones de masas. Aunque somos hijos de un maestro que lleva cincuenta años militando en la ideas comunistas, mi hermana no sabía quién había sido el tal Lenin (estoy seguro que sigue sin saberlo y que nunca lo sabrá).

La mayoría de la gente no sabe quién diablos fue Lenin ni que hubo una vez, como se dice en los viejos cuentos, un país muy lejano donde se vivía “el paraíso”. Al menos así suelen contarse las historias del siglo XX en algunos manuales caducos.

Mi padre hizo un viaje secreto a la Unión Soviética en los años setentas. No queda en mi memoria ninguna imagen de su partida, pero recuerdo muy bien su aspecto llegando a casa.

A pesar de nuestros calores tropicales traía puesto un sombrero de fieltro con un forro grueso y un abrigo para la nieve, parecía un personaje salido de una novela de Arthur Conan Doyle , con una pequeña variable: se veía como un bolchevique de 1917 puesto en una fiesta de sábado por la noche con sus pantalones acampanados listo a seguir los pasos de John Travolta.

Aún no sé cómo es que las autoridades militares no le detuvieron. En el forro del sombrero había una viñeta con las siglas “URSS”, al igual que en el abrigo. Una de las grandes cualidades de los comunistas de aquellos tiempos radicaba no en ellos sino en los terribles errores de los policías: muchos no sabían leer.

En cambio, a un familiar que nunca estuvo organizado lo torturaron y estuvo a punto de morir debido a que en la frontera dos agentes de la Policía de Hacienda, a la hora del registro, le encontraron un libro de música que trataba sobre los discos de acetato que decía en la portada: 24 revoluciones por segundo . Era nuestro propio mundo kafkiano. Fueron salvados por un oficial militar que era amante de la música de Frank Sinatra

Mi padre traía en los escondrijos de sus dos maletas, varios escritos de Lenin y un álbum de fotografías tomadas en el mausoleo, la Plaza Roja y en el Kremlin. Entre las páginas cortadas de un ejemplar de la Biblia traía un pequeño libro titulado El Estado.

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