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¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? (IV)

 

Se clasifica al periodismo según diferentes rubros: político, cultural, educativo, científico, etcétera. La clasificación es falsa: no tiene que ver con el periodismo, sino con las secciones del medio para el cual se escribe y, sobre todo, con las capacidades personales del reportero.

El periodismo que se aprende en una universidad sólo será un punto de referencia a la hora de ejercer el oficio. Lo que se ha aprendido en la escuela son algunas generalidades, algo de teoría de la comunicación –que tiene un valor académico, pero no práctico, y el periodismo es sobre todo práctica– y, quizá, algo sobre el valor social del periodismo, no siempre de los mejores maestros y no siempre con la receptividad necesaria.


Lunes 26 de noviembre de 2007
Rafael Menjívar Ochoa, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com


RAFAEL MENJÍVAR

Ante todo, el periodismo es una serie de técnicas para el manejo y transmisión de información. En el plano personal, requiere de vocación, y con ella la necesidad constante de alimentar sus conocimientos, mejorar las técnicas y especializarse en ciertos temas o géneros.

Como en cualquier carrera, lo aprendido en la universidad es una guía para que el profesional siga formándose con cierto orden. La formación autodidacta es fundamental; poco se enseña en las escuelas acerca de los métodos y temas con que el reportero deberá trabajar al aterrizar en la realidad.

La verdadera escuela es la redacción misma, y los maestros –en rigor– son los periodistas de mayor experiencia. Éstos guiarán a los periodistas nuevos y los irán colocando en los lugares en los que, según su potencial, puedan desarrollarse mejor.

“Potencial” es la palabra clave: un periodista puede tener aptitudes para cierto género o para cierta sección, pero es necesario que las desarrolle. Para eso se requiere de que tome la iniciativa y no sólo desarrolle la buena memoria que los caracteriza –que ayuda al indispensable manejo de datos–, sino también a la comprensión de los fenómenos sobre los que trabaja.

Cuando se trata del manejo de información general, de las notas “del día”, bastará con que el reportero sepa redactar, conozca estructuras básicas –como la pirámide invertida– y tenga algunos antecedentes del tema, que en todo caso podrá obtener del editor. En rubros más especializados hace falta una mayor iniciativa.

Por ejemplo, si se maneja la fuente legislativa, será importante no sólo conocer los nombres de los diputados y los partidos a los que pertenece, sino también saber acerca de teoría del estado, de leyes y legislación, haber leído al menos la Constitución –y comprenderla–, ciertos códigos y decretos y, desde luego, tener claros los antecedentes históricos de los partidos políticos, el origen de sus ideologías y su desempeño a lo largo del tiempo. Si no, siempre habrá confusiones, imprecisiones o absurdos.

Un caso desconcertante es el de muchos periodistas del rubro cultural. En ocasiones hacen notas acerca de literatura, y no han leído los trabajos a los que se refieren; casi siempre recurren a las opiniones de “expertos”, como críticos y escritores, o de los propios autores. El problema es cómo saber qué tan objetivos son los criterios que van a reflejar, si ni siquiera conocen el tema del que hablan.

Lo mismo puede aplicarse a quienes cubren las muestras de teatro, conciertos, festivales de danza... Su desconocimiento los lleva a dos posibles resultados: notas mal elaboradas –en general ambiguas y ampulosas– o la búsqueda de enfoques que los eximan de hablar de la cosa en sí y poner énfasis en aspectos externos: la hora a la que empezó la función –generalmente tarde–, la mala organización, los errores –que siempre los hay– en la ejecución, etcétera. Se convierten en “críticos” de algo que no conocen, y lo hacen por deficiencias, no porque sepan de lo que hablan, o porque les interese.

Hay dos comunidades dentro del gremio que podrían ser parámetros de un buen trabajo periodístico. En primer lugar, los reporteros de nota roja, por el manejo de la técnica. Hechos muy similares, con pocas variantes –crímenes, fraudes, etcétera–, deben ser presentados siempre de manera novedosa, desde ángulos inéditos. Eso necesariamente afila la técnica, bajo el riesgo de volverse tediosos y perder lectores y hasta el trabajo. En segundo lugar, los periodistas deportivos. Pocos hay que no tengan claro el deporte acerca del que escriben, lo hayan practicado o no, y ello viene del placer o el interés que encuentran en el objeto de su trabajo.

Muchas deficiencias del periodismo vienen de las malas concepciones que se encuentran en las escuelas y en los medios, pero también son responsabilidad de los periodistas. Y es un asunto de simple vocación.

Lea también: (Edición anterior)
- Objetividad e imparcialidad

- ¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? I

- ¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? II

- ¿Qué le pasó al periodismo salvadoreño? III

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