Se clasifica al periodismo según diferentes rubros:
político, cultural, educativo, científico, etcétera.
La clasificación es falsa: no tiene que ver con el periodismo,
sino con las secciones del medio para el cual se escribe y, sobre
todo, con las capacidades personales del reportero.
El periodismo que se aprende en una universidad sólo será
un punto de referencia a la hora de ejercer el oficio. Lo que
se ha aprendido en la escuela son algunas generalidades, algo
de teoría de la comunicación –que tiene un
valor académico, pero no práctico, y el periodismo
es sobre todo práctica– y, quizá, algo sobre
el valor social del periodismo, no siempre de los mejores maestros
y no siempre con la receptividad necesaria.
Ante todo, el periodismo es una serie de técnicas para
el manejo y transmisión de información. En el plano
personal, requiere de vocación, y con ella la necesidad
constante de alimentar sus conocimientos, mejorar las técnicas
y especializarse en ciertos temas o géneros.
Como en cualquier carrera, lo aprendido en la universidad es una
guía para que el profesional siga formándose con
cierto orden. La formación autodidacta es fundamental;
poco se enseña en las escuelas acerca de los métodos
y temas con que el reportero deberá trabajar al aterrizar
en la realidad.
La verdadera escuela es la redacción misma, y los maestros
–en rigor– son los periodistas de mayor experiencia.
Éstos guiarán a los periodistas nuevos y los irán
colocando en los lugares en los que, según su potencial,
puedan desarrollarse mejor.
“Potencial” es la palabra clave: un periodista puede
tener aptitudes para cierto género o para cierta sección,
pero es necesario que las desarrolle. Para eso se requiere de
que tome la iniciativa y no sólo desarrolle la buena memoria
que los caracteriza –que ayuda al indispensable manejo de
datos–, sino también a la comprensión de los
fenómenos sobre los que trabaja.
Cuando se trata del manejo de información general, de las
notas “del día”, bastará con que el
reportero sepa redactar, conozca estructuras básicas –como
la pirámide invertida– y tenga algunos antecedentes
del tema, que en todo caso podrá obtener del editor. En
rubros más especializados hace falta una mayor iniciativa.
Por ejemplo, si se maneja la fuente legislativa, será importante
no sólo conocer los nombres de los diputados y los partidos
a los que pertenece, sino también saber acerca de teoría
del estado, de leyes y legislación, haber leído
al menos la Constitución –y comprenderla–,
ciertos códigos y decretos y, desde luego, tener claros
los antecedentes históricos de los partidos políticos,
el origen de sus ideologías y su desempeño a lo
largo del tiempo. Si no, siempre habrá confusiones, imprecisiones
o absurdos.
Un caso desconcertante es el de muchos periodistas del rubro cultural.
En ocasiones hacen notas acerca de literatura, y no han leído
los trabajos a los que se refieren; casi siempre recurren a las
opiniones de “expertos”, como críticos y escritores,
o de los propios autores. El problema es cómo saber qué
tan objetivos son los criterios que van a reflejar, si ni siquiera
conocen el tema del que hablan.
Lo mismo puede aplicarse a quienes cubren las muestras de teatro,
conciertos, festivales de danza... Su desconocimiento los lleva
a dos posibles resultados: notas mal elaboradas –en general
ambiguas y ampulosas– o la búsqueda de enfoques que
los eximan de hablar de la cosa en sí y poner énfasis
en aspectos externos: la hora a la que empezó la función
–generalmente tarde–, la mala organización,
los errores –que siempre los hay– en la ejecución,
etcétera. Se convierten en “críticos”
de algo que no conocen, y lo hacen por deficiencias, no porque
sepan de lo que hablan, o porque les interese.
Hay dos comunidades dentro del gremio que podrían ser parámetros
de un buen trabajo periodístico. En primer lugar, los reporteros
de nota roja, por el manejo de la técnica. Hechos muy similares,
con pocas variantes –crímenes, fraudes, etcétera–,
deben ser presentados siempre de manera novedosa, desde ángulos
inéditos. Eso necesariamente afila la técnica, bajo
el riesgo de volverse tediosos y perder lectores y hasta el trabajo.
En segundo lugar, los periodistas deportivos. Pocos hay que no
tengan claro el deporte acerca del que escriben, lo hayan practicado
o no, y ello viene del placer o el interés que encuentran
en el objeto de su trabajo.
Muchas deficiencias del periodismo vienen de las malas concepciones
que se encuentran en las escuelas y en los medios, pero también
son responsabilidad de los periodistas. Y es un asunto de simple
vocación.