La cercanía
de la navidad no producía el tradicional sentimiento de
alegría para los familiares de Guillermo Sol Bang. Justamente
cuando faltaban cinco días para la nochebuena de 1991,
recibieron una amenazadora carta de “Crepúsculo”,
nombre con el que el grupo de secuestradores firmaba los mensajes
dirigidos a la familia.
“Es indignante lo que ustedes ofrecen, pues siguen ofreciendo
miserables
sumas, con lo cual demuestran el desprecio que tienen por Billy.
Si siguen ofreciendo miserias, ¡váyanse mucho a la
mierda! Billy tendrá que seguir bajo la sombra por muchísimo
tiempo más de lo imaginado...”. Los secuestradores
habían pedido una suma exorbitante. La familia había
ofrecido una suma menor, para lo cual incluso pensaban solicitar
un préstamo.
Lunes 26 de noviembre de 2007
Marvin Galeas
(Tercera y última parte)
redaccion@centroamerica21.com
Mientras tanto, en el lugar de cautiverio, en
calzoncillos, para aliviar un poco el sofocante calor, un enflaquecido
Guillermo Sol Bang se entretenía cortándose la tupida
barba, pelo por pelo, con un cortaúñas que le dieron
los captores en los primeros días del secuestro. Era el
mismo rito del coronel Aureliano Buendía, en Macondo, quien
para matar el hastío esculpía pescaditos de oro
que luego fundía, para esculpir de nuevo en un ciclo interminable.
Guillermo Sol Bang cortaba un pelo que luego crecía
para volverlo a cortar. El día en que el delicado eje que
unía las dos piezas del cortaúñas, adelgazado
de tanto uso, amenazó con quebrarse, al secuestrado le
dio un vuelco el corazón. “Es impresionante cómo
ese aparatito llegó a significar tanto para mí en
aquellos aciagos días del cautiverio”, susurra con
los ojos entrecerrados clavados en el recuerdo.
A la medianoche del 31 de diciembre de 1991, mientras el Gobierno
de El Salvador y los miembros de la Comandancia General del FMLN
firmaban en Nueva York el fin de la guerra, José, uno de
los que custodiaban la “cárcel del pueblo”,
entregó al secuestrado, como lo había hecho el 24
de diciembre, 12 uvas y, como ocurrió en aquella ocasión,
Guillermo Sol Bang le devolvió seis uvas a quien lo vigilaba.
Ambos comieron las frutas en silencio.
Para ese momento, Guillermo Sol Bang ya tenía la certeza
de que se encontraba en algún lugar del Barrio San Jacinto
o muy cerca. Lo supo, porque, durante los primeros días,
los captores le habían dado algodón y unos botecitos
de yodo y alcohol para que se limpiara las heridas producto del
forcejeo durante la captura. En la viñeta de los botes
decía: “Farmacia Virgen de Guadalupe”.
Recordó que alguna vez había visto el rótulo
de esa farmacia frente al mercado de San Jacinto. Además,
acostumbrado a la vida de agricultor y conocedor del campo, sabía
que la comida que le llevaban cada día no venía
precisamente de un restaurante francés, sino de un mercado.
“Eran unos macarrones entomatados muy deliciosos, que me
aliviaban un poco aquel calvario”, dice mientras sonríe.
En los primeros días de enero, las cosas se pusieron tensas.
Los secuestradores seguían sin aceptar las ofertas de la
familia. Un día, José se acercó al secuestrado
y le expresó: “Si las cosas no salen bien, voy a
tener que matarte”. Guillermo Sol Bang, con un tono de serenidad
que no dejó de extrañarlo a él mismo, le
contestó: “Entonces sólo te pido que, si me
vas a matar, me pegués bien el tiro, para que no me duela...
y si no me doy cuenta, mejor”.
Al oír estas palabras, los ojos de José,
joven, de estatura mediana y delgado, brillaron de manera extraña
tras el pasamontañas.
La última nota de “Crepúsculo” llegó
el 13 de enero. Los secuestradores habían por fin llegado
a un acuerdo con la familia. Ese mismo mes, el 16, se firmó
en México oficialmente el acuerdo de paz. Millares de guerrilleros
bajaron de las montañas. Los soldados salieron de los cuarteles.
Padres e hijos se encontraban, aparecían hermanos que se
habían dado por muertos. Todo El Salvador vivía
con extrañeza y esa dulzura que conocemos los que hemos
vivido la guerra, los primeros días de paz... Pero Guillermo
Sol Bang no regresaba.
El martes 21 de enero, a eso de las cinco de la tarde, José
le informó al secuestrado: “Prepárate que
hoy te vas a ir”. Le permitieron bañarse. Le dieron
la ropa que le habían quitado. Le pusieron esparadrapo
en los ojos. Lo sacaron. La brisa de la calle, tan ausente en
los últimos 180 días, le cayó como un baldazo
de vida. Lo metieron en un carro. Lo pasearon por más de
una hora. Le dieron 25 colones “para el taxi”. Le
ordenaron que saliera del carro. Le dieron un puntapié
que por poco le parte el espinazo y le indicaron que contara hasta
10 antes de quitarse los esparadrapos.
Guillermo Sol Bang había rebajado 40 libras. Se había
amarrado el pantalón con una pita. La barba le cubría
toda la cara. Abrió los ojos cerca del anochecer y vio
maravillado las luces de neón, la gente caminando despreocupada
por las calles, percibió los olores y los colores de la
ciudad y pensó que la vida era bella.
Tomó un taxi en la Alameda Manuel Enrique Araujo y la Calle
Loma Linda. Pocos minutos después, estaba en su casa, donde
su esposa y sus hijos, llenos de alegría, lo esperaban.
Kaiser, el perro fiel, compañero de andanzas, lo vio desde
el patio. Le reconoció de inmediato. Movió la cola.
Caminó despacio y sin ladrar. Colocó la cabeza en
las rodillas de su amo y allí se estuvo hasta bien entrada
la madrugada.
Edición anterior:
El último secuetro
en la guerra (2a. parte)
El último secuetro
en la guerra (1a parte)