Guillermo Sol
Bang había sido llevado a una vieja casa de la colonia
América. Le introdujeron a una especie de subterráneo
donde entraba poco aire y nada de luz solar. Una melancólica
bombilla de 60 watts arrojaba una luz amarillenta sobre una pequeña
celda dividida en dos por una especie de tabique. En uno de los
compartimentos había un sucio colchón de rayas en
el suelo. Al lado, una desvencijada silla de metal con el asiento
cubierto por una raída de tela de dudoso color verdusco.
Lunes 19 de noviembre de 2007
Marvin Galeas
(Segunda parte)
redaccion@centroamerica21.com
La mañana del 2 de agosto de 1991, El Diario
De Hoy circuló con una nota que, a pesar de su enorme trascendencia,
muy pocas personas leyeron. En los clasificados, en la sección
de Cambalaches, había un pequeño cuadrito donde
se leía: “Se cambia terreno de 4,250 varas cuadradas,
con abundante agua y sol, valuadas en 100 colones por vara cuadrada.
Mandar fotografía actualizada del inmueble a cambiar para
negocio inmediato. Pago contra entrega. Enviar ofertas a caja
12 de El Diario De Hoy”.
Los únicos que se interesaron en la nota, de los pocos
que la leyeron, rechazaron la oferta económica. Querían
más por el terreno. Mucho más. El tal terreno con
abundante “agua y sol” era Guillermo Sol Bang, quien
ya llevaba dos semanas de estar secuestrado. Uno de los miembros
de la familia, quien, a pesar de su juventud, poseía una
extraordinaria capacidad empresarial, asumió, con el corazón
desgarrado y la cabeza fría, la responsabilidad de negociar
con los secuestradores.
El joven negociador intuía que estaba tratando con “profesionales”
que sabían que tenían en su poder a alguien que
significaba todo en los sentimientos de una familia. Cualquier
paso precipitado podría acabar en un desenlace fatal, además
del consabido desastre financiero. El negociador tenía
que conservar a toda costa, en aquellas dramáticas circunstancias,
el espíritu sereno. Y es que en este caso en particular,
los secuestradores habían quebrantado una importante regla
operativa: ante el anterior fallido intento de secuestro de su
hijo, habían raptado al potencial negociador.
Los “profesionales” del secuestro por dinero, según
los expertos en el tema, saben con perfección que el blanco
(o víctima) no es una persona en sí, sino una familia
en su conjunto. De modo que el secuestrado es, por lo general,
la esposa o uno de los hijos. Así queda libre el jefe del
grupo familiar, que es quien asume las negociaciones. Este fue
el patrón que se siguió en otros secuestros ocurridos
en los años setenta, ochenta y noventa en el país.
En la película protagonizada por Mel Gibson “The
ransom”, se muestra con bastante fidelidad este patrón,
el tipo de comunicaciones que se establece entre las partes y
las reacciones humanas que se desatan en todos los involucrados
(los secuestradores, el secuestrado y la familia de éste).
El negociador de la familia debe actuar siempre con suma cautela.
El secuestro es, no cabe duda, el más infame de los delitos,
sobre todo cuando éste se comete en nombre de objetivos
políticos.
Guillermo Sol Bang había sido llevado a una vieja casa
de la colonia América, ubicada entre San Jacinto y San
Marcos, en el sur del Gran San Salvador. Le introdujeron a una
especie de subterráneo donde entraba poco aire y nada de
luz solar. Una melancólica bombilla de 60 watts arrojaba
una luz amarillenta sobre una pequeña celda dividida en
dos por una especie de tabique. En uno de los compartimentos había
un sucio colchón de rayas en el suelo. Al lado, una desvencijada
silla de metal con el asiento cubierto por una raída de
tela de dudoso color verdusco.
A Guillermo Sol Bang le quitaron la toalla que le cubría
los ojos. Dos de los secuestradores, encapuchados, le encararon:
¿Sos alérgico o diabético? ¿Qué
hiciste con todos los millones que te pagó el ISTA? “Gracias
a Dios, no tengo ninguna enfermedad, sólo los golpes y
las heridas que ustedes me han hecho, nadie me ha dado millones”.
Silencio. Le dieron un tubo de pasta dental, un cepillo, una pastilla
de jabón y una vieja pijama. El calor era intenso y la
angustia también.
En el otro compartimiento estaba encendido un ventilador que arrojaba
una débil corriente de aire caliente a la celda del secuestrado,
a través de la ranura entre el tabique y el techo. Muchas
veces, en aquel verano de 1991 y principios de 1992, los cortes
de energía eléctrica duraban 8 y hasta 16 horas,
por lo que los lapsos de tinieblas y calor sofocantes fueron prolongados
y lacerantes para un hombre de 62 años acostumbrado a una
frenética actividad cotidiana.
Durante los primeros días, a Guillermo Sol Bang le carcomió
la incertidumbre. Le dolía la imagen de su familia desesperada.
Sentía el espíritu hecho jirones, llagas en el alma
y unas como permanentes ganas de llorar. Rezó y dejó
su vida en manos de Dios. “En el cielo como en la tierra,
que se haga tu voluntad, Señor”, solía rezar.
Con el tiempo y la ayuda de Dios fue ganando serenidad.
Como a los diez días de cautiverio, le devolvieron un gran
regalo, los lentes extraviados durante la captura. Ahora podía
observar con curiosidad los movimientos de las pequeñas
lagartijas negras con cabezas coloradas, a las arañas tejiendo
sus telas y matar a las sucias cucarachas que le disputaban la
escasa comida...
Pero, sobre todo, ¡agüita fresca en el desierto del
secuestro! Podía leer los ocho ejemplares viejos de la
revista Selecciones, que le habían dejado en la silla destartalada.
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en la guerra