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Entre Marilyn Monroe y la revolución (II)

 

Al escribir sobre la belleza de Marilyn Monroe, el cubano Guillermo Cabrera Infante solía asociarla a la mala actuación. Como en el caso de Sharon Stone, es preferible que no hablen, decía; sin embargo en lo mordaz de la crítica había una sentencia favorable: la sensualidad de una mirada y un cuerpo en movimiento, como el de ellas, no suelen verse en la abundancia de palabras, no requieren de ellas, la belleza física es un personaje sin libreto.


Lunes 26 de noviembre de 2007
Berne Ayaláh, escritor salvadoreño
redaccion@centroamerica21.com

 

BERNE
AYALÁH

Cuando en años de la guerra llegó al cerro de Guazapa una hermosa guerrillera nacida en las montañas de Chalatenango, a la que todos llamábamos Dinora, las tropas se volvieron locas. Era rubia natural, alta, de ojos verdes, de caminar tosco y de sudor animal. Mi amigo entrañable, Leo, el poeta, educado en la ciudad de Sofía, solía decir: “Si tan sólo no abriera la boca, me casaría con ella”.

Dinora sólo conocía del vocabulario grotesco de los hombres que van al combate, tenía buena puntería con su AK-47 y en la punta de su lengua siempre había una puteada galana.

El silencio que precede a la música que una mujer pone sobre los oídos de las cámaras es un juguete erótico de la existencia humana. La belleza física es un puñal ensangrentado que nos hace pensar en la belleza interna y pretende obligarnos a responder cuál de las dos es mejor.

Frida Khalo dio una respuesta fulminante: su unión con Diego Rivera fue la boda de una paloma con un elefante (palabras atribuidas a su madre).

Poco antes de que mi padre fuera torturado por la dictadura y terminara en la cárcel, todos aquellos materiales traídos de la URSS, o al menos la mayoría, cayeron al fondo de un escusado de fosa. No sentí mayor pesar por esos libros, ni por Lenin, ni por ninguno de esos fulanos a quienes aún no podía diferenciar, más allá de sus caras chistosas.

Yo estaba enamorado de Marilyn, era lo único que me importaba.

Cuando creces bajo el auspicio de la “moral comunista”, hueles a iglesia. Los nombres de santos que han sido legendarios pululan en tu mente, aunque después los veas caer junto a las estatuas que los representaban.

El primer libro de la cultura soviética que leí de principio a fin fue Así se templó el acero, de Nikolai Ostrovski. Regalo de mi padre. Una historia que te ganaba la moral en dos capítulos. El propósito de quienes editaron esa obra en cantidades industriales era que los jóvenes sintieran los deseos apresurados de ir a una montaña, esgrimir un arma y destruir todos los poderes del hombre burgués.

Después que un joven leía aquel libro debía estar listo a seguir los pasos de los alabados señores y de todos aquellos cuyos nombres estaban escritos en las listas de los héroes y mártires de la revolución. El efecto que el libro dejó en mí no fue el comúnmente esperado.

Quién no quería ser como el joven Pavka Korchaguin cuando tenía la cercanía de su edad y una historia donde podía ser un héroe.

A mí me dejó un sabor amargo, el final tan dramático del muchacho, entregado a la revolución y el contraste de aquellos que vivían a expensas de la “causa” no me satisfizo, no me gustó para nada. Sin embargo, un par de años después engrosé las filas de la revolución a regañadientes.

Entonces no había vivido lo suficiente pero estaba seguro de no querer terminar mis días como Korchaguin. En mi cabeza piojosa se anidó el sabor inevitable de la crítica. Nunca me dio vergüenza reconocer que no me gusta la danza, ni las ropas de los indígenas americanos, porque siempre me han parecido el invento de alguien que nos quiere ver la cara de ingenuos, lo mismo que sentí con la historia del “templo” y “el acero”.

Trotski era una especie de Judas en nuestra casa. Me resultaba conocida su historia no tanto por sus detalles como por su similitud con algunos personajes del cristianismo. Mi abuela era una enraizada católica que tenía claro una cosa: el Iscariote era un traidor, en el lenguaje de mis primos un hijo de puta; basta recordar que el perro asesino de las fincas de los cafetaleros se llamaba Judas.

El término era tan familiar que era imposible no pensar que lo otro también era una religión. Me crié entre los dioses de dos de las más cabronas.

El lado oscuro de la fuerza no se lo inventó George Lucas, aunque el casco y la capa de Darth Vader son geniales. Imposible concebir una revolución sin traidores y una religión sin anticristos, las películas son iguales: buenos y malos.

Un tío que era albañil detestaba las películas de semana santa porque eran las únicas donde el “tipo” moría. Así le decíamos entonces al bueno de las películas, “el tipo”. Aunque después de todo, el evangelio daba para que el guión tuviera una salida: el muerto se levantaba al tercer día y caminaba; después nadie volvía a saber nada de él y había que salir del cine.

Lenin, ya lo he dicho, terminó en las hogueras en 1969, por la bendita mano de mi abuela; Marilyn Monroe, a pesar de todo, ganó la partida, ella será para mí un ser más extraordinario y misterioso que el padre del mundo soviético, sin embargo, al finalizar los años setentas la revolución apenas comenzaba.

Es la realidad, los chicos de aquellos años no podíamos darnos el lujo de jugar a la pelota sin espiar de vez en cuando la aparición de la pareja de guardias. Cuando no, era lo mismo, la consigna que debíamos darle a la reunión de los comandos donde estaba nuestro padre: portazo a la puerta significaba la presencia de la guardia, grito de gol la patrulla de la policía. Lo demás era sin novedad en el frente.

El 22 de enero de 1980 fuimos con mi hermano y mi padre a la manifestación más grande en la historia de la lucha de masas en El Salvador, dicen que éramos más de doscientos mil locos. Ahí fue que vi la sangre por primera vez.

Cuando los manifestantes cayeron abatidos por los tiros de los francotiradores, el chorrito de sangre saliendo de aquellos cuerpos me puso mareado. Recobraba la calma cuando alguien, desde el suelo, bandera en mano se levantaba gritando: No se detengan, compañeros, son cohetillos en la cantina. Como por el arte de la magia blanca las turbas se levantaban y seguían avanzando.

Así logramos llegar a las cercanía de la Lotería Nacional, ahí sí sentí que la cosa estaba peluda. Los caídos ya no se podían contar, muchos ni levantar. Veía a mi padre, sereno, con el arma en la mano, buscando avisar el lugar desde donde nos disparaban. Mi hermano, que eran mucho más sereno que yo me dijo: Hoy sí, nos tenemos que organizar.

El compañero de la Asociación de Estudiante de Secundaria, por sus siglas AES, que nos entrevistó en las instalaciones de la UES nos preguntó si queríamos ser simpatizantes o militantes, las dos categorías a que estábamos expuestos si queríamos ser subversivos. Ambos contestamos sin pensarlo siquiera: militantes.

Esa misma semana entramos al instituto Francisco Morazán. Nuestra primera misión era realizar la pinta de dos mantas. Era un ejercicio temprano, pero las letras nos salieron bien. Al final de la jornada, un compañero mayor nos revisó las manos, para cerciorarse de que no estaban manchadas con pringas de pintura, un descuido como ese nos podía llevar al cementerio.

Al siguiente día salimos unos diez escolares y un líder, al parecer alguien con experiencia. La misión no fue explicada en detalles, pero sí recuerdo que en una bolsa de nylon para jardinero metimos una de las mantas que habíamos hecho el día anterior.

Bajamos de la ruta 1 en el Barrio San Miguelito, donde nos reorganizamos antes de enrumbarnos a la escuela de la Colonia Guatemala, muy cerca del cuartel de la Guardia Nacional.

Una vez ahí decidimos tomarnos las instalaciones y extender la manta, que hablaba del primer aniversario de la Revolución Sandinista. Rojo y negro y letras amarillas, sí era ésa.

Los muchachos se arremolinaron a escuchar y leer, más con curiosidad y euforia, algo natural en los jóvenes de aquellos años. Ellos querían su revolución.

El compañero dirigente llevaba un tamal de periódicos, dentro de los cuales escondía una pistola veintidós con tres cartuchos. Cuando le pregunté que cómo iba a hacer para sacarla en un momento de apuro, me explicó que era un pretexto al momento de salir corriendo.

A los pocos minutos fuimos avisados que un grupo de guardias venía hacia nuestra dirección con sus fusiles G-3, en peine como solíamos decir. Suficientes motivos para tragar grueso y salir corriendo con la camisa hecha bomba.

A pesar de nuestras deficiencias logísticas y a nuestra corta edad, teníamos un orgullo, cortamos con rapidez las pitas con las que se sostenía la manta para no dejársela a los guardias y nos aventamos en una barranca como liebres.

Un par de disparos fue todo lo que se escuchó. Mi corazón dio un brinco enorme. No sería fácil pelear con quienes tenían esos fusiles grandes y ruidosos.

Atrás dejamos el cuerpo de uno de nuestros compañeros, un cipote chorreado y hambriento que se atrevió a pararse con una piedra frente a los fusiles G-3. Ese día comprendí con mayor claridad que esa maldita revolución mataba.

Edición anterior:
Entre Marilyn Monroe y la revolución (I)

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