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Miradas
Una historia baladí
Amílcar Carrillo, conocido universalmente como "el Flaco" en las esquinas de la subversión y la literatura, nunca ha escrito una sola línea literaria, pero es uno de los lectores más voraces que he conocido. Nos encontramos en San Salvador cuando éramos muy jóvenes y entramos en la onda de la izquierda intelectual, festiva y conflictiva de a mediados de los años setenta.
Lunes 26 de noviembre de 2007
Geovani Galeas
ggaleas@centroamerica21.com
Ambos éramos provincianos. Yo le argumentaba con Aristóteles y Sartre, él retrucaba con Horkhaimer y Müsil. Mi biblia filosófica por entonces era "La dialéctica de lo concreto", de Karel Kosik; la suya era el Tractactus lógico-philosóficus de Ludwig Wittgenstein. Discutíamos alucinados entre pinta y cerveza, entre coctel molotov y dobles de vodka, entre pistolas y poemas. El era un Sosías, yo un Lauma.
Un día ambos nos fuimos a la guerra de verdad por diferentes rumbos Un día ambos tronamos con la guerra y nos fuimos por el mundo a lamernos lastimeramente las heridas, pero también a descubrir lo nuevo y lo distinto más allá de la aldea.
De pronto alguien me contaba que el Flaco Carrillo andaba de gigoló por Baltimore, por Zürich, por Ciudad de México o por Barcelona, y no pocas veces estuvimos a punto de coincidir en alguna de esas ciudades.
En una ocasión comencé a leer la novela de un salvadoreño residente en California, y resulta que mi amigo el Flaco era el personaje central con su cauda de erudición, abulia y dandismo intelectual.
Pasaron más de veinte años sin vernos. Y de repente una tarde, como si cualquier cosa, me lo encuentro en casa de don Ricardo Lindo. Y de nuevo las cervezas y la literatura, y el Flaco recitando al Dante en el más puro toscano, y a Trakl en alto Alemán. Para no quedarme atrás cité de memoria, en un francés imposible, unos versos de Saint John-Perse.
Por sobre todas la aventuras compartidas, había una en especial que nos unía entre el miedo y la risa. Don Ricardo Lindo rodaba por el piso, carcajeándose a todo pulmón, cuando se la relatamos a dúo.
Una noche de luna llena de 1979 nos capturó la guardia nacional frente al parque Cuscatlán. Nos golpearon y nos tumbaron boca abajo en la acera. Nos pusieron los fusiles en la cabeza y decían que iban a matarnos por subversivos. El Flaco Carrillo no se arredró y les dijo a los guardias con voz clara y aun potente: "¿Y nos vais a matar con esta luna, impíos?".
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